A medida que se acerca su inmortalización hoy domingo en el Salón de la Fama, Tony Gwynn piensa más en sus inicios en el beisbol y las lecciones de las leyendas del pasado.
El ex astro de los Padres de San Diego, cuyo swing zurdo le hizo uno de los mejores bateadores en la historia de las Grandes Ligas, es además uno de sus jugadores más humildes.
“Pienso que la magnitud de esto me está golpeando ahora, porque todas las noches me cuesta trabajo dormir, y todos los días tengo que escribir algo”, dijo Gwynn. “Yo tengo muchas ganas de que llegue este día, pero también me muero de miedo”.
Su recorrido de orientación por Cooperstown, donde está el Salón de la Fama, hace varias semanas, le dio una idea de en lo que está metido.
Allí vio el guante de Jackie Robinson, sostuvo el bate de Babe Ruth, leyó la placa en honor a Walter Johnson.
“Parte de lo que me gusta del Salón de la Fama es simplemente imaginar lo que habría sido jugar contra Lou Gehrig o Jackie Robinson o cualquiera de ellos, y saber que uno va a tener una placa allí, donde ellos tienen sus placas, no puede ser mejor”.
Gwynn creció en el área de Los Ángeles y vio a futuros miembros del Salón pasar por el estadio de los Dodgers, como Hank Aaron, Roberto Clemente, Mike Schmidt y Richie Allen.
Más tarde, jugó contra algunos de ellos. Incluso, Gwynn se hizo amigo del legendario Ted Williams en el Juego de Estrellas de 1992. Durante años después de ese encuentro los dos hablaron y hablaron de bateo cada vez que se reunían.
Fue Gwynn quien ayudó a sostenerse a Williams cuando éste se aprestaba a hacer el primer lanzamiento ceremonial del Juego de Estrellas de 1999 en el Fenway Park, en Boston.
Gwynn pudo haberse convertido en el primer pelotero desde Williams en batear .400 en una campaña si no hubiese ocurrido la huelga del beisbol en agosto de 1994. El jardinero de los Padres estaba bateando .394 en ese momento.