Decía el general MacArthur que nada sustituye a la victoria. Y es cierto. No hay cómo ganar, pero hay triunfos que hacen daño. Ocultan el defecto, mientras sobredimensionan las virtudes.
Aún no he realizado una encuesta, pero tengo la percepción que hay cierta conciencia entre los aficionados, en relación con la crisis que sufre el beisbol nacional y que no podrá ser cubierto ni por una medalla.
Es decir, ojalá que se gane una medalla, pero eso nos puede llevar al engaño de creer que estamos bien. Si se atrapa una, debemos aplaudir a los muchachos. Han batallado duro, pero hay que comenzar a pensar en lo que se debe hacer para salir del atolladero.
Ahora, si regresan sin medalla, tampoco es para colocarlos contra la pared y acribillarlos. Ahí hay gente que se ha partido el alma por el equipo, que siempre se ha entregado al máximo y que merece respeto, más allá de lo que suceda hoy.
El blanco de la mayoría de nuestras críticas ha sido la Feniba. Y se lo ha ganado pero depende de su actitud ahora, para convertir la crisis en una oportunidad para crecer. Necesita humildad para escuchar y cambiar.
La Feniba necesita comprometerse con el futuro del beisbol, aún en medio de las limitaciones y el escaso respaldo que se tiene.
Debe reorientar su esfuerzo hacia las ligas menores, establecer alianzas para enviar a capacitar entrenadores y batallar para mejorar su credibilidad.
Hoy, ante la posibilidad de una medalla, no nos podemos llamar a engaños. La crisis es seria y requiere de una atención seria.