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10.06.07
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Noticias >> Religión y Fe
La paz como fruto de la justicia
J. Dávila y Castellón

(La Iglesia “está llamada en el mundo a ser testigo del amor del Padre…). De ahí su profundo compromiso con la misión evangelizadora al servicio de la causa de la paz y de la justicia”. (Benedicto XVI)

Una hermana en la fe se quejaba de ciertos predicadores que, según ella, remachan demasiado sobre la necesidad de soportar a quienes voluntariamente, de alguna manera, nos ocasionan daño con sus injusticias, ingratitudes, ofensas o maldades. De acuerdo a su criterio, exhortar únicamente a la comprensión y el perdón a la víctima sin a la vez llamar la atención respecto a la necesidad y el deber cristiano de practicar la justicia, puede conducir o conduce a favorecer el imperio del mal sobre la tierra. Comentaba, por ejemplo, que si un sacerdote predica en su homilía dominical: “La esposa debe soportar a su marido borracho” sin llamar la atención del marido haciéndole ver el sufrimiento que proporciona a su mujer y a sus hijos con el vicio del licor, si casualmente se encuentra en ese momento en el templo una pobre mujer a la par de su esposo borracho, lo más probable sea que éste, verbalmente o por señas, diga a aquélla: “Te fijas que lo que te toca es seguirme aguantando…!”, sin caer en cuenta que él está obligado a rectificar su vida.

Más de una vez a este servidor y amigo de ustedes se le ha ocurrido pensar que una de nuestras deficiencias humanas es ser extremista por naturaleza o demasiado unilateral. Normalmente, nos olvidamos de mirar “la otra cara de la moneda”. Y así como al hablar del amor, el perdón y la comprensión se nos escapa advertir, a la vez, que nadie tiene derecho a ser verdugo de sus semejantes, así también, al tratar el tema de la paz, corremos el riesgo de perder de vista que la paz, si de parte de Dios representa un precioso don, de parte de los hombres se da como fruto de la justicia.

Pero aunque de vez en cuando a nosotros los predicadores se nos tache de unilaterales o incompletos por tender a uno de los extremos, hemos de tener pendiente que la Iglesia católica, como tal sabe guardar en su doctrina un magnífico y sano equilibrio en cada punto y situación, de tal modo que siguiendo sus enseñanzas no hay dónde perderse. Ella, como maestra en humanidad y “columna y fundamento de la verdad”, nos presenta las dos caras de la moneda: la paz y la justicia…Con Aparecida, la evangelización seguramente será “nueva” también gracias a su exigencia, así se redescubrirá el don divino de la paz como un quehacer de la justicia a todos sus niveles y de parte de todos: de los individuos, la familia y la sociedad, de gobernantes y gobernados, ricos y pobres, ¡DE TODOS!..Entonces, con la Virgen de Cuapa, la Iglesia nos ordenará: “No pidan la paz, ¡HÁGANLA”.

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