Si se le pregunta a un fanático, o a una persona medianamente culta, sobre el origen del beisbol en Nicaragua, la respuesta casi segura será que fue obra de la intervención militar de Estados Unidos. Pero ya se ha demostrado que antes de 1912 —cuando aconteció la primera ocupación estadounidense del siglo XX solicitada por el presidente Adolfo Díaz— el beisbol se jugaba desde 1891 en el Pacífico (Managua y Granada) y desde 1889 en el Atlántico (Bluefields). Tenía, pues, casi veinte y pico años de historia.
En la capital de la Mosquitia, aún no incorporada administrativa y políticamente al país, el comerciante estadounidense Albert Adlesberg había transformado el año referido dos conjuntos de cricket en clubes de beisbol, deporte que de inmediato fue asimilado por la población de color. Por su parte, en las dos ciudades del Pacífico se perdió —también muy pronto— la identificación original del beisbol con los jóvenes de la élite social, quienes lo habían introducido tras aprenderlo en colleges norteamericanos. En 1892 se había popularizado a tal grado que los muchachos lo practicaban a todas horas en las calles, constituyendo una amenaza para los transeúntes (Barahona y Vivas, 1948: 6). Por eso en El Duende, periódico capitalino, Juan de Dios Matus desató feroz campaña que tuvo eco, pues fue prohibido por las autoridades de Managua. Lo mismo decretó el Jefe Político de Granada.
Además, cabe recordar que el beisbol —permitido de nuevo— se incrementó en 1893 con la aparición de los equipos La Insurgencia, La Constancia y La Juventud, entre otros; en 1902 con el New York (los cuatro de Managua), en 1903 con el embrión del Titán de Chinandega, en 1904 con el Japón en Granada y el Rusia en Masaya; y en 1905 con el primer Bóer. De manera que, en un documento de la siguiente década, se demuestra la popularidad del beisbol en el país. Firmado por un oficial interventor en 1916, pero aludiendo al pasado inmediato, revelaba que los reclutamientos forzosos en tiempos de paz se hacían comenzando entre las clases descalzas (los peones), y luego entre las desprovistas de sacos (los artesanos). Algunas veces —especificó el teniente primero Ross E. Rowell, Unites States Marine Corps— se reclutaba a los espectadores de un juego de beisbol, fiesta o concierto municipal (Millet, 1979:50). Antes de 1912, por tanto, las bolas, bates y manoplas ya eran habituales entre la población con el fin de distraerse o divertirse.
1. EL ARTÍCULO DE MÍSTER HAM
Sin embargo, no puede negarse la impronta gringa que recibió el beisbol a través de la Legación guard: cien infantes de Marina acantonados en el Campo de Marte durante trece años. Esta fuerza funcionaba para garantizar la estabilidad exigida por el proceso político desde agosto de 1910, tras la caída del efímero gobernante liberal José Madriz; o, para ser más precisos, con los Pactos Dawson del 27 y 30 de octubre del mismo año: instrumentos que implantaron el nuevo orden. A ellos (dos políticos, uno económico y otro financiero) se subordinaron las administraciones presidenciales del liberal Juan J. Estrada (1 de enero-9 de mayo, 1911), y de los conservadores Adolfo Díaz (9 de mayo, 1911-diciembre, 1916) y Emiliano Chamorro (17 de enero, 1916-diciembre, 1920).
En ese contexto se propició la expansión modesta, pero expansión al fin, del beisbol. El ciudadano estadounidense Clifford D. Ham, Recaudador General de Aduanas, en su artículo Americanizing Nicaragua (Norteamericanizando Nicaragua), publicado en The American Review of Reviews (January-June, 1916) refiere que los marines contribuyeron a popularizar el beisbol en Managua. Como parte de sus ejercicios físicos, organizaban juegos, a los cuales acudía la gente de las barriadas, sobre todo niños. Estos los imitaban en sus tiempos libres repitiendo la terminología beisbolera, sin traducción al español: strike, foul, batter-up, you're out. Guiados por los oficiales y soldados interventores, los “artesanos” capitalinos —agrega Ham— aprendieron el juego y comprobaron que aquellos eran buenas personas; entonces surgió una mutua simpatía.
