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Arriba los pobres y arriba los ricos
Humberto Belli Pereira
El autor es Sociólogo, fue Ministro de Educación.

Para el credo comunista, tan influyente en el siglo XX, su grito de batalla, “arriba los pobres del mundo”, iba acompañado del “abajo los ricos del mundo”. La hostilidad contra los ricos (burgueses o capitalistas) era consecuencia de concebirlos como explotadores que obtenían sus fortunas a costa de la miseria de los pobres. Para subir a éstos había pues que bajar a aquéllos.

En consecuencia, en los países comunistas los ricos fueron perseguidos y expropiados. El Estado abolió prácticamente la clase empresarial y asumió el grueso de la actividad productiva. Pero el pobre no subió. Al derrumbarse el bloque socialista, a finales de los ochenta, sus habitantes eran considerablemente más pobres que los ciudadanos promedio de las naciones amigables a los empresarios. Arruinar al rico había también arruinado al pobre.

De aquí que tengan tanta actualidad las famosas frases, atribuidas a Lincoln (en realidad son de W. Boetcker, 1916), que “No se puede fortalecer al débil debilitando al fuerte”. “No se puede ayudar al hombre pequeño demoliendo al grande”. “No se puede ayudar al pobre destruyendo al rico”. “No se puede levantar al asalariado bajando a quien paga sus jornales”.

La ofuscación antiempresarial de los marxistas les impidió ver que los empresarios, en condiciones de competitividad y dentro de los marcos éticos y legales adecuados, son los más grandes creadores de riqueza. Los 70 billones que componen la fortuna de Bill Gates no han sido sustraídos de los bolsillos de los norteamericanos, ni han empobrecido al mundo. Por el contrario, Gates ha contribuido con sus innovaciones a que el mundo, incluyendo pobres y ricos, sea hoy más rico que antes.

Un error craso de los comunistas fue ver la riqueza como un trozo de pan estático, donde mi parte disminuye en la misma proporción el trozo que dejo a los demás. Su visión era pues distributiva y no productiva. Ignoraron lo que Adam Smith había visto muchos años antes; que el origen de las riquezas modernas no es la expoliación de los demás, como sería el botín de los piratas, sino la inventiva y diligencia de los individuos en sistemas de intercambios libres.

Los gobiernos que so pretexto de favorecer a los pobres han hostigado a sus empresarios, dificultando la inversión, penalizándolos con impuestos confiscatorios, restándoles libertad de contratación, o favoreciendo a unos sobre otros, son los que menos han avanzado en la lucha contra la pobreza. Por el contrario, aquellos que han facilitado la iniciativa empresarial, alentando la inversión, permitiendo la generación y disfrute de utilidades, asegurando un amplio marco de libertad comercial y económica, y creando marcos legales imparciales y estables, donde la competitividad —y no el favor del Estado, o las coimas— determinan el éxito, son los gobiernos donde el pobre ha subido más. Los gobiernos que más han facilitado al grueso de sus ciudadanos hacer riquezas son los que mejor han combatido la pobreza.

Las culturas de las sociedades más prósperas no han sido las que han tratado a sus emprendedores exitosos como villanos, sino como héroes cívicos; aquellas donde ser rico no es visto como señal de codicia, sino como resultante del trabajo honesto y creador. Es obvio que una cultura tal sólo puede construirse cuando se evita el enriquecimiento ilícito. Las riquezas fáciles, producto de la trampa o los abusos del poder, del favoritismo o los monopolios, subvierten y trastocan profundamente los valores y convierten en estigma lo que debería ser motivo de distinción. Por eso, otro prerrequisito para que suban los pobres es la honradez pública —a la cual pertenece la justicia oportuna e imparcial, que no consiente la impunidad.

Cuando se dan estas condiciones la prosperidad del rico no daña sino que beneficia al pobre. Es cierto que con desafortunada frecuencia ciertos grupos se enriquecen mucho mientras otros se quedan muy atrás. El remedio para esto no es poner anclas en los que suben más rápido sino el esfuerzo esmerado de los poderes públicos, y de quienes tienen más, de asegurar oportunidades de progreso a quienes avanzan más despacio. Esto exige solidaridad y generosidad. Pobres y ricos tienen mucho que ganar cuando la dialéctica de la confrontación deja el lugar a la dialéctica de la cooperación y cuando la responsabilidad social distingue también a los exitosos. Arriba pobres, arriba ricos, ¡arriba todos!

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