Tanto los actos gubernamentales como las declaraciones del presidente Daniel Ortega y miembros prominentes de su entorno político, demuestran claramente su talante totalitario. Talante, como se sabe, según el Diccionario de la Real Academia Española es el modo o la manera de ejecutar algo, la disposición personal de alguna persona, su voluntad, deseo y gusto.
En realidad, el atropello sistemático a la legalidad y la institucionalidad del país; el despido masivo de empleados públicos porque no pertenecen al partido oficialista; la destitución caprichosa, sólo por el gusto de ejercer el poder, de altos funcionarios gubernamentales, en su mayoría mujeres; el fervoroso respaldo a medidas de fuerza de otros gobernantes, como el cierre de RCTV por parte del dictador militar de Venezuela, Hugo Chávez; la gira a países dominados por regímenes totalitarios como son los de Irán y Cuba; la acción barbárica de destrucción de la fuente musical que había en la histórica Plaza de la República; la declaración del ex canciller sandinista, Miguel D’Escoto, de que si durante el primer gobierno de Daniel Ortega hubiera estado vigente la pena de muerte, “los de LA PRENSA” nos hubiéramos “ido al otro mundo”; todos esos actos y declaraciones, repetimos, son inequívocas y brutales demostraciones de un talante totalitario.
El totalitarismo es una doctrina política y un sistema de gobierno que se manifiesta en una práctica agresiva; es intolerante a la crítica y la oposición; concentra los poderes políticos y económicos en manos de un Estado que sirve exclusivamente a los gobernantes y su partido, no a la nación ni a sus habitantes en general. Tales fueron los regímenes fascista y comunista estalinista que imperaron en la Alemania nazi y la Unión Soviética del siglo pasado.
Hanna Arendt (1906-1975), una afamada filósofa judía alemana que consagró su vida a la lucha por la libertad, escribió que “mediante el terror y la propaganda, el totalitarismo pretendía —y sigue pretendiendo, agregamos nosotros— forjar el ‘hombre nuevo’. El totalitarismo busca no sólo la dominación despótica de los hombres, sino un sistema en el que los hombres sean superfluos”, escribió Arendt. Ahora bien, las características del régimen totalitario que describió la filósofa judía alemana, son las mismas del que impera todavía en Cuba comunista y del neototalitarismo que Hugo Chávez está imponiendo en Venezuela; así como del que Daniel Ortega pretende nuevamente imponer en Nicaragua.
Cualquiera que sea la modalidad o el país donde se imponga el totalitarismo, éste pretende legitimarse con la idea de que la igualdad y la justicia social deben anteponerse o están por encima de la libertad individual; que la democracia debe sacrificarse en aras de salvaguardar la soberanía nacional y promover la justicia social; que la restricción y la prohibición de los derechos de asociación y de oposición, y ante todo de la libertad de expresión y de prensa, es el costo necesario que debe pagarse para poder preservar la independencia nacional, así como para garantizar la ejecución de estrategias gubernamentales que permitan distribuir equitativamente el ingreso social y nacional. Pero todo eso es falso.
Cabe llamar la atención en que uno de los pretextos que los totalitarios invocan más a menudo, para justificar la prohibición de los derechos y las libertades de las personas lo mismo que la represión brutal contra disidentes, opositores o personas que simplemente no comparten el pensamiento oficial, es el concepto del patriotismo, o más bien dicho, del patrioterismo. De allí que no es por casualidad que el ex canciller sandinista dijera a través de un medio orteguista de comunicación, que “todos los de LA PRENSA” se hubieran ido “al otro mundo”, por “traidores a la Patria”, si en la Nicaragua de los años ochenta hubiese existido la pena de muerte. Con todo descaro, el representante de un régimen despótico que entregó el país al imperialismo soviético comunista, acusa a LA PRENSA de haber sido traidora a la Patria.
Para los totalitarios, la Patria es su partido y el caudillo gobernante es el pueblo, de manera que a quienes no se someten a ellos los condenan como enemigos de la Patria. Para los demócratas, en cambio, el patriotismo presupone la libertad, la democracia y el respeto a los derechos humanos. Y la defensa de la soberanía nacional debe ser de la intromisión de toda fuerza extranjera; por ejemplo, no sólo de Estados Unidos sino también del neoimperialismo comunista de Hugo Chávez.