El acto fue más vistoso que otros años, con un poco menos de desorden, pero el discurso abundó en más de lo mismo: populismo común y corriente, caliente retórica antiimperialista y sometimiento a Hugo Chávez.
La política exterior del gobierno sandinista se caracterizó en el primer medio año por la improvisación y no mostró ninguna visión clara ni estrategias bien definidas, perceptibles en sus acciones.
Con una excepción: la posición internacional del país está totalmente alineada con Venezuela. El discurso del presidente Daniel Ortega y la presencia de Chávez, el invitado estrella, lo confirmaron anoche.
Esa sumisión al caudillo venezolano únicamente confirma la histórica dependencia de Nicaragua de potencias foráneas para establecer un orden interno.
Como el elemento más novedoso del acto del 28 aniversario de la revolución podría únicamente mencionarse el anuncio de que más de seis mil Consejos del Poder Ciudadano se han formado. Reúnen ya a medio millón de ciudadanos, de acuerdo con la Primera Dama y secretaria de Comunicación, Rosario Murillo.
Los CPC van, nos guste o no al resto —la mayoría— de los nicaragüenses. Serán un foco de tensión social si la oposición parlamentaria cumple con su amenaza de suprimirlos.
Pero volvamos a la política exterior.
En su alocución, Ortega cargó contra “el imperialismo”, “el capitalismo salvaje” y hasta contra “el colonialismo europeo”, términos que bien podrían hallarse en cualquier otro discurso del 19 de julio de los ochenta o los noventa.
Pese a no llegar todavía al punto de proclamar “el socialismo del siglo XXI” chavista —probablemente el comandante presidente y su esposa estiman que aún no es el momento—, la tercera venida del líder venezolano en siete meses sirvió de oportunidad para endurecer la retórica.
Desde luego, Chávez —cuyo discurso fue ... ¡realmente breve!—, vino no sólo para usar una magnífica tribuna para sus diatribas, sino también de negocios. Hoy pondrá en León la primera piedra de la refinería que prometió desde su primera venida de este año, una inversión de 2,500 millones de dólares.
Por fortuna, y a pesar de lo que diga Ortega, las relaciones con Estados Unidos están a un nivel aceptable. Aún.
“Tenemos una relación de trabajo satisfactoria”, dijo en estos días el embajador estadounidense Paul Trivelli. El diplomático reiteró que “nuestro compromiso es con el pueblo nicaragüense”.
Estados Unidos sigue siendo nuestro principal mercado y socio comercial , y un importante cooperante. Siguen los programas de la AID y se mantiene la ejecución del programa Cuenta del Milenio.
Si bien vocifera contra el malvado capitalismo, Ortega no ha tomado medidas contrarias al DR-Cafta. Aunque el caso de las extorsiones en Tola proyecta un mal mensaje para los inversionistas.
Se ha dado muestras de pragmatismo económico. Un buen ejemplo es la firma del programa económico con el FMI, el cual, junto al Gobierno de EE.UU., es uno de los demonios más odiados del neopolulismo latinoamericano, los globalifóbicos y de las variopintas corrientes de la izquierda radical mundial.
Gracias a ese acuerdo, se podrá actualizar la cooperación de los donantes europeos, quienes han discutido en las últimas semanas la continuación de la ayuda. Hay una pequeña espina: algunos países demandan el restablecimiento del aborto terapéutico, un escandaloso retroceso en derechos humanos para ellos.
Con Europa, seguimos sin problemas junto al resto de Centroamérica en el proceso de preparación para negociar un acuerdo de asociación.
Vamos a Irán. Es perfectamente entendible la estrecha relación con Chávez. Pero ningún análisis lógico explica el sentido de la cercanía con Irán, un país cuyos intereses estratégicos están demasiados lejanos de los nuestros. La única explicación posible es que esa amistad es una parte del precio político que el clan Ortega-Murillo le paga a Chávez por su generosidad.
Irán es un país enfrentado al Consejo de Seguridad de la ONU y a las principales potencias por su programa nuclear. Algunos observadores diplomáticos estiman que quizás el apoyo de Nicaragua en foros mundiales a Teherán no signifique el fin de la ayuda al desarrollo, pero sí empaña la imagen del país como adherente a una causa dudosa.
Irán no condona la deuda nicaragüense y por unas decenas de tractores o buses, no vale la pena vender el alma al diablo. En Venezuela, Irán tiene inversiones de miles de millones de dólares en petróleo y en fábricas de tractores, autos y bicicletas. ¿Pondrán unas aquí?
En cuanto al tema de Taiwán, Ortega fue ayer ambiguo, pues no confirmó si romperemos relaciones con Taipei o si las restableceremos con China. Criticó a los inversionistas taiwaneses por tener “más de dos mil millones de dólares” en la China Popular.
El 71 por ciento de las inversiones taiwanesas está en China y la vicepresidenta Annette Lu pidió ayer a las empresas de alta tecnología invertir en los países aliados y no “jugarse todo a una carta”.
Ortega dijo que le interesaban las relaciones con ambas partes —un imposible en la diplomacia—. Pero como sucede con casi todo, lo único que queda demostrado es uno de sus principales atributos: la ambigüedad.