La historia de los Mets de Nueva York ha sido tan discreta, que sus éxitos se pueden recordar sin esfuerzo.
Le ganaron a los Orioles en 1969, de una manera tan sorpresiva, que los llamaron “milagrosos”. Luego se impusieron a Boston en 1986, cuando la rola de Mookie Wilson se fue entre las piernas de Bill Buckner.
No hay más.
Y mientras los Mets iban de una decepción a otra, en el otro extremo de la ciudad, los Yanquis atrapaban toda la atención en la Gran Manzana, con su historial matizado por la grandeza.
A los Mets se les llegó a conocer como los parientes pobres, mientras gerentes, peloteros y timoneles desfilaban sin poder sacar al equipo de la miseria.
Ese tiempo se acabó. Y ahora se han convertido en una pujante tropa, que se ha sobrepuesto a múltiples inconvenientes, pero que mantiene la mira en la Serie Mundial, un destino que le fue privado el año pasado a última hora por San Luis.
En los Mets de este año, se observa mucho equilibrio, hay un gran balance en todas sus áreas del club.
Yo estaba entre quienes dudaban de su pitcheo, pero Oliver Pérez está de regreso a los niveles del 2004, cuando ponchó a 236 en 196 innings, Tom Glavine sigue siendo un gran competidor y John Maine ha probado que está listo para producir, mientras el “Duque” Hernández está como el vino, más viejo y mejor.
Su line up está bien escalonado. Hay velocidad y chispa en José Reyes y Endy Chávez, mientras que el poder lo aportan Carlos Beltrán, Carlos Delgado y ese formidable jugador que es David Wright, más el revitalizado Shawn Green, sin olvidar a Paul LoDuca.
El bullpen está en buenas manos con Billy Wagner y Aaron Heilman y ya les llegó Guillermo Mota de refuerzo, mientras Duanes Sánchez es esperado en los próximos días.
A Pedro Martínez lo esperan en agosto. Para entonces quizá podrían tener una considerable ventaja sobre los Bravos y habrán sorteado a los Filis, que parecen una creciente amenaza en el sector Este.
Sin embargo, estos Mets parecen lo suficientemente armados como para resistir.