Llueve sobre las maltrechas láminas de zinc y el agua penetra las paredes de tablas en casuchas que resguardan inútilmente a niños mugrosos, tristes como esta calle del barrio Pedro Joaquín Chamorro, de Chinandega, donde el aguacero apaga las ganas de vivir.
Los pasantes se cubren bajo los limonarios de la acera y en las casas, familias numerosas se protegen como si el agua fuera el verdadero peligro que ronda, pero ellos no sólo se esconden del aguacero, en este lugar parece que cada familia tiene algo más que ocultar, un tesoro que con celo es protegido del acoso del vecino o los reclutadores de mujeres.
Chinandega es el sitio de trata de personas número uno de Nicaragua para el extranjero, mientras en Managua tres distritos y tres municipios sirven a las redes internas, según estadísticas de organizaciones no gubernamentales, registros de repatriaciones y de la Policía.
Los barrios pobres son un banquete para las redes, pues ahí prevalece un ambiente donde se mezclan muchas desgracias: estupefacientes, pandillas y prostitución. No es un secreto que jóvenes o adolescentes pobres y sin educación figuran como los más vulnerables de los traficantes de mujeres y caen bajo sus falsas promesas de trabajo.
Desde hace algunos años el negocio de mujeres se ha vuelto normal como forma de supervivencia de mujeres jóvenes, particularmente en los barrios Pedro Joaquín Chamorro y Carlos Fonseca de la zona suroccidental de Chinandega.
El barrio Pedro Joaquín Chamorro fue poblado hace dos décadas por migrantes rurales que esperaban mejor vida en la ciudad y se tomaron las tierras para armar sus chozas junto a la carretera a Corinto. Poco a poco los padres fueron abandonando los hogares al no encontrar trabajo y buscaron mejores expectativas en los países vecinos, dejando a sus hijos con parientes o con los hijos mayores.
El Ministerio de Salud registra oficialmente a 300 prostitutas de la ciudad de Chinandega, pero son una minoría entre la predominante “prostitución solapada” de todo tipo de jóvenes, entre universitarias, colegialas, trabajadoras y desempleadas que dejan la puerta abierta para que reclutadores lleguen a buscar y engañar.
Un juez chinandegano explica fuera de toda estadística que “aunque (las nicaragüenses) sean mujeres pobrecitas que aquí no parecen muy bonitas, en Guatemala, como son ellos -en sus facciones- son preferidas”.
Según la organización Save The Children, en el departamento de Chinandega hay más de 58 puntos ciegos y 26 zonas de concentración de víctimas de los tratantes y de ahí provienen 23 repatriadas en el último año por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y la Interpol, siendo la mayoría de un total de 26 en todo el país.
Por eso fue tan fácil para los proxenetas reclutar en una única calle a cinco muchachas para prostituirlas en El Salvador que estuvieron a punto de ser vendidas el cuatro de enero del 2006 en un trato que se llevaba a cabo en la carretera a plena luz del día.
Las cinco muchachas tenían entre 15 y 24 años y eran también vecinas del hombre que las reclutó y vendió a dos rufianas nicaragüenses, dueñas de cuatro prostíbulos en La Unión, El Salvador. Así trabajan las redes.
La presencia de tantas mujeres, incluso menores de edad, alertó a una patrulla, antes que las víctimas subieran a la camioneta que las transportaría. Desde el incidente, inclusive durante el juicio contra los traficantes, las cinco amigas no volvieron a visitarse entre sí, tanto por desconfianza mutua o por miedo a salir de la casa y ser secuestradas o asesinadas.
Siete niños juegan con el fango del patio de la casa de Sandra O., una de las cinco muchachas reclutadas por Luis Pérez Rocha, su primo.
La mayor del grupo de niños tendrá unos seis años. Eso le da suficiente autoridad para preguntar la razón de la visita de DOMINGO. Como no recibe una respuesta, grita irritada.
— ¿Pero quién la busca? ¿Diga su nombre?
