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La leal oposición
Peter R. Bernal
El autor es periodista, comentarista internacional

La palabra oposición está en boca de todos. La escuchamos y leemos en los medios y la interpretaríamos quizá como: “minoría que en los cuerpos legislativos impugna hábilmente los actos y las doctrinas del gobierno”. Bien, pero aprendimos de Aristóteles que “el hombre es un animal político”; de Bismarck que “la política no es ciencia exacta”; de James F. Clarke que “un político piensa en la próxima elección; un hombre de Estado piensa en la próxima generación”. Buenas coordenadas para reflexionar sobre este tema.

Los resultados electorales en varios países de América han hecho regresar a la oposición a varios partidos políticos tradicionales. Por citar dos casos, Nicaragua envió a la oposición a los divididos liberales y conservadores, más o menos al mismo tiempo que los estadounidenses a los republicanos, después de doce años controlando el Congreso. Este fenómeno venía sucediendo: adecos y copeyanos en Venezuela; liberales en Colombia; priistas en México y otros. Aparentemente se impuso una gran realidad, la necesidad de la alternabilidad en el gobierno.

Algunos movimientos políticos parece como que no se adaptan a las condiciones impuestas por una derrota. Es lamentable porque un líder políticamente hábil, puede aprender mucho desde la acera del frente. En ocasiones hasta resulta conveniente, evitando por un tiempo las contrariedades de un periodo difícil. Algunos parecen olvidar o no entender un viejo concepto que le debemos a los británicos: “La leal oposición de Su Majestad”. Por supuesto, salvando la distancia, en países con gobiernos republicanos se trata de un vocabulario relativamente diferente pero haríamos bien en acudir y analizar una fórmula que ha servido al Reino Unido, España, Canadá y otros.

En Inglaterra, cuando uno de los tres partidos (laboristas, liberales y los conservadores o “tory”) queda en segundo lugar, se convierte automáticamente en la “leal oposición”. Estos designan un gabinete en la sombra (Shadow Cabinet), contribuyen con ideas aun en medio, de luchas parlamentarias ruidosas y acaloradas, como habrán comprobado los que han visto los debates el la Cámara de los Comunes entre los “honorables caballeros” mientras se preparan para ocupar el poder cuando el electorado así lo decida.

Los franceses tienen ahora el concepto de la “cohabitación”, cuando el presidente es de un partido y la Asamblea Nacional de otro, se realizan labores de coordinación para enfrentar problemas que afectan al país. Algo parecido ha ocurrido en los Estados Unidos, cuando un partido, no controla a la vez la Casa Blanca y el Congreso.

Un ejemplo clásico de la “leal oposición” en este siglo pudiera ser durante la Segunda Guerra Mundial. En 1941, el primer ministro británico Sir. Wiston Churchill, un “tory” tuvo como segundo en su gabinete al laborista Clement Attlee, tan pronto terminó la guerra en 1945, reemplazó a Churchill, al derrotarlo en las elecciones. No hubo expresiones de amargura, ambos líderes habían servido a su país durante un momento difícil de su historia.

En las Bahamas, el gobierno lo ejerce como “primer ministro” el líder del partido mayoritario, miembro de la Asamblea de 49 legisladores elegidos por el sufragio popular cada cuatro años. Pero, en el senado, sus 16 curules son designadas así; nueve por el primer ministro; cuatro por el líder de la real oposición y tres por el gobernador general, que representa a la Reina de Inglaterra, la cual es también Reina de las Bahamas, como integrante de la Mancomunidad Británica de Naciones. ¡Peso y contrapeso!

Cuando los hombres se consideran demócratas, creen en las instituciones. Será quizás la hora de experimentar algo diferente. O sea una forma light de “leal oposición” en nuestros países, logrando el acercamiento de los opositores al gobierno, para trabajar unidos en temas vitales y lograr en lo posible un forma de “gobierno compartido”. Si esta meta es lógica, deben todos comenzar con el experimento. Para eso hay que dejar los ataques y conspiraciones, que tanto daño le hacen al proceso democrático y estimulan la irracionalidad. La oposición para ganarse el respeto tiene que manejarse con honestidad y dignidad; además de crítica e investigativa, sea decente y responsable, pero sobre todo predicar con estas palabras mágicas: con altura, talento y habilidad.

De esta forma, todos podrán lograr la experiencia para llegar en su momento a gobernar, mientras aprenden a respetar a sus compatriotas elegidos para gobernar y viceversa. Recordemos un sabio consejo de Abraham Lincoln... “Ningún hombre es demasiado bueno para gobernar a otro sin su consentimiento”. ¡Manos a la obra!

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