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A mi padre Mecidos por los vados revueltos de las edades, guarecidos bajo sus capotes de luna amarillenta, los Molina han sobrevivido a las llenas más anchurosas de los mayales del invierno. Su galope viene de lejos, montados sobre un pasado que no desmiente el caballo criollo que desmorona las piedras. Finqueros silenciosos de una parcela del tiempo: la eternidad es dichosa alquería que se recorre río abajo río arriba que se trabaja con la lentitud del viento rodando en raudos soplos a través de los jicarales cenicientos del verano, hacendados de paciencia de tanto mirar la luna enrojecerse en la inmensidad anual de las quemas. Los Molina —dice la gente— poseen fortuna pero nadie ha visto esos cofres de sueño, de ellos sólo puede decirse que poseen: un zaguán iluminado por un destello de zurrones de naranjas una casona con pichingas llenando la madrugada y una mujer dormida junto a un candil apagado. Los Molina están cercando la finca de mi memoria: los veo apearse del caballo a la hora de la zanatada cuando en mi exilio ya no tengo quien me traiga de Chontales la llanería verde que tuvieron mis ojos detrás de aquellas mis antepasadas lomas.
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