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“La democracia es solamente una fachada”
Francisco Javier Gutiérrez

El 19 de julio debe hacernos reflexionar a todos los nicaragüenses que es posible recuperar el país, así como lo recuperamos hace 27 años de las manos de Somoza. N o podemos seguir diluyendo la culpa entre todos, porque así nadie es culpable.

En la democracia del infierno para muchos y del paraíso para pocos, los nicaragüenses en su mayoría sobreviven en la pobreza sofocados por el peso de la corrupción política, el desempleo y la violencia social. No parece haber razones para celebrar el 19 de julio, pero el pueblo siempre festeja, no importa que la fecha sea el recordatorio formal de la que sin duda ha sido su fantasía política más deslumbrante y al mismo tiempo la que resultó ser en el fondo la más negra de todas.

“La democracia es solamente una fachada”, advierte José Saramago. La frase retrata a casi toda América Latina y en especial a Nicaragua, un país que con sus riquezas naturales bien podría satisfacer las condiciones óptimas de vida de su población, pero que gracias a la corrupción de sus líderes políticos continúa disputándose en el cuadrilátero regional, con Haití, el vergonzoso campeonato continental de la pobreza.

La voracidad de la huaca de Alemán opacó la piñata de Ortega y entre ambos superaron el saqueo del país, ejecutado durante medio siglo por la familia Somoza. Son los últimos eslabones de una larga y pesada cadena de robos que impunemente han frenado el desarrollo económico de Nicaragua, desde que en 1527 don Pedrarias Dávila, especialista en genocidios indígenas y otros tormentos, engendrara esta casta de gobernantes de rapiña que hoy no escupen el plato donde comen juntos. Viendo tanta impunidad uno puede entender mejor por qué los franceses decidieron decapitar a María Antonieta.

A inicios de los ochenta la revolución sandinista contó con el respaldo internacional de casi todo el mundo y a lo interno la mayoría del pueblo se volcó, en un esfuerzo sin precedentes por cumplir las tareas que proponía la dirigencia sandinista de la época. Los artistas le dedicaron sus obras, los obreros y campesinos su producción, los intelectuales sus ensayos y los jóvenes sus vidas, todo por la revolución, una revolución generosa que proclamaba el pluralismo político, la libertad y la justicia social. ¿Quién podría resistirse?

Las bondades democráticas se fueron esfumando junto al apoyo mayoritario del pueblo; el pluralismo político se convirtió en un partido único que pretendió lo imposible: uniformar el pensamiento, la cultura y hasta los sueños de la sociedad, se permitía soñar pero en rojo y negro; la justicia social se transformó en un eterno sacrificio para el pueblo; los líderes del FSLN que nunca probaron esos sacrificios, adaptaron con asombrosa rapidez sus principios revolucionarios a la opulenta forma de vida que el poder les brindó.

No sólo hicieron que el país perdiera lo que hasta hoy ha sido su mejor oportunidad histórica para salir de la pobreza, sino que además lo arrastraron a una guerra que sabían iba a destruirlo y que al final terminaron negociándola en la misma mesa donde pudieron evitarla desde el inicio, pero no asistieron a la negociación con la conciencia de no seguir sacrificando la preciosa sangre de miles de jóvenes caídos en combate, fueron a negociar la paz bajo la sombra de su arrogancia política, convencidos de que el pueblo no les iba a pasar la factura.

El 19 de julio debe hacernos reflexionar a todos los nicaragüenses de que es posible recuperar el país así como lo recuperamos hace 27 años de las manos de Somoza, no podemos seguir diluyendo la culpa entre todos, porque así nadie es culpable, de esa manera todos formamos parte de la misma hipocresía, de la corrupción que nos atrapa, tenemos que reaccionar para que nuestros hijos que hoy ya no tienen oportunidad la recuperen y para que las generaciones futuras tengan una patria, una identidad nacional, un hogar donde sentirse libres y con posibilidades de hacer una vida exitosa.

Tres derrotas electorales consecutivas demuestran que la mayoría del pueblo nicaragüense sabe quién es Daniel Ortega. Ganar las elecciones como las ganó fue como acertar en el blanco, pero sin tomar distancia del mismo, no tuvo ningún mérito, no tomó la medida de su propio valor político, la campaña electoral de la señora Murillo con sus colores de jarabe estomacal y la repetición talibana del discurso seudorreligioso de reconciliación fue tan ridícula como los actos de la toma de posesión. No sumaron votos, no destruyeron el pasado. Hay una frase de Borges muy oportuna para los que hoy pretenden borrar el pasado: “el pasado es indestructible, tarde o temprano las cosas vuelven y una que siempre vuelve, son los intentos inútiles de quererlo destruir”.

El autor es Ecólogo

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