En esta cuartería donde los niños juegan con platos y aperitivos de lodo, ramas verdes y quién sabe qué otras cosas, todos están acostumbrados a la circulación de autos brillantes y relucientes que contaminan más con sus gases el aire del suburbio.
Camionetas lujosas y autos nuevos circulan entre taxis, motociclos, chinelas y pies descalzos, una y otra vez por la avenida principal de la Pedro Joaquín Chamorro, una vía de adoquines para casuchas inservibles en la periferia de la ciudad, a pesar que la carretera a Corinto está al lado del barrio. Algunos creen que acortarán camino, otros podrían estar buscando expendios de droga… o algo más.
Las sorpresas en este lugar son tan increíbles que una vez la Policía encontró en una casa de plástico y tablas a un expendedor de drogas conectado a internet desde su computadora personal.
Un hombre de este lugar tuvo la fortuna de ganar el premio mayor de la lotería, dinero que no puede gastar, ni del que se puede jactar. Tampoco puede cambiarse de casa porque su madre vive al lado y quedaría sola, ni se la pueden llevar porque se enterarían de su fortuna y pondría en peligro a toda su familia.
Parece que los niños en el patio están solos pero la mayor del grupo me señala con la boca el primer cuarto donde se esconde la mujer que debería estar cuidándolos. Al entrar por la puerta entreabierta donde se observa una hamaca, un hombre totalmente borracho mira sin preocupación al intruso.
En una esquina de lo que sería una habitación, se levanta una mujer de falda y en sostén. Dice que Sandra O. no está y no sabe cuándo volverá. Así como está vestida sale a la calle y pregunta a la vecina dónde puede estar la muchacha de 20 años y su hijo. Nadie sabe de ella, pero esperan que vuelva.
En este mismo patio se reunieron las cinco muchachas con el tratante que les prometió empleos como domésticas, meseras, cocineras y hasta en fábricas salvadoreñas donde ganarían 120 y hasta 150 dólares mensuales.
De las declaraciones de Jackelin Velásquez Pérez y su hija Alicia Pérez, propietarias de los prostíbulos en El Salvador, consta en las actas del juicio por tráfico de personas que las muchachas sabían desde el principio que serían prostitutas en sus bares pero de nada sirvió este argumento porque entre las mujeres estaban dos menores de edad.
“A mí me ofrecieron 1,500 pesos para que no declarara y como no acepté, el hermano de Luis (Pérez) me amenazó con una pistola”, asegura una de las rescatadas, mientras otra de sus compañeras recuerda que “La Rata” llegaba también a su casa con un manojo de billetes para comprar su silencio.
Sin embargo, entre las cinco muchachas, Paula D. conocía bien de este tipo de reclutamientos. Hace ocho años, su hermana Leslie y una vecina fueron engañadas por un guatemalteco que le ofreció trabajos domésticos. Ambas terminaron en un prostíbulo de la Calle Ocho de Ciudad de Guatemala.
Leslie D. pudo escapar ocho días después para contar su historia, su amiga sin embargo, se quedó allá desde entonces y sólo pudo salir el año pasado.
Tenía 19 años cuando recibió la oferta de un hombre de mediana edad que se presentó sólo como don Carlos. Le prometió un empleo a ella y su vecina y como estaba embarazada del cuarto y último de sus hijos, no podía rechazar la oferta.
Pocos días después partió en un bus expreso que salió desde Chinandega con otras veinte mujeres. En un par de días estaban en la zona rosa chapina, en un night club donde trabajaban unas 40 prostitutas, todas nicaragüenses.
Meseras desnudas cubiertas de escarcha servían las mesas. En las paredes, las fotos de todas las mujeres en hilo dental eran exhibidas al público para que los clientes sólo apuntaran con el dedo y las llevaran a sus habitaciones.
Leslie D. y su vecina fueron separadas. “Me querían obligar (a prostituirse) pero no lo hice y por eso me encerraron en una bodega cercana, supuestamente para que la pensara”, recuerda la mujer de 27 años ahora.
