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Plan para ganar el Nobel
Jorge A Huete-Pérez
El autor es doctor en biología molecular.

A la memoria de Ignacio Astorqui, s.j., maestro de generaciones

A más de cien años de establecido el Premio Nobel, apenas cuatro científicos latinoamericanos lo han obtenido: tres argentinos y un mexicano. ¿Cuáles son las posibilidades de que algún día esta distinción la reciba un nicaragüense?

El Nobel es el reconocimiento de mayor honor en la ciencia. Se otorga a aquellos individuos que hayan realizado los mejores descubrimientos. Las cualidades y habilidades de los galardonados incluyen originalidad e inteligencia excepcional, admirable dedicación, trabajo arduo y sacrificio. Una condicionante que muchos reconocen es haber contado con maestros ejemplares y un ambiente familiar que estimule la curiosidad innata de los niños.

Profundizando en esto último, más allá de las características individuales hace falta también resaltar la importancia de contar con un medio apropiado para el surgimiento de estos talentos. Los países con mejor desarrollo científico técnico en nuestro continente gozan de una enorme infraestructura de investigación, impresionantes centros de excelencia científica, y academias de ciencias de hasta 100 años de existencia, todo lo cual ha permitido formar escuelas de pensamiento y una clara tradición científica.

Otro elemento clave que ha conllevado al desarrollo científico de países como Chile, México y Brasil es que cuentan también con una eficiente maquinaria organizativa de la investigación. En los últimos cincuenta años el esfuerzo organizativo y de apoyo financiero se impulsó desde el Estado con la creación de los Consejos de Ciencia y Tecnología (Conicyt), pero cada vez más el motor radica en la iniciativa privada e incluso en agencias promotoras del desarrollo. A fin de cuentas, lo que se destaca en estos tiempos de la sociedad del conocimiento es que, aunado a la preocupación ambiental, el propósito de la ciencia debe ser la búsqueda del desarrollo económico y el mejoramiento de la calidad de vida.

No amerita discusión que el empuje investigativo de los países latinoamericanos es muy diferente al del llamado “primer mundo”. Análogamente, una comparación entre países latinoamericanos revela también una enorme disparidad reflejada tanto en el Índice de Avance Tecnológico, como en los niveles de inversión. Es notable, por ejemplo, que un país como Argentina (con tres premios Nobel) invierta cinco veces más recursos del PIB que Nicaragua, con lo cual Argentina se considera “científicamente competente”, mientras que Nicaragua es “científicamente retrasada”.

¿Qué podemos esperar de Nicaragua sin Academia de Ciencias y con un Conicyt descabezado y moribundo? El lobby que algunos hemos venido haciendo con la pasada y la actual administración se ha centrado en crear conciencia sobre la urgencia de apoyar la ciencia y la educación científica, resaltando que, más allá de la falta de financiamiento, el problema radica en la necesidad de implementar un nuevo modelo de organización del sistema de innovación que conlleve a la institucionalización del quehacer científico. No se trata de mendigar favores al poder político, sino de reclamar su rol en la implementación de políticas científicas.

Alguien argumentará acertadamente que si con toda la tradición de ser un país de poetas y escritores, tampoco nos hemos ganado un Nobel de Literatura, con mayor razón sería aún más remota la posibilidad de conseguirlo en las Ciencias. En efecto, la ciencia sigue siendo la cenicienta del trabajo intelectual del país y el sector más despreciado por la clase política.

A pesar de estos datos pesimistas, es motivo de orgullo ver a compatriotas nuestros ubicados en los más altos peldaños de la ciencia. Mencionaré tres casos que me son bien cercanos: el de Sonia Ortega, de la Fundación Nacional para la Ciencia (NSF, EE.UU.), de Erwin Aguilar, director de Investigación Clínica de la Universidad de Louisiana, y de Pedro Álvarez, de la Universidad de Rice, quien, además de ser uno de los mejores en biorremediación, ahora está enfocado en la nanotecnología, una de las tecnologías más punteras. De modo que no sería del todo inverosímil que un día no muy lejano alguno de nuestros jóvenes talentosos fuese considerado para el Nobel.

No deseo dejar la impresión errónea de que con sus trabajos los científicos anden absurdamente procurando el Nobel, apenas quisiera resaltar el ingenio y sacrificio de estos investigadores. Para ahondar en estas reflexiones y acaso para estimular a los jóvenes, recomiendo un par de biografías aparecidas recientemente: la de J.M. Bishop (Nobel 1989) y la de P. Doherty (Nobel 1996). Este último nos deja consejos muy claros: “Trabajen duro e inteligentemente” e “intenten pensar de manera no convencional”. Además, “procuren vivir mucho tiempo, pues el valor de lo excepcional demora en ser reconocido”.

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