Managua
11:56 pm
13.03.07
Regístrese gratis aquí  |  Administre su perfil de usuario  |   
Portada
Última Hora
Política
Nacionales
Economía
Campo & Agro
Regionales
Editorial
Deportes
Sucesos
Internacionales
Opinión
Revista
Vida Social
Cartas al Director
Caricaturas
Agenda de Eventos
Eventos Empresariales
Tecnología
Religión y Fe
Mosaico
Entrevista
Enfoque
Hablemos del Idioma
Noticias >> Opinión
El libro de los porqué
Emilio Álvarez Montalván
El autor es analista político

Siempre quise leer una obra que explicase con argumentos sólidos, basados en fuentes confiables, la pobreza crónica de los países latinoamericanos. Y creo que en el libro de Alfredo González Holmann (¡La Gran Pregunta! ¿Por qué los países hispanos son pobres? ) encontré la respuesta que buscaba.

En estilo ameno y directo, sin mucha palabrería, expone el autor su tesis de que el problema depende del juego de valores culturales ineficientes y obsoletos que hemos adoptado. Se trata de un material que podríamos llamar “chips” mentales, que en parte recibimos de nuestros mayores vía costumbres y actitudes que copiamos, y en parte fruto de nuestra propia experiencia.

A ese respecto, coincido con la afirmación de mi amigo González Holmann de que el gran vehículo, el gran condicionante de nuestra conducta, social e individual es la cultura. Lo que asombra en el caso de Nicaragua es que esos “casetes” hayan permanecido tanto tiempo en nuestro cerebro sin modificarse. O sea, que hemos tenido miedo al cambio y preferido quedarnos atrasados, en vez de tomar el riesgo de corregir nuestras deficiencias, lo cual es precisamente lo que persigue el entrenamiento a que estuvimos sometidos, al punto que pareciera que nos hubieran grabado las consignas con hierro caliente. Por ello es digno de encomio que González Holmann se atreva a desafiar tabúes y vacas sagradas, para denunciar las indoctrinaciones que nos impusieron. Eso me trae a reconocer, con el autor, la tragedia de la conquista y colonización hispánica que nos implantó las cuatro dimensiones del absolutismo que los españoles practicaban, a saber, en lo social, político, económico y religioso.

Ello fue posible porque España rechazó la ola reformista protestante que venía esparciéndose en Europa central a mediados del siglo XV, acusándola de peligrosa para la unidad nacional recientemente alcanzada en la península ibérica con la expulsión de árabes y judíos. Más aún, nos aplicó España la política de erradicar las expresiones culturales autóctonas y el derecho de conquista, que el propio Pontífice justificó con la famosa alianza de la cruz con la espada. De ahí arrancó lo que, idos los conquistadores y encomenderos, adoptaron criollos y mestizos que les sucedieron. Si preguntamos ¿cuáles son esos valores que aún pueden identificarse en nuestra historia política nicaragüense, nos damos cuenta que son el personalismo, el cortoplacismo, el centralismo, el patrimonialismo (corrupción), el sentido mágico de la vida, el arreglismo y el caciquismo, son hábitos totalmente contrarios a los que John Locke enseñó con toda sencillez, o sea, la puntualidad, el respeto a la ley, la solidaridad, la sobriedad, el orden, el sentido de nación, la ética laboral, la consulta con el pueblo, etc.

Sin embargo es injusto seguir echando la culpa a los españoles que al morir el caudillo Francisco Franco fueron capaces de reemplazar su herencia cultural medieval, con una modernidad ventajosa para su pueblo, sin recurrir a la violencia. A estas alturas, somos los nicaragüenses los responsables del atraso, porque insistimos en vivir una democracia de mentiras, ya que no hemos logrado en 185 años de independencia crear y respetar instituciones sólidas y confiables y emplear el derecho que como ciudadanos poseemos para controlar el poder público y más bien lo vendemos por un plato de lentejas

Por otra parte, el libro de González Holmann es didáctico, no nos atiborra con discursos largos y tendidos sino que en sus cinco capítulos breves, atractivos para gente muy ocupada, contesta preguntas que con mucha perspicacia supone que el lector se plantea. La edición es, además, nítida, sin faltas ortográficas y con una portada atractiva diseñada por el popular artista Manuel Guillén. Lo que le ha faltado al autor es un mercadeo eficaz de su obra. Por ejemplo, sería ventajoso diseñar una página web donde se reproduzca párrafos de la obra, un resumen ejecutivo y opiniones de críticos conocedores del tema. Para terminar, encontré el capítulo final muy adecuado y oportuno porque se ocupa de plantear la solución del problema. Ya tenemos suficientes análisis del subdesarrollo. Lo que se trata ahora es divulgar, hacer conciencia, insistir en que el remedio es la educación, la piedra sillar de nuestras capacidades de cambio. Recuerdo a ese respecto un diálogo que sostuve en cierta ocasión con el Presidente de China, Taiwán, Lee Teng Hui, a quien pregunté: “Señor Presidente, ¿cómo me explica que Taiwán y Nicaragua que tenían en 1940 el mismo ingreso per cápita, de cuatrocientos dólares anuales, se encuentran ahora tan separados económicamente? Me refiero —agregué—, a que ustedes disponen en este momento de más de ocho mil dólares por cabeza, mientras nosotros seguimos con un PIB per cápita de ochocientos dólares, cuando más”. A lo que el Presidente chino con una sonrisa benevolente me respondió: “Por tres razones doctor, educación, educación, educación”.

Noticias Servicios Suplementos Especiales Publicidad Enlaces
Mapa del Sitio Nicas en el Exterior Contactos Ayuda
©LA PRENSA 2009 Aviso legal Política de privacidad Consultas y Sugerencias
Manual de Estilo de LA PRENSA
Fotorreportajes
Sucesos del 2006: Nicaragua
Búsqueda