El escritor comunista portugués José Saramago, Premio Nobel de Literatura 1998, dijo la semana pasada en Colombia, donde estaba de visita, que en su opinión lo último que el ser humano debe perder no es la esperanza, sino la dignidad. Pero la indignidad no es un mal de nuestra época sino de todos los tiempos, es un defecto humano que existe desde la más remota antigüedad hasta ahora.
En una excelente novela de la escritora británica Lindsay Clarke, titulada La Guerra de Troya, la cual está calcada en La Ilíada, de Homero, se reproduce un crudo diálogo de Helena, la mujer de Paris, con su suegro, Príamo, el rey troyano: “¿Es que no hay honor en Troya? En vano gesticuló Príamo con las manos, dando a entender que el honor era algo que ya no se encontraba en ninguna parte”
¡Y estamos hablando de un escenario de tres mil trescientos años atrás!
La mitología griega igual que las leyendas de todas las culturas, está llena de ejemplos de indignidad —como también de dignidad— y el caso de Paris es, a mi juicio, uno de los más significativos. Paris se aprovechó de la amistad y la confianza que le tenía Menelao, el rey de Esparta, para seducir a la mujer de éste, Helena, y llevársela a Troya junto con todos sus tesoros. Ese hecho fue lo que desencadenó la Guerra de Troya, pero Paris, a pesar de que él la había causado, se las ingenió para eludir el peligro de los combates mientras miles de troyanos y griegos morían por su culpa. Sólo cuando es obligado por su hermano Héctor es que Paris va al campo de batalla, sin embargo, “sintió que se le cubría el corazón… tiémblanle las carnes y aleja con la palidez pintada en las mejillas...”, relata Homero en La Ilíada.
Más adelante, para tratar de poner fin a la guerra, los jefes de los ejércitos griego y troyano deciden que la contienda debe resolverse en un combate personal a muerte, entre Paris y Menelao. De manera que se enfrentan en singular combate los dos hombres que disputan el amor y el cuerpo de Helena, pero de nuevo Paris huye y corre a refugiarse en el regazo de su mujer, quien a esa altura de los acontecimientos lo que siente hacia él es más desprecio que amor.
Pero falta todavía otra demostración de indignidad de Paris, que viene a ser la última. En un último esfuerzo por poner fin a la guerra de manera negociada, Príamo, el rey de Troya, ofrece su hija Polixena en matrimonio con el héroe griego Aquiles. Sin embargo, durante la boda Paris dispara contra Aquiles, a traición, una flecha que le atraviesa el talón y lo mata, porque como se sabe esa era la única parte vulnerable de su cuerpo.
Finalmente Paris recibe su merecido a manos de Filoctetes, quien lo mata con una de las flechas que habían sido envenenadas con la sangre de la Hidra de Lerna, que Heracles (Hércules) antes de morir se las dio a Filoctetes.
Pero cabe decir, finalmente, que París no siempre fue un hombre indigno. Todo lo contrario, era una persona virtuosa. Incluso, cuando era un humilde pastor en el monte Ida, por sus virtudes los dioses lo escogieron como árbitro en la disputa entre Hera, Atenea y Afrodita acerca de quien era la más hermosa. Sin embargo, cuando el rey Príamo lo reconoce como su hijo, el poder, la riqueza, las adulaciones y la vanidad transforman su personalidad y lo convierten en un ser indigno.