Parecía que en las sociedades del mundo occidental del siglo recién pasado habían desaparecido las monarquías y que las que habían sobrevivido era porque se habían modernizado; no obstante, la sociedad cubana bajo el comandante Fidel Castro —quien pronto cumplirá 50 años de ejercer el poder absoluto sobre sus conciudadanos— es una muestra típica de un sistema administrado por un rey, sultán o emperador, en el que una sola (y única) persona encarna, representa y ejerce el poder (todas las expresiones y manifestaciones de poder) que puedan existir en un Estado en forma vitalicia y transferible a miembros de su familia.
La gran diferencia entre el ser humano y el resto de animales y expresiones de vida en el planeta Tierra es la inteligencia del primero frente al resto, por ende, se espera que también exista una gran diferencia entre el sistema de la sociedad que rige la existencia de estos últimos y el de las criaturas humanas, pero aparentemente no es así en algunos países desventurados como Nicaragua, como se verá más adelante.
La familia Somoza mantuvo lo que tradicionalmente se ha conocido en la América Latina como dictadura, pero lo que el régimen sandinista desplegó en la década de los ochenta fue un totalitarismo nunca antes sufrido por el pueblo de este país mártir. Es cierto que hubo una revolución que en muchos aspectos fue como darle vuelta a un calcetín, pero la tragedia radicó en que todo fue para empeorar la situación de la gran mayoría de la población y de la nación misma. Como de costumbre, lo único que no cambió fue que los que detentaban el poder sí que mejoraron fabulosamente su propia situación económica, política y de poder total. El que siempre pierde es el pueblo, por el cual se dice luchar. ¡Cuánta falacia!
O sea, que la clase de revolución por la que algunos individuos estrafalarios propugnan es más bien el retroceso en la historia. En vez de proponer una revolución lo que proponen es una involución mayúscula.
Por eso es que resulta insólito que en este siglo XXI todavía subsistan “políticos” que pretenden reducir a la especie humana ni siquiera a siglos pasados —cuando era normal que se sometiera a los pueblos bajo la tutela de emperadores, zares, reyes, etc.— sino rebajar a la persona a la categoría de abejas u hormigas. ¡Sólo falta que en la bella y desconsolada Nicaragua se instaure el modelo de la abeja reina, rodeada de un montón de zánganos!
Aunque el ser humano se acostumbra a todo, si se quiere disfrutar de una sociedad moderna se tiene que contar con el consenso libre y democrático de la mayoría, que es lo que hace la diferencia. Mientras el ciudadano no desarrolle la inteligencia —o siga recibiendo adoctrinamiento sectario— no podrá desarrollar sus propios criterios y no podrá madurar políticamente, por consiguiente no se podrá modernizar el aparato político ni podrá haber progreso humano.
No obstante, no basta con estar consciente de la situación y denunciarla, sino que hay que pasar de las palabras huecas a la acción significativa y efectiva. Sólo con la creación de un verdadero poder democrático se puede detener al poder totalitario en ciernes. ¡Acción es la palabra mágica! He aquí el desafío no sólo de los partidos políticos, sino de toda la sociedad nicaragüense.