El funcionario detalla que el entusiasmo beisbolero alcanzó al presidente Díaz y al arzobispo —nombrado el 10 de diciembre de 1913— José Antonio Lezcano y Ortega. Ambos quienes patrocinaban equipos y asistían frecuentemente a los partidos. “Dos de los marinos son siempre invitados para actuar de árbitros”. He ahí el principal aporte de los american soldiers que perduraba ya después del terremoto, aunque entonces sin mucha responsabilidad. “Es necesario que a última hora no anden buscando jueces o trompetas, como pasó el domingo, cuando estuvo a punto de haber partida, debido a que a pesar de los términos del contrato, no estaban los dos yankis que se requerían para hacer de jueces” (La Prensa, 25 de agosto, 1931).
Porque el beisbol ya era un hecho consumado antes del desembarco de los marines y no, como se ha supuesto, a partir de su masiva intrusión inicial que sumó 2,700 hombres armados. Ya se verá que en 1910 y en 1911, respectivamente, Juan Deshón emprendería su actividad beisbolera y tendría lugar en Managua la primera liga.
2. MARCIAL ERASMO SOLÍS Y JOSÉ RODRÍGUEZ BLEN
Paralelamente otros estudiantes nicaragüenses egresados de colleges estadounidenses contribuyeron también a la expansión del beisbol. Fueron los casos de Marcial Erasmo Solís y de José Rodríguez Blen (Granada, 1 de junio, 1888-Managua, 23 de diciembre, 1972). El primero, quien luego sería destacado promotor deportivo, se incorporó al Bóer como lanzador; figuraban entonces otros lanzadores, como Ecateo Torres y Horacio Zelaya, hijo del ex presidente del mismo apellido, quien vino tirando curvas al igual que Deshón, depués de vivir un buen tiempo en Estados Unidos.
El “Titán”, fundado por Deshón, se enfrentaría al Bóer. Solís y Deshón lucieron grandes en un formidable duelo que se decidió por la mínima anotación y los lanzadores no se conocían. Al final del juego lo hicieron, estrechándose las manos. Solís abandonaría pronto el beisbol cuando, en un partido con los marines, calentando el pítcher gringo, a quien llamaban “El Gorrita” —por su gorrita que se distinguía desde lejos, muy arriba de su cuerpo flaco y muy alto— lanzó la bola en el momento que Marcial se agachaba a coger un bate, y le pegó el pelotazo abriéndole una herida en el pómulo que le dejaría señal visible y permanente (Pereira Ocampo, I: 65-66). El “Kaiser” identificó el apellido del victimario: Rooney; el nombre del equipo extranjero: Denver; el año: 1914 y el resultado: 6 a 5 a favor del Bóer.
El segundo, Rodríguez Blen, integraría en 1913 el Atlético, formado por nicas y estadounidense civiles, como A.F., Lindberg, C.C. Otis, Carlos Herdman (capitán), A.W. Malcolmson (gerente de la compañía Grace en Nicaragua), Octavio Sevilla (secretario), Carlos Estrada, Rafael Cabrera, Luis Jiméndez, G.V. Long y el mismo José Rodríguez Blen. Una fotografía de ese equipo se ha conservado y difundido (Barahona y Vivas, 1972). El Atlético —un equipo, se diría hoy, de segunda fuerza— fue disuelto al decidir sus integrantes practicar el futbol y otros deportes modernos.
Volviendo al artículo de Ham, quien difundió la fotografía del Baseball Team of the United States Marine Corps, estacionado en Nicaragua, debe aceptarse que la existencia de ese equipo constituiría “un paso hacia el orden, la paz y la estabilidad” (Ham, 1916: 188). De la misma afirmación se hizo eco su coterráneo, el historiador Roscoe Hill, cuando sostuvo que los nicaragüenses llegaron a ser muy aventajados en el aprendizaje del juego, pues en numerosos partidos dieron a sus adversarios estadounidenses violentas contiendas en que resultaron a menudo vencedores (Hill, 1942: 314). Hill, como Ham, adjudicaban a los marines interventores, sin tener noticia alguna de los antecedentes remontados a finales del siglo XIX, el origen de nuestro beisbol.
