Frente a la esquina sureste del parquecito de San Fernando está la casita de la profesora Elisa Ortez viuda de Bellorín, ahí vive desde hace muchos años contando a los que le visitan, sus vivencias juveniles en relación con los hombres que integraban “El Pequeño Ejercito Loco”.
Si hacemos números, ella afirma que nació en 1907, de manera que cuando inició la gesta de Sandino tenía 19 floridas primaveras y, aunque no precisa el día y mes de su nacimiento, es indudable que en este 2007 ajustará cien otoños y “sigo tan campante”, dice con enérgica sonrisa.
Sus primeros recuerdos giran en torno al caserón donde vivían sus padres, don Adrián Ortez y su esposa, Petronila López. “En sólo la entrada había un enorme palencón de tamarindo que con el tiempo desapareció, se cayó. Cuando mis padres murieron, como todos mis hermanos varones también habían muerto, la casa quedó repartida entre mi hermana Elvira y su servidora, pero cuando me cesé, mi marido que era pudiente, me aconsejo que se la dejara a ella porque nosotros no necesitábamos, y así lo hice”.
Cuenta la profesora Ortez que Sandino tenía una buena amistad con su padre y que, incluso, uno de sus hermanos, Ramón Ortez estaba enrolado en el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional.
¿Cómo fue que conoció al General Sandino?
Mi madre, doña Petronila López, era muy amiga de doña Estebana, la madre del general Rufo Marín, que era el segundo de Sandino. Ella se hizo eco del ruego de su hijo para pedirle que diera albergue y alimento a las tropas del General cuando estacionaran o pernoctaran en Ciudad Antigua.
Por eso, el General andaba en mi casa como en su casa. Desde Ciudad Antigua dirigía a sus tropas. Cuando el ataque a Ocotal, los hombres salieron al mando de don Rufo, recuerdo que para juntar a las tropas tronaba un clarín que quebraba el alma.
¿Quién era el clarinetista?
No lo sé. Pero al toque se juntaban los hombres ya con sus armas listas y yo ya sabía que iban de viaje y nos angustiábamos pensando en los que no regresarían. En ese tiempo todos estos pueblos del norte de Nueva Segovia eran sandinistas. Recuerdo que cuando se fue a Ocotal, el coronel Rufo Marín llevaba un cartapacio grande. Sandino se fue para El Chipote que era donde estaba mi hermano y otros sandinistas como Feliciano Gutiérrez y Florencio López, mi tío.
En la batalla de Ocotal murió el general Rufo Marín. Me contaron que estaba atrincherado cuando fue alcanzado por una bala de los norteamericanos y falleció al instante, también murieron con él otros combatientes sandinistas. Mi hermano pudo escapar y vino a dar a la casa como a las nueve de la noche.
¿Y qué pasó después?
Al tercer día llegaron los aviones de los gringos y comenzaron una “tirasón” contra la gente de Ciudad Antigua, mataron a una viejita y quedaron heridas cuatro muchachas, una de ellas era la Isabel Matute. ¿Usted no la oyó mentar? En la noche corrió el rumor que los gringos iban a llevarse presos a todos los familiares de los hombres que andaban con Sandino. Eran días de miedo y terror, como a las seis de la tarde nos íbamos a dormir a los montes, eso era cosa de todas las noches, por término de más de cuatro o cinco meses. Una parte de la gente hacía sus champitas en medio de los matorrales porque los gringos al monte no se metían porque tenían miedo de emboscadas, pero al que capturaban lo mataban, eran crueles, asesinaron a varios campesinos y la pobrecita gente de las afueras sufría mucho.
¿Conoció usted al General Sandino?
Y no le digo que comía a la mesa con nosotros. Fíjese que yo miro sus fotos y no la conozco. Yo tenía un libro que me regalaron después que ya habían pasado todas las cosas de Sandino, pero era prohibidísimo que la gente guardara recuerdos de Sandino, yo lo tenía escondido, pero vino un señor de Managua, se lo presté y se robó el libro. Ahí tenía fotos de toditos los que andaban con él. Yo recuerdo que era un señor no muy alto, era guapo, guapo y muy educado. Nunca levantaba la voz y siempre caminaba con su sombrero. A veces me parece que no es él el que sale en tantas fotos.
Cuando él llegaba a la casa, ¿qué hacía?
