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El tren de 120 vagones que pasa todos los días por Aracataca, tendrá que hacerse a un lado para darle chance al tren de Macondo en el que llegará el premio Nobel. ()
Aracataca:el mundo mágico de Macondo
Mucho después Gabriel García Márquez “Gabito” volvería en tren al pueblo en el que pasó sus primeros ocho años de vida. Aunque Aracataca no es más la “aldea de 20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas” como describe a Macondo en Cien Años de Soledad, la gente de ese pueblito de Magdalena en Colombia, sigue pobre y extraviada en los vericuetos de la realidad y la ficción
Por Amalia Morales
Foto Amalia Morales
domingo@laprensa.com.ni

Quien sabe si en los 48 minutos que Gabriel García Márquez, Gabo, duró en Aracataca, la última vez que llegó en tren, habrá ido al río de piedras enormes como “huevos prehistóricos”, o si habrá escuchado los cantos vallenatos que le dedica a capella el viejo Efraín Rodríguez, o si habrá leído los cuentos de Rafael Villalobos, quien sueña con ser escritor como él, o si habrá removido recuerdos de infancia con don Alfredo Correa, el ebanista que vive en una de las esquinas del pueblo al pie de un palo de almendras; o si se habrá visto con el único pariente que le queda ahí, don Nicolás Arias.

¿Habrá pasado por el billar Casa E’ Tabla, donde alguna vez funcionó La Academia, uno de los tres burdeles que, según los cataqueros, pertenecieron al abuelo del Nobel, el coronel Nicolás Márquez? Quién sabe si habrá pasado por la calle de Los Turcos y se habrá fijado en que todavía está ahí la fachada del Cine Olimpia, y si habrá pesquisado los restos del “gallinero electrificado”, o si habrá sentido que detrás de ese “Gabito”, como le dicen miles, hay un desprecio soterrado de alguna gente que piensa que ha hecho muy poco por el pueblo que lo vio nacer.

Para enterarse de eso y más, hay que estar más de 48 minutos en Aracataca, y no ser Gabo, sino cualquier mortal curioso, uno más de esa hojarasca de extranjeros, que va detrás de los pasos de Macondo, el mundo imaginario que se encuentra y se pierde en Aracataca, el municipio del Magdalena, que está a una hora de Santa Marta, en el Caribe colombiano.

El bus para cerca de los rieles del tren, que hacia las dos de la tarde de un día cualquiera suelen ser dos brasas hirvientes que reverberan bajo el sol, pero en éste, un lunes —también cualquiera— los roza un viento fresco, una brisa que a los cinco minutos se transforma en un aguacero de proporciones diluvianas que lava a Aracataca entera y que interrumpe la vida por más de una hora.

Desde el balcón de El Porvenir, el único hotel que hay —también hay una pensión modesta que se llama Macondo— se alcanza a ver el camellón de los almendros embebido y la malla de la escuela Montessori, donde aprendió sus primeras letras el Nobel de la mano Rosa Elena Ferguson, su maestra y amor platónico de la infancia, que murió no hace mucho.

“Por fortuna, Macondo no es un lugar sino un estado de ánimo que le permite ver a uno lo que quiere ver, y verlo como quiere”. Esa frase de Gabo se lee por ahí en letras góticas, en alguna de las paredes que hay entre el camellón y la escuela, que ahora lleva el nombre del escritor.

Apenas escampa, suenan campanadas luctuosas de la iglesia San José de Aracataca. Las hojas de los árboles que pueblan el único parque del lugar se escurren en las cabezas de los cataqueros que presurosos y con gestos de angustia van a la misa de cuerpo presente del vecino que murió un día antes de calor. “Imagínese como es esto de caliente”, dice un lugareño.

A un costado de la iglesia queda la avenida Pedro Espejo, llamada así en honor al sacerdote que existió en Aracataca y que era conocido porque levitaba detrás del altar igual que el cura de Macondo. Detrás del templo se divisa la casa del telegrafista, que ahora tiene varias mariposas amarillas en la entrada.

En esa vieja casona, de forma rectangular que recuerda a las oficinas de una estación ferroviaria, trabajó el papá de Gabo, Gabriel Eligio García, quien cometió el pecado de enamorarse de la hija del coronel, Luisa Santiaga, con la cual viviría un idilio parecido al de Florentino Ariza y Fermina Daza, los protagonistas de El Amor en los Tiempos del Cólera, otra de las novelas cumbres del Nobel.