3. JUAN DESHÓN Y EL “TITÁN” DE CHINANDEGA
Deshón Morazán —de familia estadounidense establecida en el Occidente de Nicaragua desde mediados del siglo XIX— fundó en el citado año de 1910 el Titán. Le acompañaron sus hermanos menores Eduardo y Roberto, tercera base; los hermanos Miranda y Federico Montealegre, dos de los jardineros (RF y LF), Alfredo Henríquez — -concuño de Roberto Deshón—, Alberto Baca Seydel, jardinero central y Adán Molina en la intermedia, por citar la mayoría de su novena. Igualmente, Juan Deshón entrenaría a los lanzadores José Martínez “Crema”, de Chinandega; Raúl Peñalba “El Moto”, de León: Julián Amador “Mono Blanco”, de Masaya y Carmen Quinto (del Managua). El maestro les recomendaba tres condiciones: calma, coraje y drop (Uriarte, 1960, I: 8-9).
—¿Cómo sabía que ya era graduado un pítcher? —le preguntaron a “Mono Blanco”. Este explicó: "Don Juan ponía un espejo cruzado sobre el punto que dijéramos el home, con cierta altura, por cierto muy poca, del suelo, y cuando uno pasaba tres pelotas desde el box debajo del espejo sin romperlo, entonces recibía su diploma de graduación. Yo fui el primero que lo recibí porque en poco tiempo logré pasar las tres pelotas debajo del espejo sin romperlo, lo cual significaba que tenía un control perfecto” (Pereira Ocampo, II, 1978: 37-38).
Asimismo, Deshón a principios de 1912 —antes del desembarco del Unites States Marine Corps— a dos amigos estadounidenses para incorporarse al Titán: a su cuñado Richard Frizell, receptor, y a Charles Goggin, inicialista: los primeros llegados a Nicaragua con ese objetivo. El Titán —acotaría Tito Rondón— “se mantuvo invicto hasta que se inauguró la primera liga interlocal” (Rondón, 21 de febrero, 2000). Tito alude, más bien, a la organizada a nivel del Pacífico en 1915 y reconoce el papel único de Deshón como jugador (llegó a recibir ofertas de grandes ligas) y organizador, entrenador de lanzadores (en los años cuarenta tendría otro discípulo: Benjamín López “El Guajiro” Cosmapa) mánager y promotor. Y de todo ello tuvo auténtico orgullo, ya que decidió irse a la tumba vestido con el uniforme de su amado Titán.
4. UN DESCOMUNAL BATAZO
Tres años después, un barco estadounidense ancló en Corinto. Como sus tripulantes eran aficionados al beisbol, muy pronto se concertó jugar con el Titán en un predio vacío cerca de la costa. No había, como es obvio, gradas ni bardas. El mar era su límite natural. Baca Seydel, el center-fielder, narró las incidencias de ese partido que hizo época en los anales de la región de Occidente:
“ Juan apretó la tuerca en todo el trayecto, y su curva hacía estragos entre los yanques sorprendidos […] Ganábamos cuatro por tres cuando vino la parte del último inning. Hicimos el primer out, pero el siguiente bateador se embasó con un inflield hit y robó la segunda. Luego, por un error, pasó a tercera y otro quedó en primera.
El mánager de los yanques mandó a batear a un emergente: un hombre de dos metros que tomó el bate de 40 pulgadas como si fuera un palillo y lo hizo girar como si tuviera cuerda. El yanque se plantó frente al plato. Juan le lanzó una curva que, viniendo en strike, se desvió hacia afuera como un metro y el yanque abanicó vergonzosamente. El público rugió.
Juan tiró intencionalmente una bola muy baja que el yanque volvió a ver despreciativamente desde lo alto. Y, después de pensarlo bien, lanzó una recta a la esquina de adentro, y el yanque, haciendo un swing que todavía me da pavor, le dio a la bola para un batazo fenomenal hacia la izquierda que, después de una angustiosa espera, un viento nicaragüense desvió a terreno de foul. Hasta donde me encontraba, se oyó el suspiro colectivo de alivio.
El yanque volvió a ver amenazante a la concurrencia que, afligida, enmudeció. Juan se paró firmemente, llevó las manos al pecho, hizo el wind up, lanzó la bola y ¡pang! se oyó un golpe seco, contundente. Con sólo el ruido que hizo, se supo adonde iría a parar, y yo apenas tuve tiempo de observar que tomaba la trayectoria del pitcher y de la segunda, y se elevaba hacia los cielos. No me detuve. Giré sobre mis talones y emprendí la carrera para atrás y seguí, seguí. Cuando pisaba las primeras aguas de la ola desparramada sobre la costa, volví al cielo y alcancé a ver un pequeño objetivo; pero no me detuve y seguí adelante, chapoteando, chapoteando, y ya nadaba cuando estiré mi brazo.
