Managua
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10.06.07
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Rosa Esmeralda Muñoz ()
Rosa Esmeralda Muñoz
La Catarina de ayer y el mágico tren de Los Pueblos
En una época no lejana, el tren pasaba bordeando la laguna de Apoyo. Desde esos acantilados se contemplaba el paisaje más luminoso de Nicaragua, las aguas de jade de aquella gran oquedad y a lo lejos el gran lago azul. De pronto todo quedaba a oscuras porque el convoy entraba a “un túnel negro, muy negro”
Por Mario Fulvio Espinoza
Fotos Cortesía/La Prensa
domingo@laprensa.com.ni
Tiempo de oro, amigo Sancho

Los habitantes de Catarina eran campesinos humildes y fraternos. Se conocían todos y todos participaban de las actividades cotidianas, explica doña Rosa.

“En algunas casitas mataban chancho los fines de semana y ya todos sabíamos donde ir a comprar carne, frito, chicharrones, nacatamales y cabeza de chancho. Además, el que mataba cerdo, ponía una banderita blanca en la puerta de su casa”.

Los rezos, los festejos y los entierros eran muy concurridos, aunque la gente casi no se moría. Vivían muchos años. Había mucha piedad cristiana, mucha compasión y mucha solidaridad con los pobres, los niños y los enfermos.

Creyente y feliz

En la apacible Catarina, los días pasan con suave sosiego y doña Rosa Esmeralda asegura que nunca está triste. “Tampoco estoy sola porque hago la voluntad del Señor, él me señala el camino y es el mejor marido que uno puede tener”

Hoy vamos a hablar -querido Sancho- de la Catarina de ayer. De aquel pueblecito florido, místico, apacible, que vive en la mente de doña Rosa Esmeralda Muñoz López y que la tarde de un día de la semana anterior, nos describiera con deleite y gratitud, pues según dice, son pocos los que se le acercan para hablar de tema tan querido.

Los recuerdos, querido amigo, son como una lechuga fresca y lozana que si no se riega, se va agrietando por todas partes. Cada grieta simboliza un olvido que al multiplicarse terminan secando la hoja.

Doña Rosa Esmeralda heredó de sus ancestros indígenas el don mágico de sumar vida a sus recuerdos “porque así la memoria permanece ágil, precisa y luminosa”.

Ella es una dama indígena morena, menuda, de cabellos entrecanos y cara angulosa en la que destacan sus ojos rasgados y tristes. Sin embargo, la alegría de su espíritu se refleja en sus labios, siempre prestos a una sonrisa que acompaña con gestos y ademanes sencillos, moderados.

CATALINA LA FRATERNA

La casita de doña Rosa Esmeralda es la expresión de su dueña, una mediagua de madera y tablas que parece buscar apoyo en el costado occidental de la cómoda casa vecina. Por las gradas de una acera alta, se penetra a la pequeña salita de escasos muebles de plástico, pero arreglada con orden y limpieza.

“Antes, cuando vivían mis abuelos, esta casa era más grande y tenía otra forma, aquí fui muy feliz al lado de mi madre y de mis cuatro hermanitos. Andábamos descalzos, yo no usé zapatos hasta ya grandecita”.

“Para encontrar agua abrían pozos en los patios y en invierno la recogían de la lluvia y la almacenaban en unas grandes pilas. Claro, estas cosas las tenían los pudientes”.

“Yo todavía alcancé a ir con mi madre a lavar nuestra ropa a la laguna. Ese bajadero quedaba por donde fue la estación, ahí había un camino que arruinaron los huracanes. En aquel tiempo era la senda que seguían las lavanderas y gente a caballo que regresaba con cántaros de agua”.

Catarina era un pueblo muy limpio porque los alcaldes tenían por costumbre citar a la gente para hacer jornadas de limpieza, era alegre participar en esas tareas, la solidaridad era el valor cívico de la comunidad, todos se ayudaban mutuamente, había mucha fraternidad.

SOBRE AQUEL CERRO AZUL

Doña Rosa Esmeralda cuenta a continuación que los masayas, cuando hacían viaje a este pueblito, decían que venían al “Cerro de Catarina” porque desde Masaya se divisa un cerro azul, chato, cubierto de nubes y bruma.

Sobre ese cerro se asienta este pueblo junto a otras aldeas pequeñas. Una se llamaba “San Juan de los Platos” porque desde aquel tiempo ahí se elaboraba toda clase de utensilios de barro. Más allá estaban otros poblados como Niquinohomo y los llamados Pueblo Blancos donde decían que había brujas y que salían ceguas y micas brujas.

“Aquí en Catarina -explica doña Rosa- las calles eran de tierra y de aspecto rústico. Ésta, donde vivo yo, sigue siendo la calle principal y la más regular. Por esta calle se sube a la iglesia, que quedaba sobre una colinita que hacía las veces de atrio, en ese sector habían árboles enormes y frondosos, a la sombra de ellos se estacionaban las carretas”.

“Las viviendas en su gran mayoría eran chozas de paja con paredes de caña de castilla, aunque ya existían algunas casas de tejas y paredes de taquezal que eran propiedad de los pudientes. Las de los pueblerinos medio pelo eran de techos de paja con paredes de tablas pintadas con cal. Por lo general las aceras de las casas eran altas para evitar que las grandes avenidas de la temporada lluviosa las inundaran. El centro del pueblo eran estas casas y las de unas cuatro manzanas cercanas”.

EL TREN Y LAS CARRETAS

¿Qué recuerdos han sido para usted los más imperecederos?