A sólo tres cuadras de la casa del telegrafista se encuentra la casa donde nació Gabo. Por estos días, en ese predio no hay mayor cosa que una fachada y, detrás, obreros pegando ladrillos y arquitectos dirigiendo la obra: una réplica exacta de la vivienda donde pasó sus primeros años el hombre más ilustre del municipio.

El gobierno colombiano ha previsto inaugurarla el próximo seis de marzo, día del cumpleaños de Gabo. Por ahora todas las fotografías, objetos y recuerdos de sus abuelos paternos y maternos, así como sus imágenes de niño, posan en la antigua casa del telegrafista. “Y después vamos a arreglar esta”, dice Rafael Darío Jiménez, director de la casa museo, refiriéndose al viejo edificio, en cuyo patio crecen unos matorrales.

Hasta hace 20 años Aracataca era todavía un pueblo en el que las pisadas quedaban grabadas en el polvo por los cuatro costados. No había ni una calle asfaltada. “Yo tenía nueve años cuando pavimentaron la primera calle de aquí”, dice Juan Guillermo Marín, de 29 años, hijo del dueño del comedor más popular, al que le gusta mostrar como un trofeo personal, una copia de la partida de bautizo de García Márquez.

“Esta es la original”, insiste Marín, quien se preparó como criminalista en Bogotá, pero no ha encontrado empleo en su pueblo. Y es que en Aracataca, un pueblo de 53,000 habitantes no hay muchas fuentes de empleo. Después de la fiebre del banano y de los tiempos de la United Fruit Company, parece que la vida económica se detuvo.

Aunque el pueblo siguió ensanchándose hacia el otro lado de los rieles del tren, por los lados del “gallinero electrificado”, el barrio donde vivían los gringos de la United y en dirección al río, que tras cada diluvio deja caseríos inundados aunque el alcalde lo oculte, la vida económica quedó suspendida hasta la época en que apareció como una panacea, el cultivo de la palma africana.

Pedro Sánchez, el alcalde de Aracataca, dice que ahora sólo quedan 100 hectáreas de banano y que hay 15,000 de palma africana, considerada por muchos un cultivo depredador del suelo y, además, un débil generador de empleo. De uno a dos trabajos directos por hectárea deja la palma. Sánchez reconoce que en el municipio, cuatro de cada 10 cataqueros están hoy sin trabajo.

El alcalde, que abandonará el cargo antes que finalice el año, aprovecha para contar que su plan de desarrollo del municipio, donde también se da la ganadería, es el turismo. Durante su mandato se ha empeñado en vender a Aracataca como un destino turístico, con el único atractivo de ser el pueblo que parió a un famoso Nobel. Por eso intentó cambiarle el nombre el año pasado. Quiso rebautizarlo como Aracataca de Macondo; sin embargo, su proyecto no tuvo eco entre los cataqueros, que mediante referendo, votaron por el no.

Anunciación Castro, una mujer de 72 años, que lava ropa en el río, dice que ella votó en contra. “¿Qué ha hecho Gabito por el pueblo? Nada, el no ha hecho nada, entonces el pueblo no puede llamarse así”, dice la mujer mientras friega la ropa en una de las piedras enormes.

A pesar del rechazo, Sánchez sigue empeñado en su idea, que poco a poco ha ido calando a los cataqueros. Tanto así, que ahora hay un hospedaje con el nombre de Macondo, lo mismo que una clínica y las oficinas de la empresa de electricidad. Y hasta hace poco circulaba por ahí un arroz de marca Macondo. Por su parte, el edil ha puesto nombres y palabras alusivas al Nobel a edificios públicos. La biblioteca se llama Remedios La Bella; la escuela, Gabriel García Márquez, y el hospital que inaugurarán en julio, Luisa Santiaga.

El único pariente de Gabo que vive en Aracataca es don Nicolás Arias, hijo de Rafael Arias, uno de los 11 hijos ilegítimos del coronel Nicolás Márquez, el abuelo de Gabo, quien fue tan prolífico como el coronel Aureliano Buendía.

Y de la misma forma que Úrsula Iguarán, recibió a los 17 hijos de Aureliano, la abuela de Gabo, Tranquilina Iguarán recibía a los hijos que fecundó por fuera el marido. “Ellos llegaban y ella les daba de comer, pero nunca llevaban el apellido del papá sino el de la mamá”, dice Rubiela Reyes, la guía de la casa museo del Nobel.

Don Nicolás, de 71 años, vive en uno de los barrios más pobres del pueblo y tiene la peculiar forma de encanecer del famoso primo. Primero se les blanquea la cabeza y por último esas cejas tupidas que sirven de alero al ceño fruncido de los Márquez.

