El cierre de la principal estación televisiva de Venezuela establece un hito en la construcción de una dictadura, embellecida con el engañoso barniz retórico del “socialismo del siglo XXI”.
Para Chávez ya nada basta en la consolidación de su poder. Controla ya todos los poderes, gobierna por decretos, dispone sin rendir cuentas del chorro de petrodólares del presupuesto, se entromete en la política de otros países y se proyecta como el heredero moral de Fidel Castro en su lucha contra el imperialismo yanqui. Ahora, ha tocado el ajuste de cuentas con la prensa independiente, de por sí bastante castigada e intimidada.
Rehusando la renovación de la licencia de operación, Chávez saca del aire al principal medio crítico de Venezuela, el cual contaba con los mayores niveles de audiencia televisiva. Además, hace una advertencia atemorizante a los restantes medios opositores.
Chávez simplemente ha llevado a cabo una venganza personal: uno de los dos argumentos principales es que Radio Caracas Televisión participó en el golpe que le sacó del poder brevemente hace cinco años. “Son golpistas” clama el comandante bolivariano.
Llevado por su deseo de revancha, el caudillo ha cometido un grave error político porque el precio que pagará es muy alto en términos de imagen, dentro y fuera de Venezuela. Al menos el 70 por ciento de los ciudadanos de su país no está de acuerdo con la medida, y, para numerosos ojos en el mundo, el teniente coronel se ha desprendido de la máscara de progresista democrático. Basta ver la reacción de la prensa continental.
Chávez es un populista astuto, pero dio un mal paso. Desde luego, ninguno de los aduladores miembros de su corte se lo iba a decir, ni tampoco los benefactores latinoamericanos de su “petrodiplomacia”.
La cobertura de RCTV a los sucesos de abril del 2002 fue polémica y cuestionable. El mismo Marcel Granier, presidente y dueño de RCTV, ha admitido fallas. Sin embargo, el chavismo nunca ha probado fehacientemente que el medio estuviese tras el golpe directamente, lo cual niegan los dueños.
El otro gran argumento al darle la frecuencia a su sucesora TVes, es que se democratiza el uso del espacio radioeléctrico y la comunicación, y, además, ésta ganará en calidad. Sectores sociales y productores independientes ganarán un espacio nuevo que antes estaba vedado por estrechos intereses. TVes presentará programas educativos, culturales, difundirá los valores bolivarianos y dará la voz a quienes antes no la tenían. Qué noble. Sin duda, tendrá una política aséptica donde no habrá críticas al poder popular. Basta ver Telesur para darse una idea.
Es una reivindicación falsa y cínica. Se critica a RCTV por su programación comercial y mal gusto, pero el mismo día que su concesión expiró, se le renovó a su competidora Venevisión, otra estación comercial, la cual abandonó su postura crítica tras el referendo revocatorio que ganó Chávez en 2004.
La televisión comercial es un fenómeno mundial. En Europa, por ejemplo, no todo es de la calidad de la BBC, la mejor cadena de televisión pública —no estatal— del mundo. Mucho de la programación de las estaciones que posee el ex primer ministro italiano Silvio Berlusconi es simplemente basura. ¿Pero se le ocurre a alguien en Italia pedir que cierren las estaciones del Cavalieri?
En Europa lamentan que Hollywood capta las mayores audiencias en los cines, ganándole la partida a las cinematografías nacionales. Se habla a veces con desprecio de la cultura de masas estadounidense. Sin embargo, nadie serio podría proponer una prohibición absoluta de los filmes hollywoodenses o de la música de Britney Spears.
Si Chávez quiere una televisión educativa, ¿por qué no usó otra frecuencia o mejoró uno de los canales pro gubernamentales?
El cierre de RCTV es absolutamente inadmisible. No solamente es un ataque a las libertades de prensa y expresión y a la de recibir información independiente, sino que atenta contra la libertad de escoger entre opciones de entretenimiento.
En todo este conflicto alrededor de RCTV, una de las cosas más tristes e indignantes es la actitud de algunos intelectuales de izquierda, en particular europeos.
Con su doble rasero, estos señores son los creyentes modernos del viejo mito del Buen Salvaje de la Ilustración dieciochesca. Con su apoyo para caudillos tercermundistas, en particular los latinoamericanos, creen aportar a la construcción de la sociedad justa y libre de los males del capitalismo —explotación, desigualdad, consumismo, egoísmo— que devolverá la esperanza a la humanidad.
Como en los años setenta y ochenta, estos señores ven en América Latina un laboratorio de sus utopías, donde pueden hacer todo aquello que en su primer mundo no tienen el coraje de hacer, o donde sus ideas no hallan eco.
Leí la edición española de mayo de una afamada revista mensual parisina, cuyo director publicó una biografía de Castro, en la cual el dictador cubano aprobó hasta la última palabra, y quien —¡desde luego!— bendijo la acción de Chávez con su presencia en Caracas la semana pasada.
Reclama este señor en un escrito que la izquierda francesa se una ante el embate neoliberal que supone el gobierno del recién electo Nicolas Sarkozy. Llama a defender la semana laboral de 35 horas, los rígidos contratos laborales, la “obligación de actividad a cambio de las protecciones sociales mínimas; limitación del derecho de huelga; rotura del Código del Trabajo; supresión de los derechos de sucesión y, por medio del “escudo fiscal”, supresión del impuesto a las grandes fortunas; mayor desmantelamiento de los servicios públicos, de la protección social y de las jubilaciones; disminución progresiva del presupuesto de sanidad”.
Es decir, en un país modelo de democracia y libertad, llama a dejar intacto un Estado del bienestar insostenible a largo plazo. En cambio, a nosotros este pensador nos receta Chávez y Castro.
Señores como éste toman su intelectual “carga del hombre blanco” —para usar la frase acuñada por Rudyard Kypling—, vienen al rescate del Buen Salvaje en estos pueblos de seres “mitad demonios, mitad niños”.
Es una actitud colonialista y racista en el fondo. Muy bien caracterizó Fernando Savater el pensar de estos intelectuales: a nosotros (los europeos) que no nos toquen el burgués Estado del bienestar; en cambio, a América Latina lo que le van son guerrillas y dignísimos comandantes barbudos. ¡Voilà la verité, monsieur!