El recorrido del Ferrocarril de los Pueblos. Aquel chiqui, chiqui, chiqui, chaca, chiqui, chiqui, chiqui, chaca, que hacían las ruedas al rodar sobre los rieles, y ver desde los vagones de segunda la curva que hacía el convoy al bordear la laguna de Apoyo. Después, allá por Pacaya, el tren entraba en un túnel que dejaba en la oscuridad los vagones. Al salir, seguía de frente pasando entre casitas y solares adornados con plantitas de jalacates, dalias, banderas españolas, margaritas, primorosas, sandiegos, resedas y jazmines. Esos tramos del ferrocarril eran perfumados y gratos para los pasajeros. Lástima que toda esa magia que acompañaba al ferrocarril desapareció en tiempos de doña Violeta.

Otro recuerdo feliz era el arribo de los promesantes que durante la Semana de Cuaresma, viajaban en carreta hasta La Conquista. Pernoctaban en el patio que rodeaba la iglesia y los buenos cristianos de Catarina les asistíamos. Era bonito ver encendidos los candiles que traían y la manera que pasaban la noche, unos arriba y otros debajo de las carretas. Algunos traían sus guitarras y tocaban y cantaban bajo la noche estrellada, y yo, ahí metida, escuchando, viendo y jugando. Todo eso desaparecía como por encanto en las primeras horas de la madrugada, cuando los romeros continuaban su romería.

¿Viajó alguna vez en esas carretas?

No, nunca. Estaba muy chavalita y en ese tiempo mi abuelito no salía y por lo tanto tampoco mi mamá. Ya más grande fui a La Conquista en bus, pero ya no es lo mismo. La tradición de la romería en carretas ha continuado, pero ya no pernoctan en Catarina sino que pasan de viaje y ya no van por caminos sino sobre carretera.

¿Y de su familia qué me puede contar?

Yo nací aquí, el 11 de abril de 1931. Actualmente tengo 76 años. Mis padres fueron campesinos, mi madre se llamaba Paula Sánchez López y mi papá Diego Muñoz. Mi padre trabajaba en el campo, poquito a poco fue comprando su terreno donde sembró café, bananos y frutas. El café lo vendía en una hacienda llamada El Carmen que quedaba adelante de Niquinohomo. Recuerdo que de vez en cuando había bastante cosecha.

LA CASONA ENVEJECIÓ

“Mi madre no vivió todo el tiempo con mi padre, se separaron. No se entendieron. De manera que yo me crié al lado de ella y de mis abuelos, ella en esa casa hacía los oficios domésticos”.

“Logré ir a la escuela y aprobar el tercer grado porque esa era la oferta educativa que ofrecía Catarina: sólo tres grados. Pero esas maestras enseñaban bastante y con ellas aprendí cosas equivalentes a un sexto grado. Era lo único que aquí había, el padre que quería que sus hijos estudiaran más, los enviaba a Masaya pagando el costo. Yo no tuve ese privilegio, mi madre era muy pobre”.

¿Tuvo hermanos?

Sí, fuimos cinco, pero ahora sólo quedamos tres vivos. Dos varones y yo que soy la mayor. La verdad es que cuando tenía 18 años, contando con el permiso de mi madre, me fui para Managua y comencé a trabajar como doméstica. Así fui conociendo otra vida, me casé y tuve mi primer hijo y para seguir trabajando, lo dejaba en Catarina con mi mamá y regresaba a mi trabajo.

¿Cómo fue que quedó tan reducida su casita?

Esta era una hermosa casa propiedad de mis abuelos. Era alta y de tejas. Decían que tenía más de 150 años de haber sido construida. Cuando hicieron herencia, la casa se partió en dos, una parte le quedo a mi abuelita y la otra a su hermana. Mi abuelita se la heredó a mi madre y mi madre a su vez me la dejó a mí. La casona envejeció y se fue cayendo sola. Al fin, la última pared la botó el terremotillo que azotó hace pocos años las laderas de Apoyo.

LLOS 52 NIETOS

¿Cuántos hijos tuvo doña Rosa?

Yo tuve mi primer hijo a los 17 años como madre soltera. Después me establecí con otro que fue mi marido, con el que tuve catorce hijos, quince en total.

Me dijeron que usted tenía cuarenta nietos.

Tengo más. Llegamos a contar 52 nietos.

¿Y recuerda los nombres de todos esos nietos?

Pues sí, ahí le van… Alejandro, Léster, Leyla, Carlos Emilio, Luz Marina, Joel, Edgard…

Pare, pare… Es la de nunca acabar. ¿Y tataranietos?

Sólo uno, que va a nacer como en julio, según la cuenta que lleva la madre.

También me dijeron que trabaja donde una familia que la quiere mucho.

¡Ah, sí! Siempre he trabajado ahí en Managua con esa familia y ahí me he quedado. Al principio llegaba a planchar y ya me fui quedando. Después del terremoto murió mi marido y con más razón me acomodé con esa familia.

¿Y le toca ir de Catarina a Managua todos los días?

Hubo un tiempo en que me quedaba allá, pero cuando mi mamá estuvo muy enferma, me tenía que venir. Yo vivo tranquila aquí porque gracias a Dios tengo paz. Todos mis hijos nacieron de un modo normal, yo no padecí de nada. Bueno, siempre a la edad que tengo debo de tener algún problemita, que gripe o que algo, pero las medicinitas nunca me faltan y en Catarina soy muy feliz.

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