Contrario a su primo, Nicolás nunca ha sido un hombre de letras. “En mi juventud me dediqué a varios oficios: fui chofer, celador, operador de máquinas agrícolas en las bananeras”, dice este hombre que se crió en la guajira, territorio indígena, y que ahora vive sus últimos días en Aracataca al lado de su esposa, con la que procreó cuatro hijos, y la que atiende una pulpería que les ayuda a su sobrevivir.

Nicolás Arias dice que ha leído muy poco a su primo. “Me gusta el de las putas, pero no he terminado de leer Cien Años de Soledad”, confiesa este hombre moreno, que sin quererlo se ha convertido en el representante oficial del primo en su pueblo. “Para la fiesta del cumpleaños yo fui a partir la torta y para todos los actos que se hacen me invitan; como soy el único pariente de él aquí”, dice y confiesa que en su vida ha visto al primo no más de tres veces.

De niño quien jugó con él, cuando todavía era “Gabito”, como se quedó para siempre entre los cataqueros, es Alfredo Correa, quien junto a su hermano mayor Luis, fueron amigos inseparables del nieto mimado del coronel Márquez.

Don Alfredo, un señor setentón de huesos largos y mirada de abuelo, recuerda que cuando eran niños a “Gabito le gustaba jugar bolitas de uña”, un juego de chibolas que existía en la zona. Y él cree que desde pequeño había rasgos en él que dejaban adivinar el personaje que llegaría a ser.

“Se diferenciaba en que era más formal, más sedentario y tranquilo, porque se había criado con sus abuelos”, dice Gómez y recuerda que su “doña Tranquilina hacía unos dulces deliciosos de guayaba y leche”. Los recuerdos de este hombre fluyen debajo de un frondoso árbol de almendro, adonde se sienta a descansar después de trabajar en ebanistería, oficio al que se dedicó toda la vida.

Los 120 vagones del tren, que menciona Gabo en su novela, no han dejado de pasar por Aracataca. La noche entra refrescando, y a lo lejos se escuchan el estruendo de los carros ferroviarios deslizándose con carbón hacia el puerto de Santa Marta.

El parque que hacia las dos de la tarde, parece el atrio de un pueblo fantasma, poco a poco se anima. Como almas en pena, los cataqueros se van adueñando de los estaderos, como les dicen a los bares, y de los billares, el deporte rey, junto al dominó de los lugareños.

Uno de los estaderos más concurridos es el que conserva la fachada del teatro Olimpia y que está sobre la calle de Los Turcos, antes de llegar al puente de los varados, referentes también de la novela. A Rafael Darío, que le gusta hacer comparaciones entre la novela y el pueblo, dice que el Olimpia lo fundó Antonio Daconte, un italiano que en la novela es Pietro Crespi, el extranjero de maneras suaves que llevó los juguetes de cuerda a Macondo y encantó a Rebeca y a Amaranta Buendía.

Al final de esa calle, antes de llegar a las líneas ferroviarias, se encuentra Casa E’ Tabla, un billar de 12 puertas, asientos de cuero y techo de zinc, donde alguna vez funcionó un prostíbulo muy popular conocido como La Academia y que, según los cataqueros, fue uno de los tres burdeles que tuvo el coronel Márquez.

Igual que los billares, en Aracataca después de las seis de la tarde proliferan las mesas de dominó instaladas en las aceras de las casas y las ruletas artesanales, que se colocan en los alrededores del parque.

A Efraín Rodríguez, de 63 años, siempre se le encuentra en la ruleta de la esquina al lado del billar, espantando su soledad junto a otros lugareños. Por esa esquina pasan todas las historias del pueblo.

Rodríguez, cuenta que es compositor y que ha escrito por lo menos media docena de vallenatos en honor al hijo dilecto de Aracataca y no tiene reparo en cantar un fragmento a capella.

“Él es nuestro gran escritor, pero no es el único”, dice este hombre de piel curtida y cabello blanco, que parece un músico de los Buena Vista Social Club. Rodríguez, además de cantor, hace cuentos para niños y está escribiendo una novela. “Aquí somos un grupo que nos gusta escribir”, dice y acto seguido frena de un grito a un adolescente que va en bicicleta. “Él también escribe y tiene madera este muchacho”, dice refiriéndose a Rafael Villalobos, un muchacho de 16 años, quizá uno de los pocos cataqueros, que ha leído a fondo a Gabo y como Rafael Darío, compara a Macondo con Aracataca. “Algún día quisiera ser escritor, me gustaría ser grande como él, pero con mi propio sello”, dice mientras vuelve a su bicicleta, pedalea con velocidad y se pierde en la noche negra de Macondo, perdón de Aracataca.

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