Pareciera que estamos viendo una película que ya vimos en los años ochenta y cuyo final es previsible. El presidente Daniel Ortega y su comitiva viajando en un jet —posiblemente fletado por su amigo Hugo Chávez— por todo aquel país que se sume a su trasnochada lucha “antiimperialista”: Venezuela, Argelia, Irán, Libia, Senegal y Cuba.
Los Estados Unidos han visto con indiferencia y hasta respeto el nuevo gobierno de Ortega, pero en la Venezuela de Hugo Chávez, el gran catalizador de la nueva cruzada mundial contra el imperialismo yanqui, los ánimos están caldeados y se buscan alianzas estratégicas entre los afines ideológicos.
¿Por qué aferrarse entonces a buscar un conflicto artificial, que nadie quiere y que a nadie le interesa en Nicaragua? Sobre todo tomando en cuenta la experiencia de los años ochenta cuando el gobierno de Ortega nos metió de lleno en la conflagración este-oeste.
¿Podrá esta vez Daniel Ortega, con la ayuda de Chávez, Mahmud Ahmadinejad, Muhamad Gadafi, Fidel Castro y Evo Morales derrotar al imperio o derrotar la pobreza? Ciertamente no. Esta posibilidad no existe ni en las mentes más fértiles de la izquierda contemporánea. En los ochenta Ortega contaba con aliados antiimperialistas mucho más poderosos como la extinta Unión Soviética y todos los países del bloque socialista como Bulgaria, la RDA, Checoslovaquia y qué logró entonces?
Hay un sabio proverbio que dice que los que no aprenden las lecciones de la historia, están condenados a repetirla y eso es precisamente lo que está haciendo Ortega. En lugar de enfocarse hacia Costa Rica, donde hay miles de nicaragüenses legales e ilegales y tenemos una historia común, se enfoca en atraer inversiones de Irán, donde no tenemos nada en común.
Esta semana nos enteramos que el gobierno de Ortega no logra aún un acuerdo con el FMI, lo cual sería desastroso para nuestra débil economía y todas las metas sociales del Gobierno, que hay una clara subejecución del presupuesto, la crisis energética se ha profundizado, pero el presidente Ortega tiene sus prioridades en importar problemas ajenos a Nicaragua.
Problemas como el que se ganó Hugo Chávez con el cierre de Radio Caracas Televisión, que le ha valido el repudio unánime, tanto dentro, como fuera de Venezuela; problemas como el desacato de Irán a la resolución unánime del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas sobre el desarrollo de su programa nuclear, que amenaza con convertirse en el próximo eje de conflagración bélica global. Este país está por la erradicación del Estado de Israel, país con el que Nicaragua tiene relaciones diplomáticas.
En su periplo por todos aquellos países donde los gobiernos se definen como enemigos de los Estados Unidos, Ortega trae a Nicaragua mucha solidaridad y esta solidaridad es recíproca, es decir, nosotros estamos importando sus problemas. Eso es grave e irresponsable por parte de un gobernante que ya tiene experiencia en su lucha contra el imperialismo.
Todo lo anterior, sumado a otras señales internas de despotismo, como la destrucción de la fuente de la Plaza de la República, ha deteriorado seriamente el clima de inversión en Nicaragua y ha tenido un efecto negativo en la percepción del riesgoso país.
Pareciera que en lugar de obras faraónicas, como la prometida refinería de petróleo y el abaratamiento del precio de los hidrocarburos en Nicaragua, la relación con Chávez y Ahmadinejad nos ha traído un saldo negativo en nuestra relación con nuestros aliados tradicionales: los países donantes de Europa, los Estados Unidos, los vecinos centroamericanos y nos está pintando un sombrío panorama a todos los nicaragüenses.