No le faltan críticos al acuerdo bipartidista sobre inmigración que está siendo debatido en el Senado. Por mi parte, me rehúso a unirme a quienes no muestran un mínimo ánimo conciliatorio. Incluso con sus fallas, el acuerdo es un paso encomiable hacia una reforma migratoria.
Aún así, mientras el Congreso trabaja en reformar la inmigración con el futuro de la economía en mente, sería útil que los congresistas consideraran el diverso impacto económico de los inmigrantes que no sólo hacen trabajos que ningún estadounidense quiere hacer, sino que crean empresas que los estadounidenses no crean.
Tal como está ahora, la propuesta del Senado desplazaría en el futuro la inmigración que promueve la reunificación familiar, con una inmigración que favorecería a los mejor educados y calificados. Atraería a los “más brillantes” del mundo, pero otorgaría a los trabajadores menos preparados y calificados una estadía temporal, sin oportunidad de establecerse en Estados Unidos.
Los inmigrantes más idóneos han tenido, sin duda, un impacto substancial en la creación de empresas. Un estudio de la Universidad Duke halló a principios de este año que una de cada cuatro empresas de ingeniería y tecnología inauguradas en Estados Unidos entre 1995 y 2005 fue fundada por un inmigrante.
No obstante, como usted se imaginará, el espíritu empresarial no conoce límites educacionales, ni demográficos. De hecho, los inmigrantes tienen una tasa de generación de empresas superior a la de aquellos nacidos en este país. En 2005, según la Fundación Ewing Marion Kauffman, aproximadamente 350 de cada 100,000 inmigrantes empezaron un negocio cada mes, comparados con 280 de cada 100,000 personas nacidas en este país. Cada año desde el 2000, la actividad empresarial entre hispanos ha sido la más alta comparada con otros grupos étnicos.
El Centro para un Futuro Urbano (CUF, según siglas en inglés) con sede en Nueva York emitió un estudio a principios de año que asegura que “la mayoría de los negocios iniciados por inmigrantes en Nueva York son pequeñas tiendas o restaurantes de familia”. En el vecindario Jackson Heights de Queens, donde más de la mitad de la población inmigrante proviene de América Latina, el número de nuevos negocios sobrepasó el promedio de toda la ciudad de Nueva York por más de un cuatro por ciento, mientras que el crecimiento en número de empleos fue cuatro veces superior. Jackson Heights y otros vecindarios de inmigrantes “incluso añadieron empleos en los dos años posteriores al (los ataques del) 11 de septiembre”, según CUF.
La realidad es que los inmigrantes son “innovadores… que abarcan todo tipo de antecedentes, profesiones, clases sociales y preparación”, según Audrey Singer, demógrafa de la Brookings Institution. Limitar la inmigración a Estados Unidos a sólo aquellos mejor educados podría dejar por fuera una fuente importante de inversionistas e innovadores que generan empleo, revitalizan vecindarios e incluso ayudan a las ciudades a recuperar ingresos que se han ido a los suburbios. Tal como lo dijo el Director de CUF, Jonathan Bowles, ahora que grandes corporaciones están recortando empleos y subcontratando en otros países, “necesitamos identificar nuevas fuentes de crecimiento”.
Desde el 2000, el club de inversiones Nuevos Horizontes ha transformado las modestas contribuciones de sus miembros en ganancias substanciales. Fundado por una decena de inmigrantes hondureños en Nueva York, la mayoría de ellos sin siquiera una cuenta de ahorros, ahora tiene una cartera valorada en casi un cuarto de millón de dólares.
Una de las inversiones de Nuevos Horizontes —la compra de un pequeño edificio de apartamentos en el Bronx — resultó siendo parte de un fenómeno más amplio en el condado. Rose A. Zitiello, copresidente de la Alianza de Inmigrantes y Minorías del Noreste de Ohio, señala que el Bronx fue “revitalizado, no por la inversión de grandes cadenas comerciales o atractivos innovadores de alta tecnología, sino debido a que la capacidad emprendedora de nuevos inmigrantes y minorías revivieron tiendas abandonadas, mejoraron la seguridad en el vecindario, atrajeron el flujo de más inmigrantes y minorías y ayudaron a renovar las viviendas”.
Zitiello ha estado siguiendo de cerca el desarrollo del Bronx debido a que cree que puede servir de modelo para combatir la despoblación de Cleveland —la pérdida de 10,000 residentes al año—. Pero Zitiello, quien trabaja para el Departamento de Desarrollo Comunitario de la Ciudad de Cleveland, se encuentra entre los pocos funcionarios municipales que relacionan por estos días el crecimiento con la inmigración.
De hecho, destaca CUF, “en la mayoría de casos, los negocios de inmigrantes ni siquiera figuran en la agenda de trabajo de funcionarios encargados de desarrollo económico local”, de cámaras locales de comercio o de organizaciones comunitarias para el desarrollo económico.
Como piezas de un engranaje, la propuesta del Senado buscaría instalar a las mejores en la maquinaria de la economía estadounidense. Parecería justo también que los gobiernos, tanto a nivel local como federal, tomaran nota de las contribuciones de los inmigrantes no sólo en la medida que encajan en las necesidades de las empresas, sino por el impacto que su propia iniciativa empresarial ha tenido y tendrá en particular hacia el futuro en la economía estadounidense.