Después de ocho días pudo escapar abriendo una lámina de zinc del techo. Saltó de una altura aproximada de dos metros y medio para descubrir que en el patio una mara estaba observando su escape.
— ¡Se va escapando una nica!
El jefe de la pandilla se compadeció de ella después de escuchar su historia. Se conmovió tanto que bajo amenazas de muerte logró que un furgonero la trasladara a Nicaragua.
“Si lo vuelvo a ver -a don Carlos- no me importa quedar presa, pero te aseguro que lo mato”.
— Habiendo vivido todo aquello, ¿no pensaste que tu hermana corría peligro al irse a El Salvador?
— Es que ella (Paula) ya ha trabajado allá como doméstica —explica Leslie D.
— En El Salvador vive mi hermana gemela y yo quería aprovechar también el ride para visitarla. Al Luis (Pérez) lo conocemos de toda la vida, ahí al frente vive, nunca imaginamos que nos iba a hacer esto, agrega la hermana menor.
Son las tres y media de la mañana y el bus sale del Mercado Mayoreo rumbo a El Rama. Entre todos los pasajeros va nerviosa una jovencita de 16 años, gordita y morena, al lado de una mujer adulta que no es su madre, ni su tía, ni amiga, ni nada.
— ¿Por qué te fuiste si tenías tanto miedo?
— Por mi abuelita, como está muy enferma ya no puede trabajar. Quería ayudarle.
En este momento, los ojos de Ashley se humedecen y su voz se quiebra.
Vive en un barrio al norte de Managua, donde una amiga le había conseguido un supuesto trabajo de niñera en Bluefields por medio de su tía Juana González, la mujer que viaja a su lado.
Cuando llegaron, González la llevó directamente al bar “Sin Comentarios”, donde una tal Rosalía (Pineda) le dijo que no sería niñera porque ya tenía a alguien. “Vas a trabajar igual que yo”, fue la sentencia.
Ashley debía saldar una deuda que hasta entonces desconocía, el pasaje a Bluefields, pues “no lo habían pagado de balde”.
Pineda le levantó la falda y exclamó: “Sí, está buena”. Fue como la orden para que dos mujeres del bar se levantaran y la llevaran a un cuarto para ponerle un vestido de esos de cantineras y le dieron unos zapatos de tacones altos que la hicieron tambalear y caer.
Esa misma noche la embriagaron y la entregaron dos veces por 250 córdobas. Ese era su precio.
Tuvo que decirle a su abuela por teléfono que estaba bien y en Managua, pero cada noche, durante una semana quedaba marcada por hombres borrachos “que daban asco” y a veces tenían coito con ella sin protección.
“Si decís algo, te vamos a llevar a un lugar donde nadie te va a encontrar”, fue la amenaza de Pineda para que no dijera nada.
Con la propina que recibía y la ayuda de un cuidador del bar, pudo comprar una tarjeta de teléfono celular y hacer una llamada en secreto para contar la verdad. Después de una semana de servir de esclava, la Policía pudo rescatarla, aunque trataron de encerrarla hasta el último momento.
Al regresar “no podía dormir, siempre lloraba porque no quería acordarme”, expresa la jovencita, acompañada de sus educadoras en Casa Alianza, donde le han prestado ayuda.
Mientras tanto, su supuesta amiga la culpa por los problemas de “la tía Juana (…), hacemos como que nunca nos conocimos”.
Aunque la reclutadora y la dueña del bar fueron declaradas culpables en un juzgado de Bluefields, se le concedió arresto domiciliar, que usaron para huir. Aún se encuentran prófugas.
Mientras tanto, en el vecindario “me quedaban viendo raro (…), no me daban ganas de salir, no me sentía bien, me encerraba y de ahí nadie me sacaba”. La muchacha ya no tiene amigos, nadie le cree.
Otras siete menores en Casa Alianza fueron repatriadas de El Salvador y Guatemala. Por su estado traumático, los funcionarios prefirieron no exponerlas a una entrevista.