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Las aparentes contradicciones del Presidente

Se dice que “tragedia y comedia son ramas de un mismo tronco”. Carlos Marx mencionó en su libro El 18 Brumario de Luis Bonaparte, la frase de que en la historia lo que una vez ocurrió como tragedia vuelve a ocurrir pero en forma de farsa.

En el caso del presidente Daniel Ortega, después de observar su comportamiento en los seis meses y pico que lleva gobernando desde arriba, no se sabe si la situación a la que está llevando el país es una tragedia o una comedia, o ambas a la vez.

Aparentemente, el discurso del presidente Ortega cambia cada 24 horas, mientras que su estilo de gobernar pareciera ir de lo grave a lo histriónico. Por ejemplo, promete sacar a los nicaragüenses de la pobreza pero espanta a los inversionistas privados con ataques ofensivos. En su reciente discurso en la Plaza de la República, llamó “mafiosos, tiburones, corruptos y egoístas” a los empresarios energéticos, y esto que se acababa de reunir con ellos en el INCAE, donde compartió abrazos y sonrisas. Ortega dijo que dicha reunión no tuvo nada de positivo, como afirmaron los empresarios, pero sin inversión privada —la cual ascendió a 1,000 millones de dólares el año pasado, contra 500 de inversión estatal— no puede haber crecimiento económico ni disminución de la pobreza, y si las regalías de otros países se terminan, el país se derrumba.

Ortega dice que su Gobierno quiere tener buenas relaciones con todo el mundo, pero durante su reciente gira por Libia e Irán —viaje que fue una miserable pérdida de tiempo porque no traerá ningún beneficio económico al país— unió su voz al permanente grito de guerra de esos países islámicos en contra de Israel y de Estados Unidos.

Ortega critica a sus ministros y otros funcionarios estatales porque en su opinión les falta iniciativa para ejecutar proyectos y tomar decisiones. Pero los que se atreven a hacerlo son despedidos o descalificados. Una crítica vulgar y fuera de lugar hizo Ortega al equipo negociador del Gobierno con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Dijo a Antenor Rosales, presidente del Banco Central y a Bayardo Arce, asesor económico presidencial, que tuvieran cuidado porque parecían más bien voceros del FMI; y que su Gobierno no aceptará la propuesta de ese organismo de hacer pública la empresa Petronic, a fin de que haya un mejor control y transparencia en el uso de más de 1,500 millones de dólares que se calcula recibirá el país en los próximos cinco años como resultado de la ayuda venezolana. Un día, Ortega anuncia que las recomendaciones de los Consejos de Participación Ciudadana no serán obligatorias para los ministros y diputados, pero en otro discurso los ubica jerárquicamente encima de estos y les dice que tendrán que obedecer a los consejos, porque en ellos reside el verdadero poder.

Algunos tratan de explicarse esta esquizofrenia gubernamental como la expresión de la disfuncionalidad de la relación de la pareja presidencial, la cual comparte el 50 por ciento del poder cada uno, según palabras del mismo Ortega. Es decir, que las discrepancias conyugales se rebalsan y afectan las decisiones del Gobierno y, además, crean fricciones y contradicciones entre las distintas tendencias que hay en el partido sandinista. Sin embargo, otros piensan que no hay tales discrepancias conyugales y partidistas, sino que lo que hacen el Presidente y su esposa es manipular a la ciudadanía y a la comunidad internacional con un doble discurso. Y aseguran que lo que el presidente Ortega quiere, en realidad, es ganar tiempo para consolidarse en el poder, crear estructuras de apoyo a su persona y su mujer, recibir masivamente la ayuda venezolana, para luego quitarse la máscara y hacer un gobierno al estilo de Hugo Chávez. Es decir, que Ortega tiene claro su propósito de imponer en Nicaragua el llamado socialismo del siglo XXI, pero por conveniencias tácticas aparenta no saber lo que está haciendo.

En realidad, se ve muy claro que el Daniel Ortega verdadero es el de los discursos de las plazas, pues ahí habla desde su corazón. Y que no es un hombre sincero ni creíble, sino un actor demagógico que, en consecuencia, no es digno de la confianza de nadie.

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