“Arrancones” ilegales toman fuerza en la capital
Sábado 30 de junio. Once de la noche. Las gasolineras de la primera entrada a Las Colinas, en Managua, están atestadas de jóvenes. Hay entre 250 y 300 personas.
Más de medio centenar de motocicletas de todos los tipos y marcas posibles son estacionadas, y otro tanto de vehículos de diferentes marcas ocupan el estacionamiento del local y sus alrededores.
El alcohol, las cervezas, los cigarrillos y la comida chatarra son consumidos por los asistentes a este evento, que se realiza de sábado a sábado en el mismo lugar, con los mismos protagonistas pero con la ausencia y sin el permiso de la Policía Nacional.
El tráfico es interrumpido. La muchedumbre se agrupa en la carretera, unos lanzan botellas de cervezas o envases vacíos de agua. Otros gritan. Hay mucha adrenalina. Al que protesta lo abuchean y le dan golpes a sus vehículos para que se vaya del lugar. A esta hora no hay control, no hay ley, ni agentes del orden para imponerla. Es la ley de los corredores.
Otros dan rienda suelta a sus gustos y por los altoparlantes de sus vehículos se escuchan diferentes tipos de música que se entremezclan entre reggaetones, bachatas y música ranchera que escuchan mientras degustan tragos nacionales o cervezas que están servidos en las corazas y toldos de los automotores o en el asfalto del parqueo de las gasolineras.
HORA DE CORRER
“¿A qué hora empiezan las carreras?”, consultamos a uno de los asistentes.
“En cuarenta minutos”, responde, sin titubear.
Pero el cálculo del parroquiano se quedó corto. Bajo el puente peatonal que ha construido una de las empresas de publicidad del país para instalar los anuncios de sus clientes, se estaciona un grupo de motociclistas. Hacen ronronear el motor de sus “animalas metálicos”, y de manera improvisada uno de los asistentes al lugar hace el papel que le correspondería a un árbitro y con una bandera rojinegra da el banderazo de salida a los corredores que aceleran a fondo rumbo a la rotonda Jean Paul Genie, donde está la meta imaginaria. La distancia no pasa de los dos kilómetros.
La multitud se emociona, grita, eufórica, exaltando a los que toman la delantera, y lanzan improperios contra los corredores menos experimentados por no dar un buen espectáculo, aunque sea gratuito.
“Esos majes son una v…”. “Sólo escándalo es con esa moto ese maje (de la moto azul), no corre nada”, dice uno de los jóvenes asistentes al evento y acto seguido se atraganta un vaso de cerveza y después da un fuerte jalón al cigarrillo que lleva entre los dedos de su mano izquierda.
Inmediatamente después de la salida de las motocicletas, se estaciona un vehículo en el mismo lugar de donde partieron las motos.
Hacen crujir el motor de sus vehículo inyectando en repetidas ocasiones el acelerador en señal de reto a cualquiera que quiera correr.
De entre la multitud sale otro vehículo se estaciona a la par del retador, ruge el motor en repetidas ocasiones , y otros jóvenes entusiastas les dan el banderazo de salida.
NOCHE DE CARRERAS
Las escenas se repiten de manera perenne durante varias horas de la noche y la madrugada.
“Es que se siente sabroso desplazarse en una de estas máquinas. Te sentías volando, acariciando el cielo”, dijo Javier, un joven que acaba de culminar una carrera.
En el transcurso del tiempo, entre piruetas de motociclistas y un joven rapado que se aventura a viajar en la tapa del motor de un automóvil, pasan los vehículos atestados de simpatizantes sandinistas que regresan de Masaya tras participar en El Repliegue.
También pasan patrullas policiales y buses repletos de policías antimotines que regresan de Masaya y pese a que la gente obstruye el paso vehicular y que abuchean y hasta les lanzan insultos, latas de cervezas y otros objetos, estos pasan raudos por el lugar.
SE ACABÓ LA FIESTA
A eso de las 1:30 de la madrugada, cuando el nivel de adrenalina estaba en la cúspide de la multitud, pasaba una camioneta, color rojo, marca Mitsubishi, con seis policías a bordo. Igual que al resto de patrullas y policías que habían pasado antes, la multitud allí concentrada los abucheó, les lanzó latas de cerveza, agua, y otros objetos.
El vehículo se detuvo poco a poco, los policías se bajaron, desenfundaron sus pistolas y caminaron hacia el gentío. Un capitán de apellido Moreno, que no es patrullero sino oficial de Seguridad Personal, venía al mando de la patrulla. Era la avanzada de la escolta del presidente Daniel Ortega, quien media hora más tarde pasaría por el lugar retornando de Masaya a Managua, tras editar su repliegue número 28.
“Allí vienen los perros”. “Llegó la Ley”, “Malditos”, gritaban los asistentes al evento, mientras emprendían una carrera sin freno hacia sus vehículos y motos y se desparramaban por las calles de Las Colinas en una desbandada desordenada.
COSA DE SÁBADOS
“Esto es todos los sábados. Esta es una nueva generación de corredores. Es una expresión de libertad y de exigencia de un lugar donde se pueda correr porque existe una necesidad de que las autoridades construyan un velódromo en Managua”, expresó Jairo, uno de los primeros corredores ilegales de Managua, que ahora dice estar compitiendo en carreras internacionales en Honduras.
“Si hay algo que reconocerle a este Gobierno, en esta materia, es que no detienen a nadie por estas carreras. Antes, con los anteriores Gobiernos, la Policía venía, hacía una redada y se llevaba presa a un montón de gente, pero ahora sólo vienen, dispersan y todo mundo se corre o sale tranquilo”, agrega Jairo.
Julio, quien estuvo corriendo en varios “heats” en su moto “Pulsar”, dice que los corredores, aunque ilegales, han sido responsables. “Nadie de los que está corriendo hoy ni en los sábados anteriores toma. Tal vez lo hacen después, pero durante las carreras no”, indicó.
Sin embargo reconoce que el sábado anterior a este 30 de junio un “chavalo que andaba bolo se estrelló y probablemente se quebró la columna o algo así”.
Mientras la madrugada llega, los bólidos se preparan para el próximo sábado.