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El estigma de tener sida
Joaquín Absalón Pastora
El autor es periodista

En silencio ha ido instalándose el sida en la piel desnuda e indefensa de los condenados, de los que saben, unos con apacible resignación, otros con lágrimas duraderas en los ojos, que van a morir porque la sensibilidad del universo social, tiende a menguar en la medida en que más van creciendo los casos según las estadísticas de las Naciones Unidas, las que al año 2006 habían estimado 47 millones de personas infectadas por el virus, derivándose de esa dramática cifra la posibilidad de que en el mismo año —de dos millones y medio a tres millones y medio de pacientes— se fueron de este mundo.

Más triste es aún saber que pese a la excepcional aceptación de algunos, la plácida serenidad de otros de convivir con el virus y aún la alegría de vivir con semejante compañía, el enfermo sufre además del flagelo, el flagelo de ser discriminado en sus derechos humanos, desposeído del tratamiento normalmente igualitario con sólo sospecharse su portación, peor si se tiene la comprobación, suficiente causa para que la víctima no tenga acceso a ningún tipo de trabajo, ni al piadoso e irreductible cariño en el seno de la familia.

No saben esos símbolos de la reducción humana que las pocas oportunidades de trabajo y las necesidades económicas arrinconan a la víctima a la prostitución —proverbio en el modelo negativo— precisamente porque vivimos en un sistema inútil, desde el mismo momento en que no se cuenta con un programa de previsión, de comprensión de esos casos en los cuales al parecer de manera inexorable ha caído la maldición. ¿Programas de gobierno para esas situaciones? Qué lejos están de verse donde prolifera la infidelidad masculina no sólo desde el punto de vista de la lealtad sexual sino desde el punto de vista de la responsabilidad con el cumplimiento de las normativas pragmáticas y espirituales de la familia. Se da cuenta en la crisis que aún las señoras correctas del hogar son víctimas de la infidelidad, corriendo el mismo infortunio de las que el eufemismo considera como “trabajadoras sexuales” de las cuales parten las vulnerabilidades biológicas y epidemiológicas. A toda esa irregularidad se une la subcultura y la renuencia a usar los instrumentos adecuados de previsión, ejemplarizándose como modelo al inefable “condón”.

Leo al doctor Rafael Arana Picado en su exposición en el seminario inaugural montado por Profamilia, cautivado por el afán de generar “líderes de opinión”. Hace una radiografía inspirada en las estadísticas de la magnitud del problema VIH-Sida en Nicaragua. Me hace apagar un poco la llama del fatalismo cuando lo siento señalando que “Nicaragua es el país donde más tardíamente empezó la epidemia a nivel de Centroamérica”. Eso conduce a calcular que por haber arrancado después en la pista trágica, tiene menos afectación que el resto de sus vecinos si nos acomodamos en la tabla de la proporcionalidad.

Según la exposición “en general en el país se establece una tasa de incidencia de 7.64 por 100,000 habitantes y una tasa de prevalencia de 33.3 por cada 100,000 habitantes, y una tasa de letalidad del 25.3 por ciento”.

En silencio decía al comienzo el sida ha ido instalándose en la piel desnuda e indefensa, en silencio lloran los huérfanos y las madres estigmatizadas el lado de la epidemia oculta y eso porque nadie los oye, ni la limitación existencial, ni la endeble conciencia social que predomina en la población del país.

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