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Mujeres en el poder

En el Día Internacional de la Mujer que se celebra hoy 8 de marzo, hay que reconocer que el presidente sandinista Daniel Ortega ha puesto bastantes mujeres a desempeñar cargos superiores de gobierno. En realidad, según informaciones que hemos debido obtener de manera extraoficial —puesto que es prácticamente imposible conseguir información oficial por la forma filtrada e “incontaminada” con que se maneja la comunicación del nuevo gobierno sandinista—, un 38 por ciento de los cargos gubernamentales superiores están ocupados actualmente por mujeres. Y este es sin duda un buen porcentaje de participación femenina en el Gobierno, aunque todavía distante en 12 por ciento de la cuota que prometió Ortega durante su campaña electoral.

Sin embargo no hay un reconocimiento unánime de que el gobierno de Daniel Ortega esté haciendo lo correcto en relación con el sector femenino de la sociedad nicaragüense. Inclusive, el Movimiento Autónomo de Mujeres, en una proclama de campo pagado que se publica hoy mismo en LA PRENSA, hace una áspera crítica al gobierno orteguista y califica como “grotesco” el hecho de que Daniel Ortega presente la participación de Rosario Murillo en el poder como la “cuota de género que su gobierno otorga a las mujeres y que la personalice en una consorte que nadie, ni siquiera la minoría de electores del FSLN ha escogido para asumir la Presidencia de facto”.

No obstante, el sólo hecho de que haya bastantes mujeres en posiciones primordiales del Gobierno, ya es algo muy importante para el país en cuanto al proceso de cumplimiento de uno de los más importantes objetivos de la humanidad contemporánea, cual es la búsqueda de la igualdad política de género, tanto jurídica como real y efectiva.

Por cierto que a estas alturas del tiempo, la promoción de la igualdad política de género ya no es sólo una bandera de partidos y personas de izquierda. También los movimientos democráticos de derecha se han apropiado de ese objetivo y avanzan en prosecución de tal propósito. Cabe señalar al respecto que, aparte de que el gobierno sandinista tiene un 38 por ciento de participación femenina y de que la Primera Dama es cogobernante de hecho, en ALN que el principal partido de oposición una mujer es la jefa de su bancada parlamentaria, mientras que la jefatura del histórico Partido Conservador de Nicaragua —que este año celebra 150 años de existencia—, es ejercida actualmente por otra mujer.

Se dice que en términos generales las mujeres son mejores gobernantes que los hombres. A pesar de eso, en la actualidad sólo 10 países en todo el mundo son gobernados por mujeres y en Latinoamérica únicamente Chile tiene como presidente a una persona del sexo femenino, la socialista Michelle Bachelet,

Por supuesto que el sólo hecho de que una persona sea mujer no la hace automáticamente una buena gobernante. Así como ha habido, a lo largo de la historia universal, mujeres que fueron excelentes y admirables gobernantes, entre ellas la ex Presidenta de Nicaragua, doña Violeta Barrios de Chamorro, también hubo mujeres que desempeñaron el poder político de manera negativa, reprochable y lastimosa. Por ejemplo, en Argentina Isabel de Perón no dejó un buen recuerdo de su paso por la Presidencia de la República y todavía hoy es perseguida por la justicia, por actos de corrupción y graves violaciones a los derechos humanos. Y en Panamá la ex presidenta Mireya Moscoso figura seguramente como uno de los presidentes más corruptos de la historia de ese país.

Más allá de las Américas, en Asia (y por cierto que en un país comunista o izquierdista, como es la República Popular China), la mujer de Mao Tse Tung, la señora Chiang Ching, llegó a obtener tanto poder que de hecho, aunque no de derecho, cogobernaba con su marido, el poderoso Mao, e incluso llegó a tener un poder inmenso e ilimitado que fue considerado superior al que tenía su esposo.

Pero la señora Chiang Ching abusó de su poder absoluto y fue llevada a los tribunales y condenada a muerte, como castigo por los múltiples crímenes que cometió en ejercicio del enorme poder que llegó a acumular. La pena de muerte le fue conmutada por cadena perpetua, a Chiang Ching, quien se suicidó en su celda y murió en la peor ignominia.

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