La proclamación de la candidatura presidencial de Rigoberta Menchú en Guatemala posee un enorme valor en los campos étnico-racial, político, de género y junto a elementos positivos, abre también algunas interrogantes.
La Premio Nobel de la Paz ya había sugerido la posibilidad, pero es hasta ahora que se ha postulado formalmente y que anuncia la formación de un partido político propio.
Su decisión supuso, en sus propias palabras, “un terremoto político”, porque de ganar, sería la primera vez que una mujer indígena, o que una mujer o un indígena en general, ocupe el máximo cargo público en la historia del país y de Centroamérica.
Además, ella se ha convertido en un símbolo mundial y es la personificación de la tragedia del largo conflicto armado guatemalteco: su madre, su padre y varios de sus hermanos murieron o desaparecieron como consecuencia de la represión y la guerra.
Su actividad y su aspiración son un recordatorio de una realidad inaceptable: los indios, que son más del 40 por ciento de la población, son el grupo étnico más numeroso y a la vez el más pobre, el más excluido y el más explotado.
Rigoberta es mujer y Guatemala es el país con uno de los índices de feminicidios más altos de Latinoamérica. En Centroamérica es el más alto. A ello se une la tradicional discriminación social y laboral.
“Winaq”, como se llama el movimiento que promueve Menchú, quiere decir en maya “humanidad” y también “equilibrio e integridad”. “Winaq” irá en alianza con Encuentro por Guatemala (EG), un partido de izquierda dirigido por la diputada Nineth Montenegro. Su existencia vendría a suponer un desafío al sistema de partidos tradicionales corruptos y caudillistas.
Aunque Menchú promete un movimiento “multilingüe y pluralista” y abierto a todos, ésta es una de las interrogantes. ¿Será un partido ante todo indígena pero realmente incluyente con todos los demás? Sólo la práctica nos dirá la verdad, pero así como es inaceptable y repudiable el racismo y la exclusión de los mayas, igualmente lo es un racismo a la inversa.
Aquí deberá cuidarse muy bien para no ser comparada con el “etnocacerismo”, la absurda e irracional creencia que propala el padre del ex candidato presidencial peruano Ollanta Humala, sobre la supuesta superioridad mestiza.
¿Hasta dónde está preparada para una presidenta indígena una sociedad históricamente tan conservadora y racista? No sabemos aún cuál puede ser la actitud de los poderes fácticos o en la sombra, incluyendo a los sectores económicos dominantes; y por otro lado, tampoco sabemos si el voto indígena y rural se trasladará automáticamente a la casilla de Menchú.
La postulación recibió una acogida más bien positiva, pero también suscitó críticas en sectores indígenas. Algunas opiniones publicadas en Prensa Libre:
Basilio Sánchez, de la Coordinadora Nacional de Organizaciones Campesinas (CNOC), califica de “logro significativo” la postulación, pero se muestra reacio a apoyarla: “Ella ya ha trabajado en el Gobierno (como embajadora de buena voluntad), pero nunca hemos sentido su respaldo, no se ha acercado al movimiento social”.
Efraín Vicente, del Movimiento de Jóvenes Mayas, expone: “No vemos con buenos ojos que irá acompañada de gente que ya ha participado de la administración pública sin haber logrado cambios significativos”.
En los sondeos, la activista aparece en el cuarto lugar de intención de voto. En la cabeza de la lista aparece Álvaro Colom, un político de centroizquierda que fue derrotado en los comicios pasados por Óscar Berger.
También están las inevitables comparaciones con el presidente boliviano Evo Morales. A primera vista saltan las raíces indígenas de ambos, pero sus trayectorias son diferentes: Morales fue un líder cocalero (no existe un movimiento parecido al de los cocaleros en Guatemala) y del movimiento social, mientras que Menchú no ha sido una líder de este tipo. Ella incluso ha sido empresaria —es accionista de una cadena de farmacias populares—, funcionaria gubernamental y apoyó el ingreso de Guatemala al DR-Cafta.
Son grandes contrastes con el boliviano, quien es un acérrimo crítico del libre comercio y que nunca ha sido empresario.
Como Morales, Menchú es amiga de Fidel Castro y de Hugo Chávez. De salir victoriosa, ¿pasará Guatemala a formar parte del bloque antiestadounidense de Chávez?
No hay aún una respuesta. “No etiquetemos”, contesta Menchú a las comparaciones. Por ahora, habrá que esperar el desenlace de la campaña.