Son pasadas las 6:00 de la tarde y en el auditorio del Hospital Metropolitano Vivian Pellas la enfermera Natalia Maradiaga, morena y de cabello rizado, espera por sus alumnas. Luce cansada. Antes de que lleguen sus aprendices repasa unas fichas amarillas.
Maradiaga imparte el Curso de Parto que dura una semana, en el cual se supone que las mujeres aprenderán a preparar su organismo para el embarazo y, sobre todo, para el parto. “Labor de parto”, le llaman en la jerga médica. Los hombres que asisten son un apoyo en este proceso. “Cuando los hombres asisten con sus mujeres a estos cursos se vuelven más concientes y sensibles”, asegura esta enfermera.
No era necesario decirlo. Antes de la clase, un muchacho de unos 30 años espera a su esposa para tomar las clases, mientras tanto conversa con la enfermera.
— Con este curso he aprendido a ver todo lo que las mujeres hacen por tener un hijo, dice el moreno de sonrisa contagiosa.
— Así es, con este curso, los hombres se vuelven más sensibles, aprecian más a sus mujeres, responde Maradiaga.
— En la clase pasada nos hablaron de todo lo que puede suceder… hay cosas terribles, suspira el joven.
Ya han llegado los aprendices. La clase está por iniciar, hay diez parejas que sonríen, coquetean y se abrazan. Se siente el amor y la ternura por el bebé que viene en camino.
“Hagamos una respiración de limpieza”, indica la enfermera, mientras las mujeres obedecen. Cierran sus ojos, inhalan, exhalan una y otra vez. Sus esposos parecen desconcentrados, uno ve al reloj, otro observa la barriga de su pareja, y uno que otro mira de reojo cómo hace el ejercicio la pareja que tiene al lado.
— ¿Y nosotros qué hacemos?, pregunta sorpresivamente uno de los esposos.
— ¡Sí! Mientras tanto ¿nosotros qué?, cuestiona a la enfermera otro de ellos, como quien está perdiendo el tiempo.
Maradiaga se sonroja, repasa sus fichas elaboradas en papel amarillo y responde:
— Ustedes pueden tomarle el tiempo a sus esposas.
La sesión continúa.
Las mujeres hacen ejercicios de respiración. Respiran lento, rápido, superficial y de todas las formas que puedan existir. Llevan unos 20 minutos aprendiendo cómo hacerlo para que cuando llegue la labor de parto, ellas sepan cuál utilizar. “Yo voy a usar la lenta y profunda, la rápida me cansa mucho”, confiesa una de las embarazadas.
Siguen recostadas sobre la colchoneta gris escuchando instrucciones, aunque parecen no entender lo que la enfermera explica mientras camina de un lado hacia el otro observando sus pupilas. “Vamos a estirar los dedos del pie, no el tobillo, tampoco la rodilla, solamente los dedos. Si los varones quieren hacerlo, también pueden”. “Ahora la rodilla y los dedos”, “…la pierna derecha y la mano derecha”, “…la pelvis”… Las aprendices hacen de todo y, muy pocas, lo que se les indica y así durante casi cuarenta minutos, las mujeres se relajaron. Lucen cansadas, pero eso no es todo, aún falta más: las técnicas de gimnasia.
En posición de yoga, las mujeres realizan ejercicios que según la enfermera mejorarán la labor de parto, así pasaron otra media hora. Algunas los realizaron, otras prefirieron platicar de cualquier cosa con su marido, reírse de lo primero que se les viniera a la mente o simplemente observar al resto.
Han pasado dos horas y la clase ha terminado, yo aburridísima, quizás porque no estoy embarazada, mientras que las parejas semejan estar entusiasmadas.
— ¿Cómo te sentís, amor?, pregunta el joven de la sonrisa contagiante después de los ejercicios.
— Mejor fijate, responde ella.
— Ya verás que estaremos mucho mejor, la consuela, mientras pasa la mano por su barriga y le acaricia el rostro.