El presidente venezolano Hugo Chávez es una especie de ametralladora lanzando ideas (y también insultos). Algunas son medias locas; pero no todas. Las hay que tienen cierto sentido, por lo menos en lo que hace a los propósitos, aspiraciones y grandes sueños del comandante bolivariano.
La última de estas grandes ideas, que va mucho más allá, por ejemplo, que aquella de cambiarle la pisada al caballo del escudo, es la de la formación de la Federación de Repúblicas de la Alternativa Bolivariana de las Américas (Alba). Sus primeros miembros serían Venezuela, Cuba, Nicaragua y Bolivia.
Se dice que la idea tiene fines ocultos: es la fórmula que han encontrado Chávez y sus asesores para poder meter mano en Cuba cuando desaparezca Fidel y nada mejor que establecer el mecanismo con la bendición del propio patriarca, ahora que su salud ha mejorado.
Hay quienes piensan que no pasa de eso: de una idea más y sin futuro, entre las tantas con que Chávez rellena sus discursos. Puede que sí, puede que no. A esta altura no parece ser buen negocio comprarlo por tonto. Además no es lo mismo un tonto con dinero que un tonto sin dinero. Y Chávez tiene mucho y lo hace valer.
El Presidente venezolano acaba de conseguir que los países del hemisferio, con el cuento de la no intervención, no se expidieran en la OEA sobre el cierre de Radio Caracas Televisión (RCTV), haciéndose de la vista gorda frente a una de las más flagrantes violaciones a la libertad de expresión y a una de las mayores transgresiones a la tan mentada como ignorada Carta Democrática Interamericana.
Es gracioso, porque esos mismos países que hablan de no intervención casi continuamente condenan el “embargo a Cuba”, al que llaman bloqueo, metiéndose en los asuntos internos y cuestionando las decisiones soberanas de un país.
Pero no hay que buscar muchos argumentos para deplorar la conducta de los países que directa o indirectamente defendieron la decisión de Chávez: de acuerdo con su tesitura violar los derechos humanos está dentro de las potestades de cada gobierno.
Chávez, como era de esperar, consideró a voz en cuello que lo que ocurrió en la Asamblea de la OEA realizada en Panamá significó una “derrota para el imperio”.
Cada uno lo interpreta como quiere o como le conviene, pero lo que ninguno puede negar es que lo que pasó o no pasó en la OEA, configura una gran derrota para la propia organización.
No es una novedad que ya la OEA es poco más que un sello y que sus miembros parecen estar empeñados en desacreditarla todas las veces que es posible.
A lo que sí no tienen derecho es a seguir invocando, cuando les viene bien, a la tan mentada Carta Democrática , la que establece como propósitos de la OEA promover y consolidar la democracia representativa.
Si efectivamente quisieran hacerlo deberían leer el art. 3 del Capítulo I de la carta que dice: “Son elementos esenciales de la democracia representativa, entre otros, el respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales; el acceso al poder y su ejercicio con sujeción al Estado de derecho; la celebración de elecciones periódicas, libres, justas y basadas en el sufragio universal y secreto como expresión de la soberanía del pueblo; el régimen plural de partidos y organizaciones políticas y la separación e independencia de los poderes públicos”.
Es verdad, sí, que cada vez son más los países que no pasarían el examen del artículo 3ro., pero en el caso de Venezuela podrían haber apelado al 4to. Este establece ya en el comienzo, que “son componentes fundamentales del ejercicio de la democracia la transparencia de las actividades gubernamentales, la probidad, la responsabilidad de los gobiernos en la gestión pública, el respeto por los derechos sociales y la libertad de expresión y de prensa…”
Y eso precisamente es lo que acaba de violar Chávez, y lo que se ha ignorado en la asamblea de Panamá, en una nueva genuflexión de la organización interamericana.
Periodista uruguayo