Una persona puede asumir determinada postura sólo por conveniencia, sin estar comprometido sinceramente con ella. Por ejemplo, hay religiosos por conveniencia, políticos por conveniencia, revolucionarios por conveniencia y la lista puede extenderse ilimitadamente. En efecto, hay individuos que adoptan la religión de otra u otras personas para conseguir algún propósito determinado, pero no porque dicha religión signifique algo para ellos; de modo que una vez que consiguen su objetivo, vuelven a ser lo que siempre fueron. Y también hay políticos que se van de un partido con el que no han conseguido nada de provecho personal, hacia otro con el que consideran que pueden ascender en la escala de sus ambiciones. De tal manera que ese tipo de político a veces se siente conservador, otras, liberal y, de vez en cuando, incluso revolucionario radical.
En el caso de los “revolucionarios por conveniencia”, la historia ofrece numerosos ejemplos. Son personas que esgrimen la bandera de la defensa de los pobres y de las libertades democráticas hasta que consiguen su propósito de sentarse en la silla del viejo dictador. Una vez allí, reproducen —con ligeras variantes— el estilo de vida y de gobierno del tirano derrocado. Fidel Castro, de Cuba, es uno de ellos. Combatió contra el dictador Fulgencio Batista a finales de los años cincuenta del siglo pasado y lo derrocó el 1 de enero de 1959. Desde entonces no permitió rivales. Encarceló a los opositores. Terminó con la libertad de prensa. Creó un Ejército y una Policía a su servicio. Fomentó el culto a la personalidad y el servilismo y en enero pasado cumplió 48 años de estar en el trono presidencial , de donde sólo podrá levantarlo la muerte. ¿Dónde quedaron los ideales de democracia, de respeto a las libertades y a los derechos de las personas que proclamaba Fidel Castro cuando luchaba contra Batista? En la conveniencia.
Lo mismo se puede decir de Daniel Ortega y de otros comandantes de la revolución sandinista de los años ochenta. Dirigieron la guerra contra la dictadura de Somoza, la cual por 40 años oprimió al pueblo e impidió el funcionamiento de la democracia. Ortega y los demás “revolucionarios” prometieron democracia, libertades y desarrollo económico. El régimen somocista fue derrocado y ¿qué pasó después? La cúpula del FSLN concentró todo el poder y organizó un régimen dictatorial para perseguir, encarcelar y exiliar a los disidentes, y en algunos casos —como el de Jorge Salazar— incluso para eliminarlos. El régimen sandinista de los años ochenta censuró y cerró medios de comunicación. Violó derechos y garantías de los ciudadanos. Quebró económicamente al país al grado de que este no ha podido alcanzar la bonanza económica, la calidad del servicio de salud y de educación pública que tuvo entre 1965 y 1975.
La diferencia entre Daniel Ortega y Fidel Castro es que el primero se vio obligado a conceder elecciones libres, en parte porque estaba acosado por la guerra y la resistencia cívica interna, lo mismo que por la presión internacional y porque, además, su enorme ego no le permitió prever su derrota. Los dictadores llegan a creer —debido al gran número de aduladores que tienen a su servicio y a su alrededor— que son en realidad muy populares. Y ahora Ortega cree que volvió a la Presidencia de la República por el respaldo popular, cuando sólo fue porque Arnoldo Alemán se lo facilitó, por conveniencia personal, con la fórmula electoral del 35 por ciento.
Otro “defensor de los pobres” por conveniencia es el teniente coronel Hugo Chávez. Su caso es especial porque él, sin jamás haber sido en ningún sentido un revolucionario, propugna ahora una revolución a la que llama “bolivariana” pero que no es más que otra vulgar dictadura disfrazada de legalidad, por medio de la cual busca envejecer gozando de las mieles del poder. Chávez reprime y atemoriza a la población y teniendo de su lado a todos los miembros del Poder Legislativo venezolano, pretende reelegirse indefinidamente. Todo eso por “la defensa de los pobres”.
Aquellos que menosprecian la inteligencia de la gente no aprenden la lección de que no la pueden engañar todo el tiempo, que la mayoría de los ciudadanos se cansan de ellos y de sus discursos demagógicos y que llega el momento en el que los quita de encima, como ya los nicaragüense se sacudieron la primera vez a Daniel Ortega.