Los yanques jubilosos recibieron en home plate al jonronero. Pero el público no perdió la fe para esperar, ni el juez la vista para presenciar el instante en que la bola se quedó en mi manopla al hacer impacto, en la más grande y emocionante atrapada que se ha visto” (Astacio Cabrera, 1993: 157-159).
5. EL PRIMER INCIDENTE
Una crónica del diario El Comercio, hasta ahora la más antigua que se conoce —pues data del 14 de julio de 1913— detalla el primer incidente en un partido del Bóer contra el Chicago, durante la tercera liga exclusivamente capitalina (la segunda se desarrolló en la primera mitad de 1912): un hombre embasado, jugador que da un batazo a los fílderes; el embasado corre hasta el home, pero un fanático se mete al campo de juego, y le lanza al cátcher del Chicago un jícaro, que éste atrapa creyendo que es la pelota, y toca al corredor. El juez lo declara “aut” y la barra se le lanza encima a vapulearlo reclamando que la bola está lejos en los campos. Hay un bochinchón, interviene la Policía Republicana, y el cronista —cuyo nombre ignoramos— declara que el beisbol es un juego que causa disturbios y que no es aconsejable su práctica.
6. LA PRIMERA LIGA EN MANAGUA
Anteriormente, en 1911 se había celebrado la primera liga local —circunscrita a Managua—, en la que el Bóer se coronó campeón sobre cuatro equipos: Manchester, Chicago, Chile y Venus. El mismo año fue eliminado del Bóer su viejo capitán Francisco Rodríguez Caparro, quien fundaría dos años después el Managua. Mientras tanto, el Bóer comenzó a enfrentarse a la novena de los infantes de marina que ocupaban el país desde 1912; pero ya se dijo que el primer juego fue entre Bóer y Denver, equipo del buque del mismo nombre, lo ganó el primero en 1914: 6 a 5.
Por suerte, la más antigua fotografía del Bóer corresponde al de 1914 (Barahona y Vivas, 1948:7). En medio de fanáticos, aparecen los integrantes de la novena: sentados de izquierda a derecha, Juan Manuel Morales (2B), Rafael Morales (CF) y Pedro Cuarezma “Tabirica” (C). En el centro, también sentado, el famoso lanzador Alfonso Vega “Jolea” y de pie, a su izquierda, Jorge Leiva (SS). Al fondo, de izquierda a derecha, Adán Molina “Venado Chingo” (3B), Manuel de Trinidad “Quimizú” (RF), Emilio Olivares (LF) y Domingo Silva “La Loca” (1B). El pie de foto puntualiza que Olivares era “bateador zurdo y rápido corredor”. Todos llevan bordados su uniforme (en la parte frontal de la camisa) las iniciales C y B (Club Boer). Un agente del orden armado de carabina, alto y de rasgos negroides, impone su presencia.
7.LA PRIMERA LIGA A NIVEL DEL PACÍFICO EN 1915
En 1915 había tenido lugar la primera liga a nivel del Pacífico. Participaron ocho equipos: Japón y América de Granada, San Fernando de Masaya, Titán de Chinandega; Venus, Managua y el Bóer (los tres de la capital); y Libertad de León. El Managua obtuvo el campeonato. Y a esa liga, acordada oficialmente el 5 de agosto de ese año debió corresponder “uno de los juegos históricos en los anales de beisbol nicaragüense” en Chinandega, donde se enfrentaron Titán y Bóer, ganando el último.
Juan Deshón fue el lanzador del Titán y Alfonso Vega (“Jolea”) el del Bóer (incorporado a este club en 1914). El encuentro, que llegara a 17 entradas, lo decidió el receptor capitalino, Félix Pedro Cuarezma “Tabirica”, con un sensacional robo del home. (Pereira Ocampo, II 1978). La misma fuente informa que Deshón se deba el lujo de fletar un tren expreso que lo llevaba con su Titán hasta Managua o Granada. (PEREIRA OCAMPO, I, 19: 174).
