En tres ocasiones, Nuestro Señor Jesús, realiza resurrecciones: una con un adulto (Lázaro de Betania), la otra con un joven (el hijo de la viuda del pueblo de Naím y la tercera con una niña.
Revelan una enseñanza estupenda
Lázaro de Betania, hermano de Martha y María, entrañables amigos de Jesús, cuando llega el Señor ya llevaba tres días de muerto y estaba enterrado. Su cuerpo presentaba los signos de la corrupción y el Señor ordena que abran el sepulcro, que quiten la piedra, y que le suelten las vendas, y a la voz de Jesús, que tiene autoridad, exclama: Levántate, camina, Lázaro vuelve a la vida.
Podemos ser como cadáveres caminando por las calles, si coexistimos con el pecado de manera habitual y consciente; y aunque podamos oler muy bien externamente, si abandonamos los mandamientos de Dios, evaporamos el tufo de perversidad, de intrigas y tinieblas.
Aquel joven, hijo de una viuda, lo llevan a su última morada. Se produce un encuentro dramático (Lucas 7,11-17): el cortejo de la muerte que viene acompañado con llanto y el dolor de la madre, pues su único hijo que representaba su ilusión ha muerto, se encuentra con el cortejo de la vida, con Jesús, que es el canto, la alegría, la esperanza, la resurrección y la misericordia.
La palabra de Jesús ordena: “Muchacho, a ti te lo digo, levántate”. Y él se incorporó y empezó a hablar, llenando de felicidad a su madre y de admiración a la muchedumbre.
Y la niña, hija de Jairo, aquel hombre que trabajaba para el imperio romano, y que suplicó con inmensa fe que una sola palabra de Jesús es suficiente para sanarla.
Al arribar a la casa de Jairo, Jesús se halla con el lamento de las plañideras. La niña acababa de morir. Pronuncia: talita kumi, que significa, levántate y camina. Y la pequeña resucita.
Muchos pueden pensar que en su corazón ha muerto la ilusión por construir y luchar por una sociedad fraterna y humana, como la quiere Jesús, o pueden creer que han fallecido los sueños de seguir trabajando, por un país en donde podamos vivir sin odios, con honradez, cumpliendo a cabalidad tanto las leyes divinas como las humanas, unas y otras manipuladas, muchas veces, para la propaganda y mancilladas por la codicia.
Estar vivo, no es ser “vivo” o hacerse el “vivo” como decimos popularmente los nicaragüenses, aprovechándonos de cualquier evento y de los estómagos vacíos, para cometer acciones inescrupulosas, al margen de toda moral y legalidad, creyendo que el fin justifica los medios.
Esa clase de viveza es despreciable, pues condena a los marginados a una vida de infierno en la tierra, pero a la luz de la fe, creemos que todos esos “vivianes” están ya muertos espiritualmente y su legado es y será de angustia y dolor.
Estamos a tiempo de recapacitar y aceptar la vida plena en Jesús para que Él nos levante de nuestros sepulcros, nos libre de nuestras ataduras y nos haga verdaderos discípulos suyos.
En cualquier etapa de nuestra vida, Jesucristo tiene el poder de resucitar todo aquello que considerábamos muerto: la disciplina, el trabajo digno, el orden, la honestidad, el cumplimiento y respeto de las leyes, la solidaridad. Con audacia y valentía en el Señor no prevalecerá la tiniebla sobre la luz.