“El desarrollo de los pueblos debe tener como principio pastoral una visión antropológica global de la persona humana”
(Benedicto XVI)
“¡Pensar que yo estoy llamada a forjar un hombre!”, nos decía en cierta ocasión una joven madre, ejemplar cristiana católica, con su tierno hijo en brazos.
La Iglesia, el Estado, la sociedad, como la familia, tienen la sagrada misión de forjar hombres y mujeres en todo el sentido de la palabra, un cometido irrenunciable para el desarrollo de los pueblos.
Una visión antropológica global de la persona humana es aquella que toma al hombre en toda su realidad, sin abandonar ninguna de sus áreas. Como muy certeramente destacaba el Papa Pablo VI en su tiempo: “Es al hombre entero al que hay que salvar”. Es decir, su inteligencia, su voluntad, su corazón, según anota el Concilio Vaticano II.
Formar la inteligencia. Por lo general se tiene la idea de que formar la inteligencia se reduce a llenar la cabeza del niño o adolescente, por ejemplo, de una serie de conocimientos, muchos de los cuales, a fin de cuentas, resultan de poca utilidad práctica en la vida, o por lo menos no son tan importantes como aprender a saber discernir la mejor manera de actuar o razonar sensatamente. ¿Qué sucede entonces? Pues que nos encontramos con personas muy instruidas, versadas en muchas materias, en Historia, Geografía, Ciencias Naturales…, que nos pueden hablar de muchas cosas, pero son incapaces de pensar con claridad ante los problemas cotidianos que presenta la vida. A veces no saben diferenciar lo bueno de lo malo ni lo bueno de lo mejor, van aprendiendo a punta de golpes, de dolorosos fracasos… Si es que llegan a aprender a vivir algún día en forma inteligente, como quien tiene uso de razón. Muchas “celebridades mundiales” han convertido su vida personal en un verdadero desastre, como si se tratasen de hombres y mujeres acéfalos.
Formar la voluntad. Si como decía San Agustín “ser hombre es tener voluntad”, carecer de ella ¿qué será? La voluntad se define como “la facultad que tiende hacia el bien”. Ser fiel en mantener esa tendencia hacia el bien, requiere una motivación muy fuerte, una mística, un ideal que implica muchas veces “nadar contra la corriente”, pensar en grande y actuar noblemente. La forma más rápida de educar la propia voluntad es practicando la negación de sí mismo para forjar un fuerte carácter que nos conduzca a decir “SÍ” al bien y “NO” al mal, SÍ a la virtud, al amor, a la verdad y a la auténtica libertad.
Formar el corazón. La civilización del desamor mira como signo de debilidad todo lo que tenga que ver con los buenos sentimientos. Pero, ¡qué destino le espera a un pueblo si a sus hijos no se les forma la conciencia desde la infancia! Enseñemos al niño a rezar y amar y tendremos derecho a esperar un mejor futuro, una nueva Nicaragua.
No olvidemos que amar es ayudar a crecer, que la caridad hoy se llama crecimiento.