Managua
04:26 pm
17.03.07
Regístrese gratis aquí  |  Administre su perfil de usuario  |   
Portada
Última Hora
Política
Nacionales
Economía
Campo & Agro
Regionales
Editorial
Deportes
Sucesos
Internacionales
Opinión
Revista
Vida Social
Cartas al Director
Caricaturas
Agenda de Eventos
Eventos Empresariales
Tecnología
Religión y Fe
Mosaico
Entrevista
Enfoque
Hablemos del Idioma
Noticias >> Opinión
El alcoholismo es un cáncer social
Rosa María Vivas Moncada
La autora es licenciada en Psicología

“…No me protejan, no traten de salvarme de las consecuencias de mi forma de beber. No mientan por mí, ni paguen mis cuentas, ni cumplan mis obligaciones. Si ustedes me salvan de las consecuencias de mis borracheras, seguiré creyendo que no necesito ayuda para cambiar…”

Un alcohólico

Quiero esta vez reflexionar sobre un artículo que leí en la edición 1999 del conocido almanaque Escuela para todos. Se titulaba: Yo le digo a mi familia en el cual se intercambiaban dos sencillas cartas. La primera misiva la escribía un hombre alcohólico dedicando a su esposa y familia unas dramáticas líneas cargadas de pena y súplicas de ayuda para abandonar la bebida; y la segunda, era la emotiva respuesta de la parte afectada por muchos años de sufrimiento.

El alcoholismo es una adicción socialmente aceptada y secretamente repudiada. Deteriora al consumidor y a las personas que forman parte de su entorno sin considerar edad, sexo, estatus económico, intelectual, moral o religioso. La sustancia se apodera del organismo de una forma tan aguda que el racionalismo se ve desplazado por un comportamiento meramente instintivo, el cual obedece a las alteraciones que la sustancia etílica provoca en las actividades psíquicas del individuo desencadenando una serie de manifestaciones físicas, verbales y comportamentales no controladas que obedecen a la cantidad ingerida de alcohol.

El licor en pequeñas dosis provoca reacciones variadas, según las particularidades de carácter y temperamento propias de cada individuo. Lo lamentable no es ingerirlo ocasionalmente sino convertirlo en un infaltable compañero cotidiano, en un secreto aliado, alter ego en todos los capítulos de la vida cotidiana, a la par de cada acontecimiento, emoción o sentimiento experimentado. Causa estragos cuando desplaza o, más grave aún, sustituye en la jerarquía de la vida del individuo el respeto por sí mismo, la familia, los estudios, el trabajo o la actividad social, amén de los daños que provoca en la salud física y mental.

Quien mira a su lado y ve a un(a) alcohólico(a) o se reconoce a sí mismo(a) como un(a) adicto(a) reconoce la pesadilla que representa; la inestabilidad y caos que ocasiona acompañado de ruinas económicas y morales, separaciones, destrucción del matrimonio y el hogar, abandono e incluso muerte. Consecuencia del deplorable comportamiento que revela lo más bajo y ordinario de lo humano en una forma cruda y vergonzosa, incomprensible en muchos casos. Es como si la bebida despertara un ser desconocido que duerme en el subconsciente y que espera la inyección etílica para saltar al exterior y destruir todo a su paso.

Con el alcoholismo los valores de cada individuo se van mermando, la autoestima se devalúa y los sentimientos de culpa terminan por completar un círculo destructivo en que la soledad se vuelve la única compañía.

En la actualidad muchas situaciones de inestabilidad individual y social (agresiones y violencia doméstica, alteración del orden, asaltos, accidentes automovilísticos, entre otros más) obedecen a esta dañina enfermedad.

Atenderlos implica mucho más que una responsabilidad personal sino una participación interdisciplinaria de la familia y la sociedad. Aún cuando se reconozca que la comercialización del licor representa uno de los ingresos más abultados de la economía nicaragüense, no se debe olvidar que disfrutar los placeres de la vida —como son consideradas las bebidas alcohólicas, el tabaco, entre otras cosas— es parte de la naturaleza humana, pero limitarse a niveles saludables es lo que marca la diferencia. El abuso y los excesos sólo corroen y obsesionan.

Cuando este mal se estaciona en la vida de una persona es muy difícil erradicarlo más no imposible. La iniciativa y voluntad para dejarlo es el primer y más importante paso además del apoyo, paciencia y amor de los seres queridos. Si se poseen ambos la esperanza de recuperarse es viable. De lo contrario seguirá arrasando con las posesiones más sagradas de cada ser: El amor propio y la familia.

Noticias Servicios Suplementos Especiales Publicidad Enlaces
Mapa del Sitio Nicas en el Exterior Contactos Ayuda
©LA PRENSA 2009 Aviso legal Política de privacidad Consultas y Sugerencias
Manual de Estilo de LA PRENSA
Fotorreportajes
Sucesos del 2006: Nicaragua
Búsqueda