8.LOS PRIMEROS CAMPOS CERCADOS
Entonces los campos eran abiertos y la asistencia gratuita. Dos había en Managua: el de la Explanada de Tiscapa (una foto del 31 de mayo de 1914 capta a centenares de fanáticos presenciando el juego entre del Bóer con el Managua) y el Field de la Momotombo. Y otros dos en Masaya: las plazas de los barrios San Miguel (donde se había organizado el club Argentina) y San Jerónimo (que tenía su propio equipo: el Waterloo). Esta plaza se prefería por ser la más adecuada al disponer de amplios corredores donde la fanaticada seguía los encuentros cómodamente y bajo sombras. Otro equipo, formado en barrio San Juan, era el Esparta.
Los campos de La Majulia y La Islita eran los escenarios beisboleros de los granadinos. En el último se dio un encuentro inolvidable el domingo 26 de enero de 1916, cuando el Japón de Granada derrotó al San Fernando 24 a 0. Julián “Mono Blanco” Amador y Reynaldo Sánchez “El Trompudo” formaron la batería del conjunto de Masaya. El line-up del Japón fue el siguiente: Juan de Dios Alemán (SS), Francisco Acosta “El Conejo” (P), José Miguel Lacayo (C), Pedro J. Portobanco “Chapuliche” (1B), Carlos Zamoyoa (2B), Ramiro Dávila (3B), Enrique Cisneros (RF), Lolo Abea (CF) y Francisco Cisneros (LF). El campo de la La Islita, barrio de la Otra Banda fue el escenario (Uriarte, 1960: 31-32).
En 1917, durante la administración del general Emiliano Chamorro, José Santos Ramírez H. concibió la idea de cercarlos y cobrar la entrada. El primero fue el Field de la Momotombo (lugar donde se construiría el Granero Nacional, luego Incei y más tarde Enabás). La Junta de Beneficencia, que presidía el doctor Gonzalo Pérez Alonso, nombró administrador a Ramírez, a quien se le llamaba “Tek Richard”, nombre de un dinámico promotor deportivo de los Estados Unidos. También editó en 1917 el primer periódico deportivo: El Field, en el que aparecían las caricaturas de Fernando Vélez Paiz. De cuatro páginas y tamaño tabloide, su material era ameno, pícaro, chistoso. En varias ocasiones fue demandado por injurias y calumnias. Valía, en su primera época, un centavo el ejemplar (Uriarte, 1960: 6).
El segundo campo cercado parece haber sido, también en Masaya, el Estadio del Pochotillo, bautizado con ese nombre por estar ubicado frente a ese barrio: entre el final de la calle del Calvario y la línea férrea de Granada. Lo amurallaba un fuerte y alto tabique de madera (Eskorcia, 1974:98).
9.EL PRIMER DIARIO CON INFORMACIÓN BEISBOLERA
El diario capitalino La Democracia (no. 61, viernes 18 de enero, 1918, p.2) publicó el cuadro de juegos de la liga de beisbol de Granada, programado para el primer semestre de ese año, entre el 27 de enero y el 28 de julio, abarcando 26 juegos. Los equipos eran los siguientes: Gigantes y Granada (ambos de la misma ciudad), Nicaragua (de la capital y cuyos integrantes habían judado con el Boer), Managua, Países Bajos, San Fernando, Unión y Sandoval.
En la misma fecha de dicho diario —el primero en ofrecer amplia información beisbolera— se anunciaba una “gran partida de base-ball” el próximo domingo 20 de enero en la Field de la Momotombo, entre los clubes Nueve Fuertes y Filadelfia, únicos que en el país habían sostenido una lucha de 18 innings. La “partida” sería a beneficio de los damnificados del terremoto de Guatemala. Varias comisiones de distinguidas señoritas recorrían desde el 17 de enero las calles vendiendo las localidades.
Los jugadores eran los siguientes: Por el Nueve Fuertes: Carlos Bermúdez “Prenda” (P), Ernesto Ruiz (C), Hernán Zavala (1B), Guillermo Mejía (2B), Rodrigo Quintero (3B), Adolfo Elizondo (SS), Armando Solórzano (LF), Rodolfo Peña (CF) y Salvador Montenegro (RF). Y por el Filadelfia: Carlos Zavala (P), Alfonso Morales (C), Guillermo Anduray (1B), Adolfo Solórzano Díaz (2B), Juan Aguerri S. (3B), Edmundo Doña (SS), Humberto Estrada (LF), Enrique Elizondo (CF) y Guillermo Arce (RF).
