El próximo 19 de julio los danielistas celebrarán en la antigua plaza de sus nostalgias. “La Plaza de la Revolución” será de nuevo una mancha de asfalto de poco más de una manzana de extensión. La fuente luminosa y danzarina que había instalado allí el arquitecto Lorenzo Guerrero durante el “reino” de Arnoldo Alemán, fue destruida a inicios de esta semana por una orden fulminante de doña Rosario Murillo, a quien no le gusta que le llamen Primera Dama, y de hecho le vendría mejor el título de “co-presidente”.
Pero ese acto, descrito apropiadamente como barbarie y salvajismo, por desagradable que sea, no pasa de ser un símbolo.
Sin embargo, la nostalgia de este nuevo gobierno no es simbólica solamente. Ellos también añoran los órganos de represión con los que podían controlar a la mayoría que estaba descontenta.
Es por eso que desde el primer día están gestando los llamados Consejos del Poder Ciudadano. Nadie los menciona mucho, pero para mí, si ellos logran consolidarlos —y dicen que para el 19 de julio los tendrán organizados en todo el país —; y a la vez logran concretar su plan de obtener millones de dólares del acuerdo venezolano, su estrategia para permanecer en el poder hasta el fin de los días estará completada en más de un 50 por ciento.
Estos Consejos serán más que los Comités de Defensa Sandinista, más poderosos y su única jefa será doña Rosario Murillo. Para organizarlos y movilizarlos sobrará el dinero venezolano.
El caldo de cultivo de odio y revanchismo ya está siendo alimentado. Lejos quedaron las proclamas y canciones de paz y reconciliación. Ahora ofrecen cárcel, confiscación, y hasta le desean la muerte a sus adversarios, como acaba de hacer el padre Miguel D’Escoto ayer en la mañana en el canal oficial del partido.
Hace pocas semanas, un decreto presidencial lo nombró “asesor en temas internacionales”, sacando así al sempiterno canciller del sandinismo de la vida de ermitaño en la que se había recluido desde la derrota electoral de su partido en 1990.
Sin embargo, el odio y el resentimiento del religioso se mantienen frescos. Como el primer día. “Si en Nicaragua existiera la pena de muerte, todos esos de LA PRENSA ya se hubieran ido al otro mundo hace mucho tiempo”, dijo ayer el sacerdote. Llama la atención que no habla de Infierno ni de Cielo, sino “del otro mundo”. ¿Todavía rezará el padre D’Escoto? Si aún lo hace, debería confesarse por esos sentimientos poco piadosos. Tal vez el cardenal Obando le recibe la confesión.
En fin, rápidamente todo está volviendo a los años 80, y cuando los Consejos del Poder Ciudadano de doña Rosario estén listos este 19 de julio, podrían en cuestión de semanas o meses usarlos como fuerza de choque, no sólo contra lo que ellos ahora llaman “oligarcas”, sino contra cualquiera que se atreva a disentir. Hasta un ministro, un diputado o un alcalde.
Este plan obviamente no es nuevo, es el plan de siempre del presidente Daniel Ortega y doña Rosario. Es el plan de los años 60, y el de 1979.
Ahora viejos, cansados, errático en el caso de Ortega, intolerante en el caso de ella, han regresado para vivir su sueño autoritario. Y lo construyen a pasos agigantados.