La reducción en más de un cincuenta por ciento de la cosecha de café durante este año, anunciada por informaciones periodísticas, no sólo afectará fuertemente al productor sino a toda la economía del país, pues el café es uno de los mayores rubros de exportación. Eso es lo que me motiva a relatar algunas anécdotas y experiencias vividas como parte de ese gremio.
He sido y soy cafetalero. Conozco y comparto todos los problemas económicos que padecemos la mayoría de los dueños de fincas de café, como las dificultades para cancelar la habilitación dejando algunas veces cuotas sin pagar, lo cual aumenta los saldos insolutos y pone en peligro la posesión de la misma. Desafortunadamente este problema no es sólo de los cafetaleros, sino de casi todos los agricultores en sus diferentes rubros, lo cual considero una injusticia pues quienes verdaderamente enriquecen al país son los que hacen producir la tierra y no los que importan un artículo y lo venden con ganancia.
En algunos países el agricultor es subsidiado para que siembre. Recuerdo de cuando era joven, los apuros económicos de mi padre para pagar sus deudas, las cuales se iban aumentando. Eso fue por los años treinta. Dichosamente el Presidente de esa época, doctor Juan Bautista Sacasa, trajo a Nicaragua al doctor José Vicente Vita, un genio económico de gran visión para que manejara el Banco Nacional. Lo primero que hizo fue fundar el Banco Hipotecario para otorgar préstamos a los agricultores a largo plazo e intereses bajos y así lograr pagar las hipotecas vencidas. Eso favoreció a muchos propietarios que estábamos en difícil situación económica.
A pesar de todos esos problemas mi padre me decía: “Gabriel procura conservar la hacienda”. Ahora sé que ese trabajo de verdad conlleva muchas dificultades, hay algunos años positivos con buen precio y buena cosecha, los cuales hay que aprovecharlos invirtiendo sus ganancias en otros negocios. Eso sí, no recomiendo comprar la tierra del vecino, lo que es muy frecuente hacer.
Mi padre también decía que ser dueño de una tierra conlleva cierto estatus de seguridad y las fincas de café casi siempre están situadas en lugares privilegiados, buen clima y linda vista, como el Mombacho de Granada, cuyo futuro ahora es turístico más que agrícola, porque algunos vecinos ya las están lotificando y construyendo repartos con buen éxito. Igual futuro tienen los cafetaleros del Norte, Carazo, las Sierras de Managua y otras zonas del país.
Cuando mi padre murió yo estaba recién graduado de abogado y veía a mis colegas con éxito en su profesión, prestando dinero y cartulando; y ante ese panorama, olvidando el consejo de mi progenitor pensé que lo más práctico era vender la hacienda La Luz ubicada en el cerro Mombacho y ese dinero hacerlo producir más como abogado.
Gracias al Señor la oferta de compra fue tan pequeña que a duras penas cancelaba las deudas pendientes, por lo que opté por no venderla. Al poco tiempo sucedió algo que creo nunca había pasado y difícilmente volverá a suceder. El café subió de precio arriba de 300 dólares el quintal, una cifra fabulosa, agregado el valor que en esa época tenía el dólar.
Recuerdo que entonces para comprar un carro, sólo se necesitaba vender de 10 a 15 quintales, mientras que hoy hay que vender de 300 a 500 quintales. En Granada se hacía un chiste de un cafetalero que llegó al Club Social, pidió una botella de whisky y cuando la terminó llamó al mesero para pagarla; se metió la mano en el bolsillo, sacó tres granos de café y le dijo, págate la botella y toma el vuelto.
¿Volverán las oscuras golondrinas algún día sus nidos a colgar? Roguemos al Señor para que vuelvan.