En el no. 75 del jueves 14 de febrero de 1918, La Democracia traía una nota titulada “Orden el base-ball”, refiriéndose a un incidente dentro del terreno de juego entre Juan de Dios Alemán y Luis Gutiérrez de los Gigantes con Rafael Morales y Alfonso Vega del Managua; incidente que la Junta de Beneficencia deploraba, obligándola “a dictar medidas enérgicas para evitarlos en lo sucesivo”, es decir, multas y expulsiones.
En La Democracia, del domingo 5 de mayo del mismo año, se anunciaba: “Los matchs (sic) de hoy”: en Managua: Nicaragua y Granada; en Granada, Managua y Gigantes; y en Masaya, Sandoval y San Fernando. “El desafío emocionante será el de Granada”, aclaraba la noticia. La Democracia, según su indicador, era un “diario liberal, nacionalista y de información general”; su editor gerente: Guillermo Solís y su director y redactor: Ramón Sáenz Morales. Lo administraba Laureano Gutiérrez.
10.EL BEISBOL EN LOS DEPARTAMENTOS DE RIVAS Y BOACO
Para entonces el beisbol se había extendido en nuevas cabeceras departamentales y municipales entre otras, Rivas y Boaco. Según La Democracia del 18 de enero de 1918, “por iniciativa del club San Pedro” de Rivas, se ha organizado la Liga Meridional del Base-ball que luchará en el presente año”. El entusiasmo por el juego era sostenido y los equipos de dicha liga, además del San Pedro, eran el Nicaragua de la misma ciudad, Madero de Moyogalpa y Nandaime de Potosí. “Habrá premio en dinero y condecoraciones de oro”, aclaraba el diario.
Se jugaba en la plaza de San Ramón, donde una empresa de capitalistas rivenses había construido un Field. A ellos pertenecían los miembros de la directiva del San Pedro: Aníbal Chamorro: Presidente; Justo Jiménez: Vicepresidente; J. Jesús Aranda: Secretario; Rufino Hurtado: Tesorero. El capitán del equipo se llamaba Encarnación Ortiz.
En cuanto a la ciudad de Boaco, un cronista local ha rememorado el inicio del beisbol a finales de 1915, practicado en la plaza pública por jóvenes estudiantes de vacaciones. Dos conjuntos se organizaron al siguiente año: Germania y Francia. La Primera Guerra Mundial estaba en su punto culminante. Dieciséis jugadores formaban el primero y trece el segundo. “Hubo de seleccionarse entre todos los jugadores una novena que fue a Camoapa a enfrentarse al team de ese pueblo: el Aguilazán. Los de Boaco fueron derrotados por los camoapeños. Pero, el corresponder la visita un mes después, se triunfó sobre el equipo visitante” (Sobalvarro, 1989: 152).
11. PRIMEROS DATOS OFICIALES
En la Memoria de Fomento se detalla el ingreso de los cinco equipos de la siguiente liga interlocal: Gigantes de Granada, San Fernando de Masaya; Nicaragua, Managua y Marinos de la capital: más el total colectado en córdobas —a la paridad del dólar— durante catorce partidos, entre el 7 de julio y el 27 de octubre de 1918: C$1,012. Curiosamente, los tres partidos que jugaron por los Marinos atrajeron menos gentes y, por tanto, menor ingreso pecuniario (Guido, 2002: 334).
12. GIGANTES: CAMPEÓN EN 1918
El campeonato se lo disputaron en el Field de la Momotombo Gigantes y Nicaragua (el viejo Bóer con otro nombre). Los sultanecos se impusieron con sus lanzadores Carlos Martínez “Alfonso XIII” y Francisco Acosta “El Conejo”; y con sus leños Juan de Dios Alemán, Julián “Píldora” Rodríguez y Lolo Abea (Uriarte, 1960: 9-10).
13. LAS VICTORIAS APLASTANTES EN LA ISLITA
En la siguiente liga se destacó el conjunto Gigantes, acometiendo otros dos memorables partidos en La Islita. El primero, consistente en una lechada suprema, tuvo de víctima al Sandoval el 17 de enero de 1918 31 a 0 (¡qué score!); los Gigantes dispararon 38 imparables: 1 jonrón, 12 dobles, 3 triples y 22 sencillos. El segundo, celebrado el 24 de febrero del mismo año, impuso otro récord: 52 x 5; se desarrolló en el mismo campo y duró, como el anterior, los 9 innings reglamentarios. En ambos se acreditó la victoria Carlos Martínez “Alfonso XIII”. La Junta encargada de premiar los imparables (6 jonrones, 8 triples, 10 dobles y abundantes sencillos) pagó 16 dólares y el dividendo por conjunto fue de 4.75 dólares (Uriarte, 1960: 20 y 22).
