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El deshielo de los glaciares: ¿un tema candente?
Francisco Javier Gutiérrez
El autor es ecólogo

Este 5 de junio la fiesta verde para celebrar el día Mundial del Ambiente se vistió con el traje más blanco de todos, el de la nieve, en la ciudad de Tromso, Noruega. En su porfiado esfuerzo por despertar la conciencia del mundo sobre el desastre planetario la ONU escogió como tema ambiental del 2007 el hielo o mejor dicho el deshielo del planeta. Ya nadie se acuerda que hace un año el objeto de la celebración fue precisamente todo lo contrario: los desiertos de la tierra.

Los lugares congelados del globo se derriten tan rápido como un raspado en pleno sol de Semana Santa. Los científicos han calculado que últimamente a la tierra le subió la temperatura casi un grado ºC y a partir de los noventa el mundo registró los once años más calientes desde su creación. Al decir de los humoristas, durante el 2005, cuando ocurrió el registro más caliente de todos, Satanás en persona durmió todo el año maldiciendo y sin cobija por el calor en la alcoba principal de su candente infierno.

Los glaciares del mundo registran pérdidas muy importantes a un ritmo caótico. En Europa, por ejemplo, los glaciares presentan pérdidas en su área y volumen hasta por una tercera parte de sus dimensiones naturales. La situación es más o menos la misma para el Ártico, el Antártico, los casquetes polares y los picos nevados en todo el mundo. Aumenta el calentamiento global y con él también el hambre y la pobreza mundiales. Los especialistas tienen ya poderosas razones para creer que los desastres naturales son cada vez más desastrosos y al mismo tiempo menos naturales.

El Polo Norte, por ejemplo, no sólo es el albergue de los osos polares, hoy en serio peligro de sobrevivencia. Las regiones congeladas del mundo mantienen los procesos vinculados a la atmósfera, regulan el clima global, las corrientes marinas, la circulación del aire y un largo etcétera que nos lleva a los propios cimientos de la vida misma, cualquier cambio en el medio polar producirá transformaciones no deseables en cualquier parte del planeta y en su biodiversidad.

En el ambiente como en la paz del mundo, Naciones Unidas sigue perdiendo los partidos con altos marcadores en contra en un juego donde el poder de los países ricos impone las reglas. Las potencias mundiales que conforman el G-8 con boleto VIP para la celebración ecológica son los mismos que despilfarran el 80 por ciento de los recursos del planeta, los mismos que mantienen condenadas a una pobreza eterna a tres cuartas partes de la población mundial que sobreviven milagrosamente en esa fosa común conocida como tercer mundo.

Las grandes corporaciones electroquímicas, petroleras, industriales y financieras han incrementado al doble el consumo global de madera, acero, carne y energía desde 1950; han explotado y arrasado, por ejemplo, los recursos forestales, mineros, pesqueros y agropecuarios de toda la región de América Latina, donde la mayoría de su población no sólo podría con sus propias riquezas naturales satisfacer sus necesidades básicas, sino también alcanzar sus condiciones óptimas de vida.

Por sus intereses mezquinos los países industrializados envenenan el planeta, generan la mayoría de los gases tóxicos y desechos radioactivos que dañan severamente el ambiente y ponen en riesgo la vida en general. Siendo parte importante del problema muchas veces se niegan a formar parte de la solución, como Pinocho a todos les crece la nariz una vez que se refieren al tema ambiental, algunos notables del grupo como Estados Unidos y Australia se rehúsan a acatar las medidas del Protocolo de Kyoto, un paquete específico de normas para proteger la atmósfera.

Las proyecciones científicas del deshielo nos dejan paradójicamente helados. A este ritmo el mundo se calentaría en los próximos 50 años de uno a cinco grados °C. Las alteraciones en el nivel de los mares, en el ciclo de las lluvias y el clima en general, resultarían fatales para las regiones ya en franco deterioro ecológico. Pondrían, como en una novela de Kafka, en peligro la “seguridad alimentaria” de millones de personas, como si los millones que ahora mueren de hambre fueran producto de la imaginación.

Sin embargo, los buenos ejemplos existen en miles de proyectos comunitarios alrededor del mundo, lejos de las tecnocracias ambientales, sus conexiones sospechosas y su retórica inútil, los pueblos van sacando a la ecología de su esquina neutral y comprometiéndola con un destino mejor para todos, juntos podemos lograr que la agonía del planeta deje de ser simplemente una inconveniente verdad.

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