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Las consecuencias de nuestros actos

La falta de una cultura de responsabilidad personal produce con frecuencia situaciones indeseadas y a veces hasta trágicas. Y en el caso de la muerte de la anciana Rosa Amanda Galeano Sánchez al caerse de una camilla en el Hospital Roberto Calderón Gutiérrez, aunque es difícil afirmar —tal vez nunca se llegue a saber con absoluta certeza— si hubo o no negligencia o irresponsabilidad, lo cierto es que, de todas maneras, es propicio hacer algunas reflexiones generales en base a este caso.

Por ejemplo, no es cierto que la pobreza y la falta de condiciones ideales en nuestro trabajo nos liberen de actuar con responsabilidad y diligencia. Toda persona que ejerce una profesión u oficio debe ser cuidadosa con lo que hace o deja de hacer. Esto no tiene nada que ver con la pobreza. Y si las condiciones de trabajo así como el instrumental utilizado no son óptimos (camas, sillas, máquinas, etc.), entonces hay razón para ser más cuidadosos aún. Asimismo, no es correcto invocar la burla de la justicia que hacen otras personas —como hicieron varios trabajadores de la salud ante los medios de comunicación al referirse al hecho de que ex presidente, Arnoldo Alemán anda suelto a pesar de haber estafado al Estado y haber sido condenado a 20 años de prisión— para solicitar el mismo grado de impunidad para la auxiliar de enfermería María Magdalena Sandoval, sobre todo si ésta es inocente.

No hay duda que para la enfermera María Magdalena Sandoval la sentencia de cárcel en su contra ha sido una tragedia de proporciones mayúsculas. Pero de por medio hay una persona muerta cuyos familiares demandan justamente que se establezcan las condiciones de su fallecimiento. Si las investigaciones determinan que hubo irresponsabilidad de parte de un individuo y/o del hospital como institución, es necesario que se haga justicia porque si las leyes no se aplican se fomenta la irresponsabilidad y se alimenta un espíritu de yoquepierdismo y de deshonestidad que permea toda la sociedad. Por ejemplo, los choferes de buses y de taxis seguirán manejando como energúmenos, provocando accidentes y matando a personas inocentes; habrá compañías constructoras que no se interesen en utilizar los materiales o estándares de calidad requeridos para ofrecer seguridad de los ciudadanos; las autoridades de educación permitirán que niños reciban clases en edificios en ruinas o en carpas que atentan contra la salud de muchos de ellos y la Policía dejará circular vehículos chatarra de transporte público o privado que ponen en peligro la vida de muchas personas.

Al margen de todas estas consideraciones y del caso concreto de la paciente fallecida, cabe señalar que la ciudadanía en general se queja repetidamente del maltrato que recibe en los hospitales públicos. La grosería —que muchas veces raya en la humillación de pacientes, sobre todo, de los más pobres— es muy frecuente de parte del personal de hospitales. Hasta cierto punto es comprensible que las pésimas condiciones salariales y las duras jornadas laborales predispongan a estos trabajadores al mal ánimo, a la falta de cortesía más elemental y a la ineficiencia. Sin embargo, los pacientes no tienen por qué pagar las consecuencias de los problemas personales de los empleados de la Salud o de cualquier otro sector de servicios públicos. Después de todo, ellos no son los únicos que tienen problemas en Nicaragua. Es necesario que el Ministerio de Salud tome cartas en este asunto ofreciendo tal vez y por lo menos cursos de relaciones humanas.

Una tragedia aún más grande que el hecho mismo sería que los políticos oportunistas exploten situaciones como esta para hacer proselitismo. El jueves de la semana pasada, el Alcalde de Managua dijo durante una visita al Hospital Bertha Calderón, en medio de vítores y alabanzas al gobierno del comandante Ortega y censuras al ex presidente Bolaños, que iba a “hacer gestiones necesarias” para resolver el problema de la señora Sandoval, mezclando lo político con lo legal. Esto no ayuda.

Tal vez la lección más importante de este hecho lamentable sea reconocer que nuestros actos generan consecuencias con las que a veces hay que vivir por toda la vida y, en consecuencia, es necesario aprender a ser responsables con lo que está a nuestro cuidado, sobre todo, si se trata de una vida humana.

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