El Evangelio hoy (Lucas 11,1-13) nos presenta la petición de uno de los discípulos del Señor, cuando le ruega que les enseñe a orar. Y ante tal solicitud, Jesús nos dejó la más bella de las plegarias, salida de sus propios labios y de su corazón: el Padre Nuestro.
Lo pronunciamos a diario y con frecuencia. Pero, ¿realmente analizamos su contenido y significado?
Jesús se refiere a Dios como su Padre. Es la misma expresión que la Biblia pone en sus labios, cuando niño, y estando en el templo de Jerusalén, lo buscaban María y José: “No saben que yo debo estar donde mi Padre? (Lucas 2, 49).
Es la palabra que articula antes de expirar en la cruz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23, 46). San Pablo nos recuerda: “De modo que ya no eres esclavo, sino hijo y siendo hijo, Dios te da la herencia” (Gálatas 4, 7).
Luego viene el santificar su Nombre. Pedir sobre todo, lo fundamental, que venga su Reino sobre nosotros. El Reino de Dios, que es la soberanía y el dominio total del Señor en todas las áreas de nuestra vida. Es la rendición entrañable, a su misteriosa voluntad y el aceptarla nos proporciona paz que es camino de santidad.
Pedimos por el pan de cada día. Solicitamos perdón por las ofensas contra sus mandamientos y contra nuestros hermanos, sabiendo que así como Dios tiene infinita misericordia y nos perdona, también debemos perdonar a quienes nos han ofendido, suplicando que no nos deje caer en la tentación y nos libre del poder del mal.
Se comprueba, a veces, que esta oración, aunque la pronunciemos con fervor, en la vida personal, está alejada de nuestra práctica.
Dios es Padre, no solamente de cada uno, ni de unos pocos, sino de todos, y al ser de todos, lógicamente somos hermanos en Cristo Jesús. Enorme encargo, al conocer cómo nos relacionamos unos con otros, no con afecto y apoyo, sino con indolencia y menosprecio.
La santificación a su Nombre, debe reflejarse, cuando, nos hacemos “alabanza para la gloria de Dios” (cfr. Efesios 1,6.12.14), si nuestras actitudes de vida son coherentes con el Evangelio. En caso contrario, nos convertimos en piedra de tropiezo y herimos el cuerpo de Cristo.
El Reino de Dios es justicia y paz. ¿Somos justos, somos sinceramente constructores de paz? O más bien, somos agentes de infamia y constructores de transgresión, haciendo que prevalezca nuestra voluntad nociva, aunque de manera temporal, frente a los designios de Dios, que son inmutables.
Y esas acciones malvadas provocan que el pan material falte en millones de hogares, por la acumulación desmedida de bienes materiales, que de nada nos servirán, en el momento de la muerte.
Podemos pedir perdón a Dios, sólo con los labios, porque al hacerlo sinceramente implica resarcir los daños (cfr. Lucas 19, 8-10). Dar el perdón es un verdadero regalo que viene del cielo, porque humanamente es muy difícil realizarlo. Es Jesús, desde la cruz, quien nos ha dejado su testimonio.
Vivimos en una continua tentación de ser desobedientes a la Palabra de Dios. San José María Escrivá de Balaguer, decía: “No tengas la cobardía de ser ‘valiente’: huye!”. No nos expongamos al peligro.
El maligno existe, es nuestro enemigo y debemos estar vigilantes para no caer en sus garras, porque está siempre al asecho: “Sean sobrios y estén ¡siempre alerta!, porque su enemigo, el demonio, ronda como un león rugiente, buscando a quién devorar. Resístanlo firmes en la fe!”, (1Ped. 5, 8-9).