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Dos trabajadores nicaragüenses dejan un campo de melones al final de su jornada en Santa Cruz. Directivos de la Cámara de la Agricultura reconocen que sin la mano de obra nica no podrían recoger las cosechas en Costa Rica. ( LA PRENSA/K. GILBERT/AP )
Nicas sostienen la agricultura tica
Los migrantes nicaragüenses envían US$42 millones anuales, trabajando en condiciones de explotación
Marianela Jiménez
LA GUÁCIMA DE ALAJUELA, COSTA RICA/ AP
Cifras de la mano de obra foránea

El jefe de Migraciones Laborales en el Ministerio de Trabajo tico, Johnny Ruiz, estimó en 140,000 las personas extranjeras que llegan al país para dedicarse a labores agrícolas, casi la tercera parte de ellos en la recolección del café.

Las cifras aumentan con unos 35,000 empleados en obras de construcción, así como cerca de 65,000 mujeres nicaragüenses contratadas como empleadas domésticas, de las 100,000 que ese Ministerio ha registrado en todo el país.

Un deseo

“Dios quisiera que (Daniel) Ortega componga el país... si la cosa mejora me decidiría a quedarme allá, sería mejor estar allá”, aseguró el cortador Mauricio Andino, mientras recogía su machete para reanudar el corte de caña.

Mauricio Andino viaja desde hace 14 años desde Nicaragua para trabajar en la zafra en Costa Rica, donde la falta de mano de obra hace indispensables a los vecinos del norte.

La búsqueda de un futuro mejor empuja a miles de nicaragüenses a dejar su patria para recolectar café, cortar caña, sembrar melones, emplearse en construcción o como domésticas, en el caso de las mujeres. Sin ellas, muchos niños no tendrían quién los cuide y muchas familias no encontrarían la cena lista al regresar a casa por las noches.

Existen denuncias de que los nicaragüenses son sometidos a regímenes de esclavitud por parte de los patronos y con salarios menores que los que recibirían los costarricenses por el mismo trabajo, pero los inmigrantes afirman que siempre son mucho mejores que los que les pagarían en su país.

Los organismos financieros internacionales ubican a Nicaragua como el segundo país más pobre en América Latina y el Caribe, después de Haití.

Algunos llegan sólo por temporadas, en una oleada que es regulada por las autoridades de Migración y del Trabajo de ambas naciones. Otros se quedan pero sin olvidar a los suyos, sumando unas remesas anuales calculadas en 42 millones de dólares por un reciente estudio.

“Siempre vengo al mismo lugar, entro con mi pasaporte y del sueldo mando algo a mi familia y luego me voy con el resto... no sé cuánto en total es la ganancia; igual, es mejor que en Nicaragua”, dijo Andino a la AP durante una pausa bajo el sol y en medio de hojas de caña que amenazan con cortar la piel al ser mecidas por el viento.

Sus profundos ojos negros revelan la nostalgia que lo invade al hablar de su natal Telica, el pueblo que desde hace 14 años abandona durante unos ocho meses para trabajar en Costa Rica.

A sus 45 años, Andino refleja a los que han sustituido en el campo a los costarricenses, que dejan las zonas rurales para migrar a las ciudades.

Con una dependencia tan elevada, los productores y empresarios costarricenses miran con preocupación una ley de migración muy restrictiva que castiga incluso si se les da alojamiento a trabajadores indocumentados, pero aún más temen a la creciente escasez de mano de obra.

“El sector agrícola está sufriendo serios problemas por la falta de mano obra tica, sobre todo en los sectores de café, melón, piña y caña, lo que ha causado que muchos tengan que recurrir a mano de obra extranjera, principalmente nicaragüense, con el fin de no perder las cosechas y esa también está faltando”, manifestó Mónica Navarro, directora de la Cámara de Agricultura.

La “guerra” por las manos nicas provocó que los dueños del cafetal donde Melba recogía el grano en Turrialba, al este del país, elevaran el pago por cada cajuela, de 700 colones (cerca de 1.35 dólar) a 1,000 colones (casi dos dólares), luego que una plantación de caña cercana empezó a tentar a los trabajadores.

Ella tiene 52 años y proviene de Rivas. “Me meto por la montaña, ya tenemos un camino conocido y nunca hemos tenido problemas”.

De todos, las condiciones más difíciles parecen vivirlas las empleadas domésticas. Incluso el ministro del Trabajo, Francisco Morales, reconoció que algunos casos “casi podrían calificarse de esclavitud”, por lo que aplaudió un reciente voto de la Sala Constitucional que obliga a dar una jornada de 12 horas, así como un descanso de media jornada por semana.

“Aquí se viven muchas situaciones, leyes que no se cumplen. La Sala dejó el horario en 12 horas pero a veces son como 15 horas las que trabajamos, y lo que queremos es que quede en ocho horas y un día de descanso a la semana como todos los demás trabajadores. Esa es la lucha”, manifestó Seidy García, una nicaragüense dedicada al oficio doméstico.

“Todo esto es complejo y de una gran dimensión humana”, destacó Morales, al señalar con ironía que, de continuar la falta de nicaragüenses, posiblemente el país tendrá que “traer gente de Bolivia o de Haití”.

Mientras tanto, muchos de ellos desearían dejar ese ir y venir, y quedarse para siempre en su país.

“Vinimos hace 11 años buscando una mejor vida, y nos va bien porque siempre hay trabajo, pero si se pudiera uno se va, sólo hay que esperar a ver qué pasa con el nuevo Gobierno”, dijo Marta Chaves, una empleada doméstica que vive en La Carpio, una barriada al suroeste de la capital, conocida como “la pequeña Nicaragua” debido a su población estimada de 17,000 nicaragüenses.

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