El días pasados la gubernamental Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos publicó un extenso campo pagado en defensa de la destrucción de la fuente danzarina que estaba frente a la Plaza de la República. Pero más que defensa, fue un exaltado ataque partidista contra quienes supuestamente “trataron de borrarle la historia a un pueblo vivo para borrarle la ilusión”. De manera que en dicho campo pagado se calificó como “buitres” a los alcaldes de Managua y presidentes de Nicaragua de los últimos dieciséis años, a los que describió como “somocistas, conservadores, liberales constitucionalistas y nacionalistas, comunistas proimperio” que ordenaron “matar la capacidad de poder volver a soñar con un mundo simplemente más justo para todos”.
Sin embargo, en el escrito de la Procuraduría de Derechos Humanos orteguista no se menciona que esos gobiernos llegaron al poder y se mantuvieron allí por la voluntad mayoritaria de un pueblo que quedó hastiado de sandinismo danielista; ni se dice que los nicaragüenses —aunque Ortega haya ganado las elecciones pasadas— demostraron que no han cambiado de opinión, pues sin la concesión de Arnoldo Alemán, de rebajar el porcentaje de votos para optar a la Presidencia de la República, aquél seguiría haciendo oposición desde abajo. Por otro lado, la Procuraduría de Derechos Humanos orteguista no representa al sandinismo, pues muchas personalidades de esa tendencia, como Ernesto Cardenal, opinan que “el verdadero sandinismo lo representan quienes se oponen al gobierno de Ortega”.
Con un nivel de representatividad tan escuálido como el que tiene Ortega, era de esperar que consultara con la mayoría opositora aquellas decisiones que se perciben como potencialmente controversiales, si en verdad busca la paz y la reconciliación que predicó en su campaña. Pero la decisión del gobierno orteguista de destruir no sólo la fuente sino también el muro externo del Palacio Nacional, construido con fondos del Japón, fue arbitraria y alimenta la confrontación.
La Procuraduría de Derechos Humanos orteguista hizo alusión a otras destrucciones del pasado para —sobre esa base— justificar la actual decisión de Ortega. Pero es como si dijera: “Ahora nos toca a nosotros demoler lo construido por ustedes. Es nuestro turno”. ¿Qué pasará si el próximo gobierno no sandinista actuara con la misma mentalidad? ¿O es que los danielistas creen que permanecerán en el poder para siempre? Considerando las implicaciones de esta lógica irracional, ¿debemos prepararnos para presenciar el desfile de tractores y palas mecánicas destruyendo obras liberales y reconstruyendo obras sandinistas?
Mientras dura este circo, la economía del país se desacelera, los inversionistas permanecen en “stand by”, el desempleo aumenta, los productos básicos suben de precio por falta de producción y los mismos partidarios y votantes de Ortega siguen esperando que éste cumpla sus promesas. Así que antes de que se levanten las primeras columnas de humo sobre el horizonte capitalino, tal vez convenga seguir el consejo del alcalde sandinista Dionisio Marenco, y por ley, pasar el dominio y jurisdicción del centro histórico de Managua a la Alcaldía. En esto, los diputados tienen la palabra.
Al final del escrito de la Procuraduría de Derechos Humanos orteguista se dijo que la destrucción de los símbolos revolucionarios fue resultado del envalentonamiento que produjo en la derecha, la caída del bloque soviético. Pero esto es tratar de ocultar el Sol con un dedo. No hubo tal envalentonamiento. Los nicaragüenses —así como los soviéticos— dieron al traste con un sistema totalitario que les oprimía y mantenía en el atraso y quisieron poner una lápida sobre todo aquello que se los recordaba. Fue el mismo gobierno de Ortega el que generó aversión a la simbología revolucionaria. La gente despertó de un sueño hecho pesadilla y se cansó de una ilusión que les quitó la vida así como sus derechos y libertades.
Pero hay una diferencia. En la actualidad las naciones de Europa Oriental son independientes y prósperas. Algunas ya son parte de la Unión Europea. Sus gobernantes ven hacia el futuro y por eso están progresando. Daniel Ortega, en cambio, insiste en mirar y caminar hacia atrás, en resucitar muertos y reeditar el pasado. Por eso prevalece un ambiente de inseguridad y el país permanece en el atraso y se mantiene o se hunde más en la pobreza.