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Alegoría de una plaza destruida
Mario Alfaro Alvarado
El autor es periodista

En la Segunda Guerra Mundial los dos dictadores feroces de Europa enfrentaron sus ego poseídos por la hiperfrenia por el nombre de una ciudad. Hitler quería borrar el nombre de Stalingrado y Stalin se opuso con empecinamiento. Stalingrado cambió su nombre cuando ninguno de los dos dictadores ya existían. Para Hitler, Stalingrado fue el ideal de la destrucción del comunismo y para Stalin, el triunfo del marxismo-leninismo sobre el mundo.

En esta pequeña república cafetalera, dos dictadorzuelos pigmeos están dando el mismo espectáculo por el nombre de una plaza en el centro histórico de Managua. Para uno de ellos la plaza es el símbolo del poder absoluto sobre el país; para el otro cambiarle la fisonomía es la confirmación perpetua del liberalismo sobre Nicaragua y los nicaragüenses.

Con un simulado antisandinismo, Alemán obtuvo los votos para ganar la Presidencia de la República. Luego mandó a transformar la plaza donde Ortega y el sandinismo proclamaron la conquista del país para una ideología extraña. Más tarde, incapaz de enfrentar al sandinismo con un régimen honesto y democrático, optó por repartirse el poder con su oponente y así nació el pacto execrable por el cual Ortega regresó al poder.

Vuelto a la Presidencia, Ortega tomó la revancha y mandó a arrasar la plaza: fuente luminosa, jardines, muros, verjas, todo hasta no dejar nada. La construcción de todo eso costó dinero al pueblo de Managua; la destrucción de lo construido también cuesta dinero al pueblo de Managua. Pero a ellos, los dictadores absolutistas, nada les importa el dinero de los que trabajan y lo dilapidan en pendencias políticas.

Mientras el país se desintegra por el acoso de grandes problemas que ningún partido ha tenido interés de enfrentar seria y responsablemente, mientras se descubren los tentáculos de una corrupción protegida, mientras la incertidumbre y las amenazas de expropiación ahuyentan las inversiones, tan necesarias e insustituibles para que el país salga de la inopia y el narcotráfico amaga con entusiasmo por el defectuoso sistema judicial; el nuevo gobernante ocupa su tiempo para estrechar amistades con los regímenes antidemocráticos, los que crean ilusiones y los que alientan el terrorismo internacional.

Condenado a 20 años por delitos comprobados de corrupción y sustracción de dinero público, Alemán se mueve libremente por todas partes predicando una falsa unidad liberal, unidad de la que él será el administrador y podrá negociarla. En nombre de la unidad liberal, Alemán y sus obsecuentes seguidores encubren la verdadera intención: negociar una amnistía para el gran culpable, que al quedar “limpio” de mácula pretenderá volver a la Presidencia, como se acordó en el pacto con Ortega.

Signos ominosos están surgiendo en las filas de la disidencia liberal, de la ALN. Son voces que presagian una vuelta al corral arnoldista, justificada en una unidad liberal que nunca ha dejado de ser una mentira, un engaño. La unidad liberal de Arnoldo disfraza su intención de negociar su propia amnistía y lo está haciendo con la ayuda de su socio en el pacto. Daniel Ortega sabe que la mejor forma de domeñar a una población deseosa de paz, estabilidad y progreso para volver a los días oscuros de escasez y de miedo, es manteniendo una oposición dividida, engañada continuamente por la unidad del liberalismo.

¿Qué se puede esperar de estos pronósticos infaustos? Nada bueno para Nicaragua, todo lo malo para la población que trabaja duramente y con honestidad para medio vivir; lenidad para los fraudes, abusos y extorsiones; y en fin, el delito generalizado y lenificado. Hacia eso conduce la campaña arnoldista de la fraudulenta unidad del liberalismo.

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