Una buena noticia, pero sólo durará unos días. Los chatarreros y los niños están aprovechando la destrucción de la fuente frente al INC. /LA PRENSA/D. NIVIA.
Niños jubilosos entre las piedras y la barbarie
Octavio Enríquez
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Destrucción de la fuente fue su oportunidad de empleo

Si le preguntan a Carlos Alberto Miranda, de 12 años, qué es una oficina, no tiene más que mirar a su alrededor: un enorme promontorio de cemento del que se apura a sacar los alambres de hierro que vende después para comer.

Casi al mediodía, cuando el sol sofoca más en esta Managua infernal, el niño carga un pequeño saco de nylon lleno de hierro. Viste camiseta verde y una gorra roja.

Está en los alrededores de la vieja catedral de Managua, rodeado de máquinas que apuran la destrucción de una fuente que lanzó durante un tiempo chorros con colores que se movían al ritmo de música nicaragüense.

Es el último escándalo del gobierno de Daniel Ortega que intenta recuperar la vieja plaza, donde el 20 de julio de 1979 entraron los sandinistas con sus huestes armadas tras el derrocamiento de Somoza.

“A mí, la noticia francamente me alegró”, dice Francisco López, otro de las más de 50 muchachos que pululan, entre tractores e ingenieros, buscando el hierro que venderán.

López dice que a veces llegan hasta 100 a esculcar entre estos famosos escombros. Ellos son los jubilosos de esta barbarie tan criticada.

Cuando les va bien, ganan entre 100 y 150 córdobas, pero con un trabajo que francamente es de bestias porque supone más de diez horas continuas que inician a las siete de la mañana.

DE BARRIOS CERCANOS

Algunos “buscahierros” son del barrio San Sebastián, otros del Rubén Darío, todos cercanos a la vieja catedral de Managua y al Palacio de Cultura, de donde salió la orden de la destrucción de la fuente.

Esa fuente tiene mucha historia. Un día la mandó a hacer el gobierno del liberal Arnoldo Alemán para borrar ese recuerdo de la revolución.

Y ahora este gobierno quiere volver las cosas a su sitio. Una presentadora de televisión de Canal 2 explicó la indignación de esta manera: “Es lo mismo que pasa siempre, el gobierno que llega intenta borrar lo que hizo el otro”.

En el parque más cercano a la destrucción, la noticia no cayó en gracia. Menos a los vendedores. José Cano es lustrador. Pelo blanco —tiene 70 años— lleva más de 20 trabajando en este lugar. Él es uno de los que se queja amargamente de la decisión del Gobierno.

“Aquí venía la gente a visitar la fuente día y noche. Ahora estamos llorando, ¿dónde vamos a ver otra fuente? No hay otra parte dónde divertirnos, vamos a buscar la alegría en La Chureca (el basurero municipal)”, dijo sin despegar la mirada de un par de zapatos a los que sacaba brillo.

“Mi nombre es Carlos Alberto Miranda Largaespada —repite el niño de 12— y me gano la vida así”. López lo repite. La criticada destrucción de la fuente fue una buena noticia para ellos.

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