14.EL “LIBRITO” DEL SAN FERNANDO, PRIMEROS SCORES, GARROBOS Y APODOS
Pero las fuentes primarias de la época son escasísimas y, seguramente, se perdieron para siempre. Por ejemplo el “librito” que el Kaiser obtuvo de su propietario, Domingo Ortega Arancibia, un fanático de Masaya, en los años cincuenta. Su contenido era el Score oficial del club San Fernando correspondiente a 1915: “no menos de 70 juegos anotados ining por ining” (Uriarte, 1960: 1). Por suerte, Tito Rondón —descubriendo un relato escrito por Leonardo Lacayo Ocampo, basado a su vez en apuntes de don J. Antonio Vanegas, quien llevó los scores de las ligas de 1917 y 1918- rescató el más antiguo que se conoce: el del domingo 11 de noviembre de 1917. En esa fecha, el Nicaragua derrotó al Sandoval 7 a 3; posteriormente, el mismo Nicaragua obtendría el campeonato local de 1917 venciendo al Managua 6 a 4.
En 1916 los fanáticos fernandinos iniciaron la costumbre —que se conservaría hasta 1924— de soltar en el terreno un garrobo, adornado con cinta de papel, antes de empezar el juego, para traer mala suerte al equipo visitante. Los granadinos usaban igual procedimiento y el garrobo, bien cuidado, lo llevaban a otras localidades como mascota. Los masayas enterraban el garrobo en una de las bases. Esto dio origen al dicho que se aplicaba por un largo tiempo a quien tenía “tuerce”: “tiene su garrobo enterrado”.
De los años diez, acaso lo más importante haya sido la adsorción popular del beisbol que contribuía a realizar el ideal igualitario. No otra cosa evidencia, por ejemplo, los apodos que tenían un inconfundible sello campechano. Ya se han enumerado, entre otros, los siguientes: “Chapuliche”, “Crema”, “El Gorrita”; “La Loca”, “El Conejo”, “Quimizú”, “El Salvaje”, “El Trompudo”, “Tabirica” y “Venado Chingo”, por citar una decena. Esta onomástica se mantendría por lo menos hasta los años cincuenta. Pero tuvo su inicio en esta década.
Ello explica que a uno de los tres más notables peloteros de entonces se le denominara con su apodo: “Jolea” (Alfonso Vega), pítcher del Bóer, que se alteraba en el montículo, dando origen a la elocución “¡Calma, Jolea!”, que tambien trascendió en el tiempo. A los otros dos se les identificaba por sus rasgos étnicos: “El Negro Pinnock” (Luis del mismo apellido, primer costeño que jugó en el Pacífico) y el “Indio Toño” (Antonio Romero), ambos peloteros del Managua.
15. PACO SORIANO Y LA CARRERA DEL HONOR ANTE LOS “MARINES”
Una anécdota, finalmente, vale consignarse con motivo de celebración de la independencia de los Estados Unidos, el club de los USMC dispuso jugar un partido con el Águila, que gozaba de la protección gubernamental. Desarrollado durante las primeras horas de la mañana en el Campo de Marte, el club nativo perdía 5 a 0 en las postrimerías del encuentro. Entonces Salvador “El Zurdo” Argüello, lanzador del Águila, se acercó a Paco Soriano, pelotero del Bóer que se confundía entre la barra y le dijo: “Paco, entrá a jugar para que nos salvés del capote”.
Acto seguido, Soriano —que vestía nítida levita blanca y sombrero de paja— se despojó de sus prendas, se amarró los ruedos del pantalón y se enfundó la camisa del Águila, porfiado rival de su querido Bóer. El momento no era para pensar en rivalidades minúsculas, sino en el honor del deporte nacional. Al primer lanzamiento, Paco disparó una línea entre center y left, logrando que el embasado en segunda anotara con facilidad, pero él fue puesto out al llegar a tercera. “El Zurdo”, aproximándose a Soriano, le increpó fuertemente. Paco le respondió: “Me llamaste para salvarnos del capote. No para ganar el juego” (Uriarte, 1972: 36). Era el 4 de julio de 1919.