Cuando salió a pie de Sandoná, un municipio anónimo de Colombia que pega casi con el Ecuador, el profesor Gustavo Moncayo estaba claro que su destino sería Bogotá, pero nunca pensó que su caminata despertaría la solidaridad y el cariño de un país que ha estado dormido como un gigante, frente a tragedias tan desgarradoras como el desplazamiento de millones y el secuestro de varios miles de personas.
El profesor Gustavo Moncayo, de 55 años, desesperado, sólo pensaba en hacer algo para volver a ver a su hijo, el soldado Pablo Emilio Moncayo, que en diciembre próximo cumplirá 10 años de haber sido secuestrado por la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC, que están en el monte colombiano desde hace 43 años.
Pablo Emilio Moncayo cayó rehén de los rebeldes el 2 de diciembre de 1997, en el cerro de Patascoy, al suroccidente del país.
Él no había cumplido aún los 20 años cuando perdió su libertad. Es el soldado plagiado que lleva más años en cautiverio. Pero como él, en condición de secuestrado hay 3,100 personas. Entre éstos, políticos, civiles y militares en Colombia.
“Mi papá llevaba días con la mirada ida, perdida. Él nos había dicho que quería ir a Bogotá y crucificarse. Había estado preguntando si alguien le podía clavar los pies y las manos, y nosotros le dijimos que se podía desangrar y él decía que no importaba, que si era necesario se desangraba frente a la casa de Nariño (Casa Presidencial en Bogotá) pero que tal vez así lograba que el presidente (Álvaro Uribe) se sentara a buscar el acuerdo humanitario”, recuerda Carol Dayana, una de las hijas del profesor que lo acompaña en su caminata, que hoy cumple 34 días.
La esposa y las hijas lo hicieron desistir de la idea de la crucifixión, pero no lograron disuadirlo del proyecto de caminar desde Sandoná a Bogotá, un trayecto de casi mil kilómetros.
“A nosotros, los familiares de los secuestrados, nos ha faltado berraquera (valor, tesón) para reclamar la libertad de nuestros secuestrados”, dice el profesor Moncayo, a los tres días de haber arrancado su marcha el pasado 17 de junio.
Al principio, su única compañía fue Yuri Tatiana, su hija de 20 años.
Una de las hijas del profesor comenta que a uno de los primeros pueblos que llegaron fue a Pasto, la capital del departamento de Nariño. Ahí, el obispo le dijo al profesor que ya había llamado a un siquiatra que lo iba a hacer desistir de esa “locura” de irse a pie hasta Bogotá.
Moncayo tampoco atendió al cura y continuó su caminata con la hija.
Al tercer día de su marcha, reconoció que se sentía un poco defraudado por la falta de solidaridad por los caseríos y pueblos que había dejado atrás, pero dijo que iba a esperar, que de todas maneras él quería dar un ejemplo de que había que luchar por la libertad de los secuestrados.
TIENE APOYO POPULAR
Como una bola de nieve, la noticia de su marcha se fue propagando por los otros pueblos, y desde entonces, en los distintos caseríos, ciudades y capitales departamentales del país. la población lo espera con la misma devoción de quien espera ver a un santo.
Desde tocarlo, desearle que “Dios lo bendiga” y la libertad para su hijo, hasta darle mil pesos (50 centavos de dólar), estampas del divino niño, rosarios que el profesor se va colgando del cuello, notas con bendiciones y saludos afectuosos, han sido algunas de las expresiones que han acompañado al profesor, al que no tardaron en apodar el “caminante de la paz”.
“Aquí está, ya llegó el que lucha por la paz”, es desde hace más de tres semanas la consigna más repetida en Colombia.
La caminata de Moncayo ha inspirado a otros que también han emprendido su peregrinaje por otros parajes de Colombia. Hubo uno que salió de Cúcuta, frontera con Venezuela, con el mismo objetivo: Bogotá. El hombre dijo que caminaba porque su hijo dejara las drogas.
Y hay otro que todavía va en camino, que salió de Caldas, el eje cafetero colombiano, y que está buscando la libertad de Emanuel, el niño que nació en cautiverio.
En el trayecto, a Moncayo sorprendió la noticia de la masacre de los 11 diputados del Valle, el más cruel desenlace de plagiados que se ha conocido en los últimos tiempos en este país del sur.
RECIBE SEÑAL
El profesor Moncayo y los acompañantes que se han sumado a su marcha, no pudieron evitar las lágrimas esa fatal madrugada del 28 de junio, cuando el país se enteró de la suerte de este grupo de políticos, que habían secuestrado en un operativo de película en Cali, cinco años y tres meses atrás.
Al día siguiente, Moncayo llegó a Cali. Ahí se solidarizó y lloró con los familiares de los 11 fallecidos.
A los cuatro días, y como una señal de que su sacrificio ha valido la pena, llegó a un canal de televisión local un vídeo con una prueba de vida de su hijo Pablo Emilio, y de seis rehenes más.
Moncayo, como si desde siempre lo supiera, recorre Colombia desde hace más de un mes, con el retrato de Pablo Emilio en el que se lee: Pedimos tu pronta liberación, te esperamos en casa.