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22.07.07
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Noticias >> Religión y Fe
La revolución del amor y la revolución del miedo
J. Dávila y Castellón

“La auténtica revolución solamente puede darse basada en el amor de Dios”

(Benedicto XVI)

Donde hay amor no existe el temor, pues, como muy bien señala la Sagrada Escritura, “el amor echa fuera el temor”.

Hace ya algunas décadas, visité, en diversas oportunidades, uno de nuestros países latinoamericanos, cuyo Gobierno de entonces se autodenominaba “revolucionario”. En honor a la verdad y la justicia, dicho Gobierno había emprendido algunas obras de progreso dignas de reconocimiento y aplausos a favor de los pobres; pero, a la vez mantenía al pueblo “en puntillas” en lo referente a la libertad de expresión: “¡Cuídese de hablar!”, me advertían nerviosamente los amigos cada vez que les preguntaba o comentaba algo relacionado con la situación política imperante, caracterizada por el miedo y la inseguridad de la ciudadanía, pues en nombre de la “diosa revolución” el Gobierno cometía muchos abusos de poder.

Cuando una revolución o un gobierno no se basan en el amor, es decir en Dios, que es amor y fuente e inspiración de todo verdadero amor, sucumbe fácilmente frente a la tentación de la idolatría a una ideología, a la revolución misma y a sus gobernantes. En tal caso la revolución está lejos de ser un instrumento al servicio del hombre para instrumentalizar al hombre al servicio esclavizante de la revolución o del gobierno. “Nos creíamos dioses”, confesaba uno de los principales comandantes de la revolución nicaragüense, aludiendo a la causa de las repetidas derrotas electorales de su partido en el pasado. “El fanatismo nos cegó”, declaró por su parte un comandante salvadoreño del Farabundo Martí.

La revolución del miedo es la revolución de la vigilancia innecesaria, la revolución de los gritos desaforados, de los que tienen que decir ¡Sííí! o “¡Noo!” según la consigna que viene de “arriba”. Con toda razón y acierto el cardenal Miguel Obando y Bravo enfatizaba en la década de los ochenta del siglo anterior: “cuando un pueblo es manipulado, deja de ser la voz de Dios”.

En la revolución del amor no existe el temor, porque el amor echa fuera el temor. La revolución del amor respeta los derechos humanos, que hunden sus raíces en Dios. El ser humano es digno de respeto porque ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Es a partir de este elevado concepto que una revolución, un gobierno y la política misma encuentran su justificación más plena.

Gobernar bien es aprovechar la oportunidad para ejercer la caridad que, como el Sol, debe cubrir a todos, sin excluir a nadie, por mucho que en la práctica se establezcan legítimas prioridades. La revolución del amor pasa por el respeto al hombre, recálcalo, a todo el hombre y a todos los hombres, exige un Estado de Derecho en donde el miedo no tiene cabida. Venga, entonces, la auténtica revolución del amor… ¡He aquí el reto del Gobierno actual!

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