Cuando llegaba él le decía “Mama” a mi mamá, a veces le pedía que le guisara algún pollo o un plato de antojo y mi mamá lo complacía con verdadero gusto porque él no comía en cualquier parte.
¿Y de su hermano qué me cuenta?
Mi hermano sobrevivió a toda esa tragedia, pero allá al tiempo se dio una caída y quedó quebrado de la columna. Los sandinistas en los años ochenta se hicieron cargo de él, lo llevaron a Ocotal y le pusieron médicos y enfermeras a la orden, lo cual agradezco infinitamente. Murió ya ajustando los cien años después que nosotros regresamos de Honduras. Le hicieron un entierro solemne.
¿Qué sintió cuando asesinaron al General Sandino?
Me habían mandado a estudiar a Condega y allá llegaron las noticias que lo habían asesinado con engaño, yo lloré adolorida.
Pero fíjese que en Condega había unos que odiaban a Sandino. No le voy a mentir, un tío mío era enemigo acérrimo de Sandino y a mí poco me quería porque mi hermano había andado con los sandinistas. Esa noche que murió Sandino, un tal Salvador Zepeda y tres más de Condega, hicieron un gran fiestón celebrando la muerte de Sandino. Me llegaron a prestar para que fuera a la fiesta, entonces mi abuelita con la que yo vivía les dijo: “Yo no soy sandinista, yo soy conservadora, pero nunca voy a permitir que se festeje la muerte de un cristiano que está juzgado de Dios. De mi casa nadie va a ir a esa fiesta.”
Después de la muerte de Sandino, ¿qué pasó?
Mi mamá nos mandó a traer de Condega, me vine para Ciudad Antigua, ahí quedamos viviendo. Mi papá ya no estaba vivo, mi hermano andaba huyendo por Honduras y de allá nos mandaba alguna cosita de lo que él trabajaba.
Durante el tiempo que mandaron los Somoza yo ya estaba casada, tenía un comedor, una pensión y una tiendona en Ciudad Antigua, ahí pues llegaban los coroneles y tenientes de la Guardia que me buscaron para ver si quería trabajar con los somocistas, yo decía que no, pero doña Chepita de Jarquín me llegó a conquistar, así hice seis meses de estudios de detective especial para asuntos de seguridad, en Managua. Así cargué la mala fama de los guardias y después, cuando murió mi marido, me retiré. Hasta aquí no más, dije. Mis hijas, unas se casaron; otras estaban estudiando y yo había quedado sola en poder de dos hijos, fue cuando decidí partir para Honduras, nos fuimos y no perecimos, la gente mucho nos quiso. Y ahora mire dónde vivo después de tener un caserón.
¿Qué pasó después?
Pasaron los años. Durante la guerra contra Somoza me fui huyendo para Honduras porque me denunciaron que yo era sandinista, que tenía armas y qué se yo. Vinieron a buscarme los contras, dijeron que me iban a matar, se llevaron a cinco y a los cinco los mataron en el monte, unas muertes horrorosa, horrendas.
De los generales de Sandino ¿a quiénes conoció?
A casi todos. Heriberto Reyes fue hasta enamorado mío, llegaba mucho a mi casa, era un hombre alto, delgado. También conocí a Pedrón, que era un hombre muy tosco, a Miguel Ángel Ortez que era sobrino de mi papá, antes que entrara Sandino a Ciudad Antigua él fue a buscar a mi papá. El pobre dormía en medio de unos grande cerros, también en unos grandes zanjones, en unas cuevas, era como Rambo. A mi hermano y a mí nos mandaban a dejarle comida. Yo iba con mi bulto escolar para no levantar sospechas y que nos siguieran.
¿Y conoció a Juan Pablo Umanzor?
Llegaba a mi casa. Una vez me dijo que había andado en Honduras y me trajo una muñeca y un jueguito de loza.
¿Conoció a Blanquita Arauz?
No, eso sí que no. Cuando el General se casó sólo nos dijo como en bromas que iba directo al lugar de su novia y de allá iba a venir casado.
¿En qué circunstancias viene a vivir a San Fernando?
Cuando regresé de Honduras creí que iba a recuperar mi casa, pero ya el alcalde, que era de la contra, me la había expropiado, eran dos potreros, veinte manzanas de labranza y mi casa grande de cuatro piezas.