Por su formidable repunte económico, muchos, si no todos los países del mundo, quieren negociar con China comunista. Economías de todos los tamaños —desde Estados Unidos hasta Costa Rica— se disputan su amistad comercial. Puesto que China exige que sus socios no reconozcan a Taiwán como país independiente, Costa Rica rompió relaciones diplomáticas con Taipei. A esto, algunos políticos y empresarios llaman pragmatismo. Y aunque es cierto que en política internacional, los gobiernos deben tomar decisiones que favorezcan económicamente a sus pueblos, no es menos cierto que hay un límite entre pragmatismo e inmoralidad. De modo que a pesar de lo beneficioso que resulta negociar con China, la comunidad internacional no debe cerrar los ojos a la naturaleza totalitaria de su régimen político. China es un país denunciado internacionalmente por numerosas violaciones a los derechos humanos y a las libertades individuales —incluyendo la libertad de prensa, que no existe del todo en ese país— y esta situación no ha cambiado. El régimen comunista chino se mantiene intacto.
Uno de los escándalos más grandes que han envuelto a China comunista es la explotación laboral de niños. En el 2005, Megan Grau publicó un artículo en el que hacía referencia a un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), según el cual de los 250 millones de niños entre 5 y 14 años que trabajan en países en desarrollo, el 61 por ciento, o sea 152 millones y medio, está en Asia. Y de esos, varios millones trabajan en China en condiciones infrahumanas.
Según la ley, la edad mínima para trabajar en China es 16 años. Como ocurría con los obreros de las fábricas en los Estados Unidos a finales del siglo XIX, las condiciones de trabajo de los niños chinos son deplorables. Hay capataces que los vigilan durante jornadas laborales de doce horas en las que apenas tienen tiempo para comer y hacer sus necesidades. Duermen amontonados en barracas donde ponen a dos de ellos en un mismo camarote. Les pagan el salario que los dueños de las fábricas quieren. No les reconocen prestaciones sociales, como aguinaldo y vacaciones. La meta es exprimirlos para sacar de su mano de obra tanta ganancia como sea posible. Por otro lado, el represivo sistema político chino impide que las organizaciones internacionales investiguen este tipo de esclavismo.
Extraoficialmente se sabe que los niños son utilizados especialmente en la industria pirotécnica, o sea la fabricación de productos de pólvora. Debido a esto se han reportado muchos accidentes causados por explosiones en fábricas, como una de la ciudad de Hebei, donde algunos niños han muerto o han quedado mutilados. También en Qingpu hay una fábrica textil donde, según periodistas internacionales, se emplea a niños de 12 a 15 años llevados de otra provincia. De igual manera, niños chinos son utilizados para trabajar en la industria de juguetes, de materiales deportivos, juegos, etc. Según el Departamento de Estado de EE.UU., en algunas provincias chinas la deserción escolar de niños de entre 12 y 15 años que van en busca de trabajo es hasta de 9 por ciento, lo cual, considerando el volumen de la población china, representa una cantidad enorme de niños trabajadores.
El negocio de emplear niños produce ganancias tan fabulosas en China, que en ese país operan mafias que los raptan para esclavizarlos. Este fue el caso de muchos niños que fueron recientemente rescatados de una fábrica de ladrillos en Linfen, provincia de Shanzi cuyas dolorosas imágenes recorrieron el mundo. Liu Cheng, profesor de Derecho de la Universidad Normal de Shanghai, dijo a un periodista del International Herald Tribune: "Mi primera reacción es que esto parece un ejemplo típico de alianza entre el Gobierno y los productores privados. El trabajo forzado en China es ilegal pero a algunos gobiernos locales no les importa mucho".
La esclavización laboral de los niños obreros en China es una lacra de la humanidad y , por lo tanto, un asunto de competencia internacional. Por eso, a la hora de hacer tratados comerciales con ese país, los gobiernos democráticos deberían de tener la decencia de poner el tema sobre la mesa. De otra forma, se convierten en cómplices de este abuso.