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No puede ni con los de Nicaraguay va con los pobres del mundo
Pedro J. Chamorro B.
El autor es periodista, diputado a la Asamblea Nacional por la ALN.

La ironía política que se traduce de la

frase anterior es devastadora. Fue la sabia respuesta de una joven universitaria cuando le preguntaron en una encuesta del programa televisivo Esta Semana, sobre qué pensaba del nuevo lema del presidente Ortega “arriba los pobres del mundo”, propaganda que se destaca en grandes rótulos con la foto de Ortega con su puño en alto, que plagan nuestras calles y carreteras.

En los años ochenta también Ortega gobernó por decretos y consignas revolucionarias, recordamos la mas ignominiosa de todas ellas: “Dirección Nacional Ordene”, que es algo así, en su equivalencia del socialismo del siglo XXI: “El Pueblo Presidente”. Una consigna aparentemente inofensiva, pero que en realidad encierra un trasfondo autoritario.

Si el pueblo es presidente y Ortega es el pueblo, entonces no tiene que obedecer a nadie, ni a la ley, porque la ley es el pueblo, como en los años ochenta, cuando no había una ley que cubriera sus confiscaciones, decía que “la revolución es fuente de derecho”, o sea, “el Estado soy yo”.

Para que los pobres de Nicaragua estén arriba, tienen que dejar de ser pobres y para que dejen de ser pobres se necesita un gobierno que atraiga la inversión nacional y extranjera para crear nuevas oportunidades de empleo, es decir, crear más riqueza. Pero en estos primeros seis meses, con su doble discurso el propio Ortega se ha encargado de alejar esas posibilidades al manejar un discurso confrontativo con Estados Unidos y otros países aliados.

En lugar de seguir el ejemplo humilde y muy cercano de nuestros vecinos del sur, que han logrado notables avances económicos gracias a una política de nación responsable, Ortega se empecina en revivir conflictos con Estados Unidos y establecer alianzas estratégicas con países como Irán y Venezuela, que no nos van a ayudar a que los pobres de Nicaragua mejoren su condición y estén arriba en la escala de desarrollo económico y social, pero sí nos podrían exportar sus conflictos globales.

Pero Ortega nos promete más: en su neodemagogia revolucionaria promete que llevará la bonanza a todos los pobres del mundo. Chávez con mucho más recursos no ha podido con los pobres de Venezuela. Ahmadinejad no ha podido con los pobres de Irán, Bush no ha podido con los pobres de Estados Unidos.

No obstante, el pueblo no se engaña, porque no vive y no come con las consignas populistas, que se repiten como loros en todos los países cuyos gobernantes al no tener fórmulas realistas para llevar el progreso a sus pueblos, recurren a la palabrería, a la ilusión y el engaño.

Quizás el mayor problema que enfrenta el presidente Ortega radica en que en estos 16 años de gobiernos democráticos se acostumbró a “gobernar desde abajo”, o sea, torpedeando todos los esfuerzos de estos gobiernos de que nuestro país progresara, y no le quedó tiempo para aprender a gobernar desde arriba.

La época de vender promesas electorales grandiosas para ganar el voto ya pasó: cero desempleo, cero hambre, cero pobreza. Llego la época de gobernar con responsabilidad, con respeto a las instituciones democráticas de Nicaragua y con respeto a la inteligencia popular que no se traga las consignas revolucionarias desfasadas.

La estrategia del presidente Ortega para erradicar la pobreza es clara: crear contra viento y marea los Consejos de Poder Ciudadano para deslegitimar la única institución de representatividad democrática que no controla: la Asamblea Nacional. Así si un día la decisión del primer poder del Estado le fuere adversa, la podrá anular de facto con los famosos “Consejos”, para hacer lo que le venga en gana. No obstante, este conflicto entre poderes que podría resultar no contribuirá a que los pobres del mundo estén arriba y seguramente los de Nicaragua serán más pobres.

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