José Vidal Castillo sale tres veces a la semana al encuentro con su alma que, según él, la dejó en las profundidades del mar, en el litoral Pacífico.
Luego se fue a la Costa Caribe, donde sufrió una aeroembolia, de la que se recupera lentamente. El accidente le ocurrió a 15 millas al norte de Corn Island, mientras capturabas langostas en la profundidad.
“Abusé de la confianza. Perdí compresión y vino la embolia que me dejó con paraplejia”, dice ese hombre que se considera ahijado del mar.
A Vidal lo califican uno de los mejores buzos del occidente de Nicaragua y su pasión por el buceo puede ser el motivo que lo lleve a recuperar la fuerza en los músculos de sus piernas que responden con debilidad cuando él se esfuerza por dar pasos seguros.
El buceo es común en Puerto Cabezas, Corn Island y El Bluff, en la Costa Caribe, donde se calcula que al menos dos mil personas bucean para sobrevivir.
En la costa del Pacífico esa actividad es menor. Jahir Carrillo, relacionista público de la municipalidad del Puerto de Corinto, afirma que sólo unas 20 personas de dedican a bucear en esta zona.
Los pescadores artesanales se agrupan en cooperativas que son apoyadas por la Alcaldía, con el fin de que generen más empleo.
“Yo me accidenté. Llegué demasiado tarde a atenderme, 17 horas después y en avión, lo que pudo contribuir a la tragedia que me sentenció a quedar inválido”, dijo Castillo a LA PRENSA.
Este pescador, de 41 años, habla del accidente como una etapa casi superada. “Yo me excedí en el trabajo en el fondo del mar por necesidad”, comentó.
A Vidal le han sobrado ofrecimientos de sillas de ruedas, pero las ha despreciado. Sus pasos los da apoyado en un andarivel y tiene la esperanza de volver a caminar.
En sus paseos por la bahía de Corinto, en los cayucos de sus amigos, recorre las rutas que conoció cuando se inició como pescador artesanal.
En los ochenta se fue a Costa Rica y buceó por primera vez con tanques de oxígeno y adiestró sus capacitaciones, hasta conseguir bajar, lo que humanamente no se recomienda.
“Con ese conocimiento me fui a la Costa Atlántica porque me hablaban que allá se ganaba mejor”, asegura al compartir su experiencia. Allí bajaba hasta 38 metros y abusó de los tanques de oxígeno que le provocaron intoxicación por nitrógeno.
Científicamente se asegura que cuando un buzo se sumerge en las aguas profundas queda expuesto a tres tipos de gases: el oxígeno, el dióxido de carbono y el nitrógeno. Cuando a los buzos les falta el oxígeno de sus tanques, que es de alta presión, se intoxican con nitrógeno que puede causar las embolias, ya sea de pulmón o en el cerebro. A esto se le conoce como daños por descompresión, que es usualmente a lo que están expuestos y de acuerdo a su abuso, puede llevarlos a la muerte.
El patólogo José Robleto opinó que si un buzo permaneció bajo el mar el tiempo suficiente para que disuelva en su organismo grandes cantidades de nitrógeno, y luego regresa repentinamente a la superficie, pueden formarse dentro de su organismo grandes cantidades de burbujas de nitrógeno y puede causarle daños leves o graves en cualquier área del cuerpo, así como dolor en las piernas, en la cabeza, dificultad para respirar, pérdida del conocimiento y convulsiones.
A Castillo esto lo dejó primero en coma y luego inválido. “Ahora buceo a pulmón, aunque no tengo fuerzas en las piernas, me hundo por minutos y saco la comida del día”, reconoce convencido que bucear es un arte, que se debe ejercitar responsablemente. No le tiene miedo al mar, porque sus paseos duran hasta tres días, cerca de la bahía, “porque en alta mar, no lo debo hacer, porque lo que he ganado, lo puedo perder”.
Castillo hizo un llamado a explotar bien la pesca. Los excesos con los trasmallos y las bombas artesanales pueden acabar con la comida del futuro.
Otros le siguen
Pero no sólo Vidal es apasionado de este quehacer. En el Puerto de Corinto hay 11 pescadores que se lanzan diariamente a las profundidades, sin que hasta el momento hayan pasado por momentos parecidos al que sufrió Castillo, allá en la RAAS.
Ernesto Ramón Alí Valle es uno de esos aficionados. Cuenta que la labor la aprendió de su abuelo, quien lo crió al perder a su padre trágicamente. El equipo de buzos en Corinto trabaja por separado. Ellos salen en la mañana a pescar y regresan al caer la tarde, si el mar no está “picado” y si no hay óptimas condiciones para traer ganancias a su casa.
“Trabajamos con las mareas. Sacamos langostas, ostras, ostiones, pescados, siempre en las profundidades de aguas claras”, confió. “Claro, la langosta es más perseguida porque es más cara, porque la pesca sólo deja pérdidas”.
Bismarck Díaz, la dupleta de Ramón, considera que existen muchos peligros en la faena, “porque por la presión de la profundidad es peligroso quedar aplastados en una cueva, cuando hay muchos tumbos porque mueve el compresor, porque nuestro trabajo es artesanal, porque no usamos el tanque de oxígeno”.
“A mí me entrenó Vidal, él me dio técnicas que actualmente uso y yo lo considero el mejor buzo de Corinto. Él sacaba las mejores especies marinas del fondo del mar y aún con su incapacidad sale al mar, porque yo creo que no puede vivir lejos de él”, comentó pensativo.
Este, al igual que 11 buceadores oriundos de Corinto, asegura que lo hacen para tener una alternativa para vivir. “Vendemos lo que pescamos al mejor postor”, asegura.
Ellos no usan oxígeno. En su lugar, salen con un compresor, cuya diferencia entre un método y otro es que pueden contaminar el organismo por el acercamiento con el combustible, pero igual bajan 27 metros y pueden ser víctimas de las aguas malas, los tiburones y las culebras.