Agresiones
Dos cruzrojistas fueron agredidos a tubazos y golpes de puño, una noche de éstas, en un barrio de Managua, mientras intentaban socorrer a un borracho accidentado. En Tipitapa, casi para esos mismos días, el periodista Jorge Loáisiga fue atacado por una turba furiosa mientras investigaba un caso de aparente corrupción. En ambos momentos, los agredidos cumplían su trabajo, que tiene que ver no sólo con el derecho a trabajar que todos los ciudadanos tenemos, sino también y principalmente, con el derecho que tiene la sociedad a recibir atención de primeros auxilios cuando se accidenta, como es el primer caso, o a estar informado, como es el segundo. Lo que quiero decir es que, hechos como éstos no sólo terminan lesionando a par de individuos. La sociedad queda lesionada. El precedente es gravísimo. ¿Qué sociedad seríamos si Chico de los Palotes de repente siente que se puede agredir, por diversión o enojo, a los socorristas y periodistas y nada pasa? ¿Quién iría después? ¿Bomberos? ¿Médicos? ¿Maestros? Una sociedad enferma. Suicida.
Fondo hostil
Es posible que el Frente Sandinista, como partido, o Daniel Ortega, como Gobierno, no hayan tenido nada que ver en la agresión al periodista Jorge Loáisiga. Al menos no directamente. Pero, es muy difícil creer que nada tuvo que ver en este hecho el discurso hostil, agresivo contra el periodismo que ha estado sonado de fondo desde que Daniel Ortega ganó las elecciones. Perdón, desde un día después que Daniel Ortega ganó las elecciones, porque si se acuerdan, en la celebración sandinista de Metrocentro, Ortega habló de tolerancia y respeto a los medios de comunicación. Poco después todo cambió.
De Ortega a Chávez
¿Por qué ha cambiado tanto Daniel Ortega? ¿Se acuerdan de aquellos discursos de reconciliación, aquellos acuerdos que firmó con la empresa privada, la tolerancia a la crítica que prometió? Yo tengo una tesis: le hace mal juntarse con Hugo Chávez. Tómense el trabajo de revisar las veces que Daniel Ortega se ha reunido con Chávez y verán cómo el hombre se transformó en cada una de ellas. Es un proceso enfermizo de imitación que lo llevó a hablar como si fuera el propio Chávez en Venezuela hace unos días. Hasta en los círculos “bolivarianos” su discurso ha sido calificado de “torpe”. “¿Cómo se le ocurre atacar a la oposición venezolana. Que le deje eso a Chávez”, me dijo uno de ellos en confianza.
Polvorín
Tanto se envalentonó Ortega ahora en Venezuela que hasta aseguró que RCTV no sólo merecía que la cerraran, sino que la confiscaran. No dejan de preocupar esas declaraciones, porque aunque sólo sean fanfarronadas al calor de esa cercanía perniciosa con Chávez, en uno de esos arrebatos puede poner al país otra vez en pie de guerra. Es que en medio de la soberbia que da el poder se le puede olvidar que aquí en Nicaragua, ni siquiera puede cerrar un medio como hizo Chávez en Venezuela. Mucho menos confiscarlo. Y que si algún día, a algún presidente se le ocurriera hacerlo, va a durar menos en esa silla que lo que duró Urcuyo Maliaños con la banda presidencial. Ese es el punto. Nicaragua no es Venezuela. Somos tolerantes, pero hay una gota que derrama el vaso. Así pasó con Somoza. Así pasó con el gobierno sandinista. Dos gobiernos que tenían “algo” más que el 38 por ciento de los votos como respaldo de su permanencia en el poder. Y aún así cayeron.
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