Quincy Jones, ese formidable músico, cuya versatilidad le permitió trabajar con igual eficacia junto a Frank Sinatra o Michael Jackson, que conduce o compone y que produjo el sencillo más vendido de la historia, ese que alguna vez “tarareamos”: We Are The World, tiene una frase que siempre me ha encantado.
“La edad de una persona puede determinarse por el grado de dolor que experimenta cuando entra en contacto con una idea nueva”, dice Jones.
En el deporte nacional y en todo el sistema del que se ha hecho rodear, son brincos los que se pegan cuando se habla de cambios. Es natural. La estructura es vieja y nada mejor que dejar las cosas como están porque es lo que conviene a nuestro interés.
El cambio implica crisis entre viejos métodos, que ya no son funcionales, pero de los cuales se rescata lo que aún puede ser útil y las nuevas variantes que han de dinamizar el proceso.
Pero aquí existe una tenaz resistencia a los cambios y se recurre a la excusa de nuestra improductividad histórica, para justificar la ineficacia actual.
El punto es, ¿estamos condenados a tener que resignarnos a seguir siendo malos? ¿Debemos seguir viajando a los torneos aunque terminemos en el último puesto?
Este es un país empobrecido, con necesidades más urgentes que el deporte, pero eso no justifica que no debamos aspirar a salir algún día de tanta calamidad. Si pensamos de esa forma, hemos estado perdiendo el tiempo y ocupando un lugar que no nos merecemos.
Seguimos quedando mal en los torneos, porque hemos trabajado mal en la etapa previa, porque seguimos haciendo lo mismo.
Y tenemos que revisarnos todos. Desde dirigentes a atletas, pasando por activistas y por supuesto, nosotros, que muchas veces parecemos más asesores de imagen o relacionistas públicos, que periodistas.