Rosario Murillo, primera dama de la República, es tal vez el personaje más llamativo del sandinismo actual. Hasta hace poco era vista con gracia como la mujer extravagante, cuyos mensajes poético-esotéricos sonaban como eco tras el altisonante discurso del Frente Sandinista de Liberación Nacional.
Pero desde el 10 de enero las bromas se han vuelto críticas: Murillo se ha convertido en una superministra, una mujer con suficiente poder para tomar decisiones de Estado, despedir y nombrar funcionarios, manejar el protocolo oficial y dictar las políticas de comunicación del Gobierno. Además está a su cargo la administración de 90 millones de córdobas destinados a publicidad estatal.
“El título de primera dama me parece que no es el adecuado, y hasta ella misma lo rechaza por considerar que ese rol tradicional no es el que ella desempeña. Se encarga de aclarar las cosas que dice el Presidente, profundizar sobre las mismas, meter su propio discurso en el discurso del Presidente, acompañarlo en todas las actividades oficiales de manera beligerante”, dice Danilo Aguirre, director de El Nuevo Diario.
Es la segunda vez que Murillo ocupa el hasta hace unos meses protocolario cargo de primera dama. En la década de 1980, después del triunfo revolucionario que llevó a los sandinistas a un primer mandato, Murillo era una primera dama con más intereses en guiar la vida cultural del país, que en gozar de un mando absoluto. Pero ahora, esta mujer ha logrado reunir tanto poder que muchos afirman que ella manda más que el propio presidente Ortega.
“En la historia de Nicaragua nunca se había producido un fenómeno como el que hoy sucede con la señora Rosario Murillo. No conozco de una esposa ni compañera del Presidente de la República que ejerza una especie de copresidencia”, afirma Aguirre.
Apenas se sentó en la silla presidencial, el presidente Ortega dictó un decreto urgente en el que establecía la creación de varios consejos y secretarías que funcionarían paralelas a los ministerios e instituciones del Estado. La primera dama oficialmente coordina el Consejo de Comunicación y Ciudadanía, una superestructura que vigila toda la información del Ejecutivo. Nada entra ni sale del Gobierno sin que no pase por el visto bueno de Murillo.
La nota dominante en el Gabinete es el silencio. Desde los técnicos hasta los ministros, ningún funcionario tiene la libertad de dar información sin primero contar con el visto bueno del Consejo de Murillo. Quienes lo han hecho, terminaron fuera de sus cargos, como ocurrió con la ex directora del Instituto de Cultura, Margine Gutiérrez.
“Este esquema, aparte de burocrático e infuncional, está claramente diseñado para asegurar un control absoluto por parte del Ejecutivo, utilizando para este fin una especie de aparato paralelo (...) La actuación de esos consejos sólo puede verse como una camisa de fuerza partidaria, ajena al espíritu nacional que debe tener un gobierno democrático”, afirma la escritora Gioconda Belli, en una columna semanal publicada en un medio local.
Las principales críticas hacia el poder de la primera dama vienen de los miembros de la oposición, quienes afirman que Murillo no está constitucionalmente habilitada para ejercer el poder que tiene.
Ley 438 o Ley de Probidad de los Servidores Públicos en el artículo 11 establece que son inhábiles para el ejercicio de la función pública, el cónyuge o acompañante en unión de hecho estable, los parientes hasta el cuarto grado de consanguinidad y hasta el segundo de afinidad del servidor público que hace el nombramiento, en este caso el Presidente de la República.
El artículo 130 de la Constitución establece que en ninguno de los poderes del Estado y sus dependencias se podrán hacer nombramientos de personas que tengan parentesco cercano con la autoridad que hace el nombramiento.
Por su parte la Ley 290 establece que los consejos creados por el Poder Ejecutivo no pueden manejar partidas financieras y tampoco pueden tomar decisiones que le competen a los ministerios.
“Los consejos esos de comunicación están en el limbo constitucional, porque la Constitución no los contempla. Un decreto no puede crear instancias que estén por encima de ministerios. La denominación de estos consejos es de lo más estrambótico, no se sabe en realidad dónde están en el organigrama institucional ni qué desempeño oficial tienen”, explica Aguirre.
La diputada de la Alianza Liberal Nicaragüense (ALN), María Eugenia Sequeira, también se pronunció en contra de los poderes de la primera dama y dijo que la participación de Murillo en el Gobierno irrespeta las leyes del país.
“Está politizando, coartando libertad de prensa, haciendo un montón de cosas que no fortalecen la institucionalidad del país, el estado de derecho, la democracia”, afirma Sequeira.
Para la socióloga y escritora Sofía Montenegro, el estilo de gobernar de la administración actual es monárquico, y afirma que Murillo ve a los ciudadanos y funcionarios como “sus súbditos y sirvientes”. En declaraciones difundidas por el Informe Pastrán, Montenegro afirmó: “No nos engañemos, Rosario es la que administra en lo cotidiano el país y administra los nombramientos, ella sólo le pide el visto bueno a Daniel Ortega”.
Aguirre agrega: “A través del poder que la señora (Murillo) tiene, sí invade el poder de todas las demás instituciones. Aquí ya se hizo común de que se comente en cada nombramiento de institución cuánto favor o gracia, fobia o filia, está vinculada a la compañera del Presidente”.
¿Pero qué ha hecho que Murillo tenga tanto poder e influencia en el actual Gobierno? En un artículo publicado en la sección de Opinión de LA PRENSA, la periodista Cristiana Chamorro afirma, basada en un comunicado del Movimiento Autónomo de Mujeres, que “el poder de Murillo se origina en haber canjeado la integridad de su hija (Zoila América Narváez) por el dominio que ahora ostenta sobre Ortega, su partido y el Gobierno”.
En 1998 Narváez denunció a Ortega, su padrastro, de abusarla sexualmente desde niña, levantando una ola de críticas contra los líderes del sandinismo en el país y a nivel internacional.
Para Danilo Aguirre esa “complicidad con un delito de violación sexual” –como la califica Chamorro– no explica totalmente el poder que ostenta Murillo. Para él, el poder de la primera dama está relacionado a las debilidades que tiene el Presidente y que su esposa conoce bien, haciendo que el poder por el que tanto ha luchado Daniel Ortega en los últimos 16 años, lo comparta ampliamente con ella.
“Su poder es directamente proporcional a las debilidades del Presidente, y más que preguntarse de dónde saca todo ese poder doña Rosario, habría que preguntarse de dónde saca tantas debilidades del Presidente como para que él no ejerza totalmente la función por la que fue electo”.
En un mensaje transmitido el 7 de marzo, Murillo afirmó: “Las mujeres estamos volviendo a ejercer el poder, que por derecho propio nos corresponde”. Un poder que en su caso no tiene precedentes y que ha cambiado totalmente el rol que hasta ahora tenían las primeras damas. Está por verse hasta dónde puede llegar.